De idiosincrasia local y economías colaborativas.

Hace unos meses los diarios paceños abundaron en notas sobre la renuencia –y repentino activismo- de los taxistas locales ante la inminente llegada de la compañía ‘Uber’ a la capital calisureña. El argumento principal, si no mal recuerdo, giraba en torno a la merma que provocaría la entrada de esa empresa a los servicios de transporte de pasajeros ofrecida por la unión de taxistas locales. Un argumento que apela a la misericordia más que a mostrar una posición fuerte por parte de un gremio que, además, es conocido por proporcionar servicios chafones, caros si se les compara con el poder adquisitivo local y que poco o nada han hecho por renovarse (al menos) en la última década.

Como lo vimos con casos todavía más dolorosos para la comunidad, como la caída del Centro Comercial Californiano (C.C.C.), la competencia es una condición natural e inminente en los mercados (en el sistema económico actual). La existencia de una oferta de servicios cien por ciento sudcalifornianos hablaba muy bien de la economía local, pero a muchos se les escapaba que el crecimiento del mercado en ciertas partes del Estado conduciría a la curiosidad de inversionistas fuereños y, en consecuencia, a la entrada de empresas foráneas que exigirían un buen desempeño de los comerciantes locales. En algunos casos, ya lo sabemos, el darwinismo económico no le permitió sobrevivir a todos los participantes.

En el caso que los taxistas temen, el panorama es un tanto distinto. Uber, igual que otras firmas de transporte privado de pasajeros y empresas de otros sectores (como de entrega de alimentos y hospedaje) forma parte de un esquema de negocios que llaman ‘economía colaborativa’. La premisa de este modelo es que los bienes o servicios se adquieren a través de una plataforma tecnológica –que reduce la intermediación- y que al final, el consumidor recibirá un mejor servicio a menor costo y en un panorama con mayor competencia (lo cual obliga a los agentes a desempeñarse mejor frente a sus competidores).

En países como el nuestro el esquema de la economía colaborativa ha tomado derroteros poco favorecedores que además nos evidencian como terreno fértil de la degeneración comercial, disfrazada como ‘tropicalización’ del modelo de negocio. En varios sitios de México, por ejemplo, ya hay ciudades donde Uber y sus similares permiten pagos en formas distintas a las que por defecto se utilizan por la aplicación y que son parte de cómo se vende la compañía (transacciones seguras), además, algunos conductores te proponen que el viaje se pague sin registro de la aplicación, de manera que no existan intermediarios (la aplicación directamente conectada con la empresa, es decir, lo que lo hace rentable para Uber y todas esas empresas).

Airbnb, la empresa que ofrece alojamiento a mejores costos que un hotel convencional y con el valor agregado de proveer un entorno más familiar, ha tenido como contrapeso que sus participantes deciden fijar precios más cercanos a los de los hoteles cercanos, pues toman como referencia cuánto cobran éstos en un afán de mayor  lucro donde se olvida que el objetivo de la economía colaborativa es reducir costos de transacción y democratizar el capital, convirtiéndolos así en otro hotel y en parte de la economía común y corriente que nuestra generación desdeña.

Otra cosa que ha sucedido es que a pesar de que estas plataformas buscan una alternativa al consumismo, de algún modo prestando los bienes o servicios en lugar de buscando que el consumidor adquiera de manera exacerbada, los agentes que deciden entrarle a estos negocios lo ven como una oportunidad sumamente rentable que hay que explotar al mayor grado. Así, en el caso de Uber, en lugar de que los agentes utilicen su automóvil para prestar el servicio, hay quienes adquieren montones de vehículos y contratan a choferes para que se encarguen de prestar los servicios, mientras que el dueño recibe las ganancias.

Hay otros aspectos de este modelo que pueden llevar a su muerte prematura; el ‘Crowdfunding’, es un modelo de financiamiento de proyectos a través del apoyo de multitudes. Como en el caso de la economía colaborativa, tiene un alto componente de confianza del que depende para ser exitoso. La condición es sencilla: un individuo (o un grupo) sube a la red una propuesta para financiar (el desarrollo de u videojuego, una película, la publicación de un libro o un disco, por dar algunos ejemplos), fija el monto necesario, posibles recompensas para quienes lo apoyen y el tiempo para cumplir la meta. Hay ya incluso documentales al respecto, uno de ellos titulado ‘Capital C’ ilustra diferentes casos exitosos de este tipo de financiamiento para pequeñas empresas en Estados Unidos aderezado con un discurso de lo más alentador (hablan de cómo el Crowdfunding es posiblemente la idea más revolucionaria para la creación de negocios y el impulso a pequeños emprendedores) que no obstante, deja pasar pequeños detalles que suceden en, otra vez, países como el nuestro.

En México también abundan los emprendedores que buscan abrirse las puertas por medio de esas herramientas vanguardistas. Sin embargo, la forma en la que se venden es muy aventurada para una sociedad que todavía tiene que subir algunos escalones de ver al Crowdfunding como una revolución potencial en la economía. No es secreta nuestra afinidad a emular las prácticas del extranjero en un contexto local que no siempre favorece su germinación. Conozco casos ya de financiamiento a través de multitudes donde el favorecido (apoyado en gran medida por su familia y amigos) se consume los recursos y no da muestras de vida del supuesto proyecto. Esto claro, propicia la falta de confianza y la caducidad precoz de figuras innovadoras que pasaron por alto que tenemos nuestra propia agenda de temas pendientes en lo que se refiere a la consolidación de una economía estable.

¿Que si es esto cultural? Podría decirse que sí, en alguna medida, pero hay quienes creen que los vicios que afectan el adecuado desarrollo de oportunidades como las descritas antes, se deben al modelo institucional de cada país y a cómo éstos se originaron. En ‘Why Nations Fail? 1 ’ Daron Acemoglu y James Robinson, hacen una extensa radiografía de varios países (México incluido) que permite observar cómo el basamento de nuestras instituciones incide en el desarrollo de nuestras economías nacionales (o la ausencia de ésta), al tiempo que se distingue entre instituciones inclusivas (donde se favorece la distribución del ingreso, la protección a derechos como la propiedad privada y se incentiva la creatividad de los ciudadanos) y extractivas (donde los recursos se distribuyen entre una élite reducida y poco se alienta la creatividad de la sociedad).

Los ejemplos de modelo de economía colaborativa son debatibles. Como sabemos, las comunidades tienen sus propios sistemas de comercio que se ajustan a las necesidades de los individuos y que suelen mantenerse ajenas a las transformaciones de los esquemas de negocio a partir de la influencia extranjera. El problema en todo caso, surge cuando se pretende crear un híbrido entre la idea de negocio de fuera y las necesidades de la comunidad, porque si se pretende ingresar a un club donde las reglas se dictan fuera de localidad, se lesiona una marca de manera innecesaria. Las comunidades deberían preguntarse si desean hacer alarde de servicios de renombre o si prefieren inyectar creatividad y esfuerzo a modelos de crecimiento diferentes a la mímica comercial foránea.

Las ciudades sudcaliforniana en modo alguno son ajenas a este tipo de situación; las empresas que llevan la antorcha de la economía de acceso llegarán eventualmente a sus suelos y aunque no es una prioridad en las agendas políticas del Estado, seguramente buscarán adaptarse a sus mecánicas como posible cauce del desarrollo de ciertos rubros del comercio local. Parte importante en ello, será la idiosincrasia con que se les reciba, lo cual deberá tomar en cuenta que podemos no estar de acuerdo con el modelo económico imperante en el país (y la región) y en ese caso, nos corresponde crear alternativas al trabajo y el consumo.