La Semana Santa

José Antonio Márquez Castro

Con motivo de la Semana Santa todo mundo se prepara para viajar a la playa, acampar en alguna de ellas, o en hospedarse en algún hotel cercano, todos cargados de sus respectivas cervezas, comida, música y mucho ánimo, porque en la actualidad la conmemoración de la Pasión, Muerte y Resurreción de Jesucristo es sinónimo de diversión, música y borrachera.

Unos se irán toda la semana, otros a partir del miércoles y los más cortos de presupuesto o tiempo lo harán el viernes. Así, los que tienen que trabajar se darán una escapadita nada más el domingo.

Los de caché llevarán su motor home, otros su vehículo y algunos más, como La familia Burrón, llevarán en la batanga hasta el metate; los que no, levantarán su casa de campaña, pero todos estarán ahí, amontonados —incómodos dirán los amargados—, pero en la playa.

Ciertamente, los sudcalifornianos hemos estado vinculados al mar casi desde que nacemos porque, debido a la configuración geográfica del estado y de contar con la mayor extensión de litoral y las más hermosas playas, casi todas las comunidades están en la costa o muy cerca de ellas. Esto nos hace, a la mayoría, aficionados al mar; pero no sólo a nosotros, en la actualidad el viajar a descansar o a divertirse en un destino de playa es un objetivo de todo el mundo. Como ejemplo tenemos algunos lugares nacionales que acumulan el mayor número de visitantes, Cancún, Los Cabos, Vallarta, etc.

Hace algunos años salir a divertirse en el mar en los días santos era impensable. Cuando chamacos, en los años sesenta, estos días eran de silencio obligatorio. Días de guardar: «está tendido el señor», nos decían. No nos dejaban ni siquiera hablar, menos gritar, cantar o correr. No se podía ir a la playa en día santo. «Si te bañas en el mar te vas a convertir en sirena o algo parecido», era una advertencia o una amenaza, según lo veas.

También se cubrían los espejos con una sábana y se escondían la carne seca y el chorizo para que no comiéramos, aunque no faltaba quien se los robara.

Eran los tiempos en que para acudir a la iglesia las mujeres tenían que llevar velo. Las misas se oficiaban en latín. No entendías nada. pero ahí estabas. Si bien había coros, eran mayoritariamente señoras, pero sin música; la falda, de la rodilla hacia abajo. Los días santos, silencio absoluto en la iglesia y si había misa, era más murmullo que las voces.

El viacrucis, la procesión, el lavatorio de pies, han perdido solemnidad. Ha quedado atrás lo estrictamente religioso para convertirse en un gran espectáculo público.

Si las abuelitas de aquella época, esas que guardaban luto vestidas rigurosamente de negro, por un año o más, vieran cómo se divierten ahora en los días santos, seguramente se volverían a morir.

Todo ha cambiado en algunos lustros. Algunas tradiciones se han perdido; otras se han transformado. No digo que lo pasado sea peor o mejor, sólo digo que es diferente.

Y como la moda es ir a la playa, pues… ¡vámonos al playón! ¡Felices vacaciones!