El Esterito, mi barrio.

Por José Antonio Márquez Castro

Recién pasé por la calle Salvatierra, como ocasionalmente lo hago, cuando tengo tiempo o cuando ando cerca de ahí. Esto, inevitablemente, me hace revivir imágenes del pasado, rememorar aquellos momentos de mi niñez y de mi adolescencia que viví en ese lugar; recordar a mis amigos de la primaria de la secundaria y a la palomilla de mi barrio.

Me refiero a un barrio que permaneció igual durante muchos años, con un aire provinciano y familiar, donde todos nos conocíamos; las mismas casas, las mismas calles sin pavimentar, algunas empedradas y otras arenosas en donde jugábamos durante la noche bajo la luz del foco de la esquina, a los encantados, al cani, cani, o a contar historias de terror.

Las historias de espantos eran muy comunes. Sí, era la calle, pero no había peligro. A esa hora había muy poco tráfico de vehículos, prácticamente nulo. Delincuencia menos. En tiempo de calor dormíamos afuera, en la banqueta sobre un catre, sin abanicos ni aire acondicionado. En lugar de refrescos, al mediodía era un vaso de limonada; los limones se cortaban en árbol sembrado en el fondo del lote, o agua de tamarindo. En la casa de doña Chuy Pozo había un árbol grandísimo.

Yo vivía a dos cuadras y media el mar, y cuando había oportunidad, sobre todo en el verano, me iba al malecón a ver las canoas con velas y remos (había muchas) hechas de tronco de árbol, sobre las cuales los pescadores del barrio salían, o simplemente al muelle, que casi siempre estaba lleno de barcos, unos grandes como el Anáhuac o el Santa Teresa y otros más. Incluso barcos más pequeños como el Raúl, el Arturo, el Viosca, el San Jorge o el famoso Estrella Costera, el Santa Providencia, etcétera. Cabe recordar que los barcos chicos comenzaron a desaparecer cuando llegó el transbordador, y los grandes cuando se abrió el muelle de San Carlos. También iba a ver las lanchas de Rudy Vélez Fleet con turistas estadounidenses que arribaban después de una jornada de pesca con enormes marlines que exhibían en la orilla de la playa, junto a los cuales se sacaban fotos y luego regalaban los peces extraídos.

Para llegar pasaba por debajo de aquel enorme túnel que formaban los frondosos laureles de la india que adornaban el malecón y que de una acera a la otra se entrelazaban en un permanente saludo, hasta que la naturaleza y la mano del hombre los fueron desapareciendo.
Frente a mi casa (digo mi casa porque a pesar de no ser el propietario siempre será mi casa) había una hecha de madera en medio del terreno de la esquina, un lote de tal vez 50 x 50 metros. Desde ahí claramente se veía la otra calle, la Serdán, daba un aire de amplitud, de libertad, pero ahora ¡oh, sorpresa! Hay un edificio de seis u ocho pisos. Ni siquiera los conté. Me quedé perplejo, sorprendido, anonadado. Sí, llegó la modernidad, pero se perdió la identidad de la calle. Ésta se achicó, el actual edificio domina la vista, se perdieron las casas y ahora es una calle más, con pavimento, con banquetas y llenas de locales comerciales. Este ya no es mi barrio.

La calle Salvatierra llegaba hasta el pie del cerro; arriba, en la Colina de la Cruz, había un centro nocturno, se llamaba El Mirador, después sería conocido como la Ciudad de las Niñas. Para llegar allá había un camino sinuoso, ahora todo están lleno de casas y de enormes antenas.

En los alrededores había cinco tiendas cercanas. En la esquina, en los locales de doña Chuy Pozo, ahora la Estancia Uruguaya, siempre hubo un negocio de abarrotes, enfrente una cantina; en la otra esquina, por la Madero había otra, más hacia el malecón estaba la tienda del señor Lizardi, hoy una casa abandonada, llena de grafitis y con los vidrios rotos, como suele suceder en estos casos. Por la Serdán, a dos cuadras hacia el centro, estaba la tienda del Güero Taylor.

El edificio del hospital Salvatierra sigue ahí, igual, ahora es la Casa de la Cultura; a un lado había otro baldío y el estacionamiento del sitio Salvatierra. Ya no hay taxis, sólo locales comerciales.

Por esta calle pasaban la Mariana, el Carmelo, el Chunique, la Malena, el Maleno, personajes urbanos de aquella época; y los vendedores de pescado y ciruelas del monte o del Mogote, que los llevaban en botes amarrados de un palo que se atravesaban sobre los hombros. Había gran cantidad de lotes baldíos llenos de mezquites. Esos negocios de antaño y esas prácticas de venta por las calles, así como los nombres de las tiendas y sus propietarios se han ido perdiendo con el paso de los años, como igual se van perdiendo los recuerdos en nuestras mentes, cada día que pasa son menos y más vagos.

De mis amigos de esos tiempos pocos recuerdos quedan, a pesar de haber sido una etapa muy hermosa de mi vida. De ellos hablaré en otra ocasión.

El Esterito llegaba hasta la Colina del Sol, tal vez por el estero que había en ese lugar el barrio llevaba ese nombre. Por otro lado estaba el mar y hacia el oriente la Colina de la Cruz, pero hacia el sur no sé hasta dónde llegaba este barrio, nunca tuve la precaución o la curiosidad de saberlo, lo que sí sé es que a cinco cuadras estaba el centro: la catedral, el Jardín Velasco y el Palacio de Gobierno.

Todos los días iba por el periódico de México a la Librería Arámburo. La Ramírez todavía no existía y si caminaba por la calle Madero pasaba por el mercado Arámburo, el de la vaquita (que en realidad es toro), ya estaba ahí. En ese entonces vendían gasolina; las bombas estaban en la banqueta, después las cambiarían a otro lugar.

Si caminaba por la calle Revolución pasaba por la casa de los Díaz Bonilla, los Cóppola, la casa del mayor Avente, donde vivió el escritor y periodista Fernando Jordán, había también una maderería, una panadería, el consultorio del doctor Cardoza y las oficinas de la SARH.
Si me iba por la Serdán pasaba por la calle de los Renero Lara, de los Balarezo, de los Taylor, por ahí vivía también Gustavo Gutiérrez González quien fuera gerente de la HZ; pasaba también por la electrónica Aréchiga, por la Casa Cota y por la Academia Comercial Salvatierra.

Ya en el centro de la ciudad estaba la secundaria Morelos, estuve seis meses en ese edificio; el Cine Juárez, la nevería La Flor de La Paz, la fotografía de Miguel Rodríguez y una peluquería que todavía está, ahí me cortaban el pelo. El Tostón y Peso, La Palma, El Ancla, las oficinas de telégrafos por la 16 de Septiembre, la escuela 18 de Marzo, el baratero Cumbre, el mercado Madero, hoy Pasaje Madero, la tercera zona militar, el correo, la botica de Severiano y muchas tiendas más, la mayoría ya desaparecieron o cambiaron de nombre.
Éste era el mundo que recorría a diario cuando La Paz llegaba hasta la calle Cinco de Febrero e Isabel La Católica. Un paisaje del cual cada día nos va quedando menos, sólo recuerdos que nos hacen sentir la nostalgia por el pasado.

¡Ese era mi barrio, El Esterito!