Millonaria infamia electoral. Trump como antagonista de la otredad.

“Yes, we can? Hell, no!

Just leave it to me. Yes, I can!”

Donald. J. Trump.

 

Los claroscuros de la Ilustración trajeron entre las piernas a principios del siglo XIX el primer uso de “Volksgeist”, un término condenado a ser mal entendido y atribuido a Johann Gottfried Herder. La problemática de la palabra, radicaba (y en ocasiones, todavía la acompaña) en sus numerosos matices nacionalistas. El Volksgeist o espíritu del pueblo, hace referencia al constructo de identidad nacional que amalgaman la lengua, la cultura y el territorio, por mencionar algunos elementos, pero que a fin de cuentas, como tentáculo del patriotismo exacerbado, contuvo por ejemplo, el germen de un incidente político y bélico por demás conocido por el lector.

No es un elemento aislado; el nacionalismo exacerbado es una manifestación que pulula incluso en nuestras latitudes. El llamado Volksgeist ha contribuido en la atmósfera enrarecida de las elecciones primarias (entre republicanos y demócratas) de los Estados Unidos.

La inmersión de Donald Trump en la contienda presidencial del vecino del norte, no es un tema que deba generar controversias, él mismo había declarado sus intenciones de hacerlo en el pasado. Lo verdaderamente preocupante en este punto de la carrera, es que tras largos meses de afrentas dentro de los procesos internos del partido republicano, y fuera, de cara a los ciudadanos estadounidenses y a la población de orígenes geográficamente distintos, el acaudalado personaje siga arremetiendo sin riendas que lo controlen contra políticos, periodistas, empresarios e incluso gobiernos extranjeros que, a veces, ni siquiera se han pronunciado sobre el aberrante personaje.

Que un individuo como Trump incursionara en la política del vecino del norte, no es mera casualidad. Hay varios factores que además de incitar a que un símbolo como éste  aparezca en la arena electoral, deberían prender focos rojos para sus connacionales respecto a los peligros asociados a que una cara como la de tan irredento magnate sea parte del foro público.

El surgimiento de personajes como éste en la historia, es una consecuencia de la situación que vive una sociedad. Una especie de enfermedad pasajera (con suerte), que crea efigies construidos a partir tanto de los deseos contenidos, como de los malestares latentes de la ciudadanía. Trump, como en su momento figuras propias del fascismo, podría no ser una excepción, de allí que su actualidad en el debate público sea preocupante.

Si lo recuerda quien lea esto, la campaña de Trump comenzó con un atropellado discurso contra México y los migrantes latinoamericanos (al que luego se sumarían los chinos, los musulmanes, entre otros villanos globales). El muro que amenazó con construir entre México y los EEUU, afirmar que los países de la región no eran sino exportadores de violadores y ladrones, o los consecutivos ataques a cadenas televisivas, comunicadores y periodistas, han sido parte de la impronta de tan peculiar individuo. ¿Por qué resultan preocupantes las deliberaciones de Mr. Trump?

Porque como se advertía, la posibilidad de que este señor represente una fracción ideológica relevante de los EEUU, nos diría que en efecto esa importante muestra mantiene un discurso xenófobo que se consideraba en gran medida superado. El progreso en materia de derechos humanos asociados a la no discriminación, a la dignidad humana y la libertad de tránsito, quedarían en este contexto en entredicho frente a un imaginario colectivo que sigue mirando a “los de abajo” con desprecio.

David Axelrod afirmó en un interesante artículo sobre el magnate (“The Obama Theory of Trump”, New York Times, enero 25 de 2016), que su triunfo obedece entre otras cosas, a su diametral postura frente a la figura de Barack Obama y su gestión. Según esa idea, entre más increpe Trump, más popular se vuelve: hay nutridas inconformidades ciudadanas que lo alientan.

La existencia de individuos como Trump deberían en todo caso recordarnos los pendientes en las agendas locales e internacionales. Que este mismo señor hubiese afirmado que si le disparaba a alguna persona en la calle, no perdería ningún voto, no sólo es pedantería, sino reflejo de una construcción asociada a un gremio ideológicamente importante como para mantener a flote a Donald Trump.

Según nos dicen, el discurso de la alteridad implica la necesidad de entendernos a través del otro. Comprender la situación ajena y sus posibles tribulaciones, para comprendernos a nosotros. Una suerte de planteamiento ético que nos exige, más que el sólo libre albedrío, el deber de la autodeterminación y el imperativo categórico (actuar según criterios que nos beneficien, pero que no afecten a terceros). Mr. Trump es muy distante a esta propuesta: el discurso de odio es precisamente el antagonista perfecto de la alteridad. Esto es, no entender el lugar del otro, y encima atacarlo por ser diferente y por los riesgos que puede representarnos.

¿Y de la migración? Ni hablemos. Gran parte del discurso de odio se ha centrado en eso, pero con numerosas condicionantes: la situación económica de los EEUU no es tan estable como otrora parecía, fomentando incertidumbre en sus ciudadanos y un temor latente de que el invasor viene por lo que por derecho casi divino (“…one Nation under God”) le corresponde.

Aquí al mismo tiempo tenemos dos retos: replantearnos la situación de la política externa si un rumiante como Trump llegara a la Casa Blanca –todo parece apuntar a que no-; y todavía más, evitar que en nuestra geografía emerjan personajes como éste, resultado de convivencias parchadas que nos enseñan lo poco que de 1789 a la fecha, hemos aprendido sobre libertad, igualdad y fraternidad. El rastro invisible del Volksgeist no respeta fronteras.