ABCdario / Viaje de improvisto

Por Víctor Octavio García

Hoy, a mediada mañana rompí la obligada cuarentena a la que estoy sometido –como muchos– por un imprevisto que se me presento (las explicaciones se las debo para después); le pedí a Francisco, “mi pequeño demonio” que me acompañara; cubre bocas y un bote de gel y ¡Fierros! para San José del Cabo, sobre el camino un par de llamadas y mensajes de texto para acortar mi estancia en la capital del mango (San José del Cabo); menos de treinta minutos en San José del Cabo y ¡Fieros! pa’ tras; al subirnos al carro le pregunto a mi hijo que si quiere comer y me dice que trae mucha hambre (no había desayunado) pero que se aguantará, después que le sugerí venir a comer en San Bartolo con una nuera del “Chito” Cosio que tiene muy buen guiso, ok me contesto; en el trayecto de San José del Cabo a Caduaño, sin mis orejas puestas (aparatos auditivos) y sin oír nada, eventualmente abría la ventanilla del carro cada vez que prendía un cigarro.

Llegue a mi tierra, Caduaño, que hace mucho que no visitaba, del carro salude un par de conocidos –de los pocos viejos que quedan, hace cincuenta años que salí de mi tierra aunque la visito de vez en cuando–, se me acercaron para preguntarme que tan cierto es lo del coronavirus, los vi muy relajados, despreocupados, le comente lo que sé del problema y les pedí que se cuidarán, que no lo tomarán a loco, que es un problema serio, les recomendé que le comentaran a los demás y al que vieran sobre la pandemia, que no era de tomarla a vacilada. Ya que les hable en un tono familiar, siempre desde el carro sobre la contingencia sanitaria, me dice Pilar Castro, con un gesto intimo que casi me hace llorar, “Victor no nos abandone, te queremos mucho, queremos que vengas, que traiga a tu familia, que vengas a estar con nosotros para platicar y acordarnos de tiempos pasados, nos acordamos mucho de ti y de tu familia, háblanos uno dos días antes que vayas a venir para prepararte sopa fresca, tamales de costillas de puerco envueltos en hojas de plátano, hacerte tortillas y frijol de la olla, de veras ven”, me clama; confieso que estuve a punto de llorar al recordar mí novel juventud comiendo fríjol sancochado, tortillas de harina amasadas con manteca Inca, sentado encluquillas frente a las hornillas; me despedí de Pilar con la garganta echa nudos.

Le digo a Francisco, “mi pequeño demonio”, vamos a mi casa para tomar unas fotos (queda cerca de la casa de Pilar) me bajó del carro con el teléfono en la mano, tomó un par de fotos que allá mismo subo al feis, y veo un par de sidras colgadas en una mata, me meto a la casa que se ve sola, busco un gancho y las corto, en eso se acerca el “Lipy”, hijo de Juan Lucero, Juan “copete” amigo y muy querido de mi familia, y me ayuda a cortar sidras y toronjas en la casa de mi bisabuelos y me dice, “oyes Victor cuando vas a venir para prepararte algo bueno (comida), queremos que vengas, que traigas a tu familia para “chingarnos” unos tamales de cochi en hojas de plátano, sopa fresca o un “puchero” (caldo de huesos oreados de res con papas y granos de frijol) como los que hacía Consuelo (mi mamá)” y le contesto, ya que pase esto “Lipy”, te voy hablar; sin querer se me ruedan las lágrimas.

No sé si me he ganado estas muestras de afecto y si las merezca o no que seguido las recibo con la mano extendida y el corazón abierto; mi papá fue muy apreciado y querido en mi tierra (Caduaño), un viejo noble y bonanchón que sabía hacer amigos, mi mamá un alma de Dios; confieso que me dio mucho gusto recibir este tipo de sinceras y francas muestras de afecto y estimación de gentes a quienes quiero mucho que tienen un lugar especial en mis recuerdos y en mi corazón; a todos y cada uno de ellos mi gratitud permanente, que Dios los bendiga siempre.

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