El Cine Juárez

JOSE ANTONIO MARQUEZ CASTRO

Caminar por las calles que uno recorrió durante la infancia o adolescencia, inevitablemente nos hace recordar a los amigos, a la gente del barrio, a los dueños de las tiendas, a los vecinos, en fin a todos los que de alguna manera intervinieron en nuestra vida, directa o indirectamente.

Hace algunas semanas, antes de la contingencia que estamos viviendo, necesitaba adquirir una grabadora MP-3. La búsqueda me llevó finalmente al Pasaje Madero de la ciudad de La Paz. A este lugar que mucho antes fue el Mercado Madero en el cual, como cualquier mercado público, se vendía toda clase de mercancía y al que, en aquellos años, acudí en varias ocasiones acompañando a mis padres o a comprar algo por encargo de ellos.

Hoy, el Pasaje Madero es un espacio de tiendas de electrónica y otras novedades.

Ya de salida, después de hacer mi compra, tomé la calle Belisario Domínguez. Ahí me detuve un rato en la banqueta; la calle, sobre todo esta parte, guarda para mí numerosos recuerdos, pues por una u otra razón la recorrí con frecuencia para ir a la Perla de La Paz porque en los días de aquel tiempo tenía abarrotes, farmacia, maderería, mueblería, tienda de ropa y hasta un banco. Luego a La Palma, la cual atendían sus dueños; vendían ropa, calzado y otras cosas más. Todavía está ahí, compitiendo con las grandes tiendas actuales.

Sobre la 16 de Septiembre continúa Foto Estudio Miguel. Ahí me tomé la foto para mi certificado de sexto año y todas las de secundaria e inclusive para la Normal. Ahí también mandaba revelar los rollos fotográficos de mi primera cámara, una Kodak de cajoncito. En esos años no había servicio de revelado a color en La Paz, sino que se debían mandar a revelar a Los Mochis por lo que el servicio costaba el doble. Quizá por ello tomaba sólo fotos en blanco y negro. Además, aprendí a revelar en el taller de fotografía de la secundaria con el ingeniero Vargas.

Un poco más arriba, por la misma acera, la peluquería. De igual forma la conocí hace muchos años. Sigue siendo la misma y su dueño también, aunque ahora él ya no trabaja, pero ahí está. En esa peluquería me cortaba el pelo en mi niñez y adolescencia. Recuerdo que ponían una tabla sobre los descansabrazos de la silla para que pudiera estar a la altura del peluquero y éste pudiera hacer su trabajo.

En la parte alta de esta avenida, donde se junta con la calle Independencia, estaba la nevería La Flor de La Paz, lugar que era obligado a visitar los domingos, después de salir del cine para disfrutar de una sabrosa nieve.

Y el edificio de enfrente, El Teatro Juárez. Fue inaugurado en 1910. Yo lo conocí mucho después como Cine Juárez.

Este edificio, allá en los años del sesenta, era uno de los dos locales que había en la ciudad de La Paz en los que se proyectaban películas. En ese tiempo, como señalé, había dos cines: el California, por la calle Revolución entre 16 de Septiembre y Ocampo (ahora Telas la Parisina) y el Cine Juárez, en Belisario Domínguez, casi esquina con 16 de Septiembre. En el primero de ellos sólo se pasaban películas estadounidenses, españolas e italianas, todas en inglés, pero subtituladas; mientras que en Cinema Juárez proyectaban películas todas en español.

En las afueras del Cine Juárez había unos exhibidores de madera con vidrio al frente. En éste se colocaban los cartelones de las películas que se proyectarían durante los siguientes días. Eran pequeños, no como las enormes marquesinas de ahora. Así, con antelación, podíamos escoger la función que más se acomodara a nuestro gusto.

En forma regular iba a la matiné del Juárez los domingos. Recuerdo que en luneta cobraban un peso o uno veinte, y en galería creo que ochenta centavos. La galería tenía piso de madera y bancas del mismo material. Sucedía que en los momentos álgidos de la película, cuando la emoción era intensa por la acción, el suspenso o el terror, el estruendo que se provocaba al golpear repetidamente el piso con los pies era ensordecedor, sumado al fondo musical de la película era el marco perfecto para llevar al límite los instantes más importantes de la función. Se daba una simbiosis perfecta entre película y público cuando, este último, casi siempre se sumaba al equipo de los buenos.

En aquellos años los héroes más populares del cine mexicano eran el Santo, Blue Demon, el Látigo Negro, el Jinete Enmascarado y otros más, protagonizados por Luis Aguilar, Antonio Aguilar, Armando Silvestre, Jorge Negrete o Pedro Infante; de los extranjeros sólo Johnny Wesmuller con su personificación de Tarzan de los Monos y King Kong, que lograron colarse en el gusto del público.

Fueron años de vaqueros, bandidos, charros, luchadores, boxeadores, canciones, monstruos, vampiros y cómicos, tales como Clavillazo, Tin Tan, Viruta y Capulina; Resortes, Chelelo, Piporro, Mantequilla y otros más, con sus rutinas sencillas, pero adecuadas para toda la familia, sin doble sentido, sin desnudos innecesarios, con violencia moderada. Aun así nos divirtieron durante muchos años.

También disfrutábamos de los grupos de rock and roll y de solistas con su música sesentera que, con frecuencia, aparecían en las películas de esa época. Entre ellos estaban César Costa, Enrique Guzmán, Alberto Vázquez, Angélica María, Fernando Luján y otros más.

Cada vez que mirábamos una película era inevitable que ésta impactara en el ánimo de nosotros. Tenía un amigo, un vecino de la Salvatierra, que se sabía todas las canciones de las películas, sobre todo las de vaqueros. Los Western al estilo mexicano, hasta el Santo, Blue Demon y algunos otros luchadores que aparecieron en algunas de ellas, interactuaban vaqueros con luchadores, vampiros y comediantes. ¡Ah!, pero cómo nos divertíamos. No era una, sino dos películas las que disfrutábamos con el mismo boleto, porque siempre eran funciones dobles.

No todo era felicidad, sobre todo para los que estaban en luneta. De vez en cuando algún irreverente, de los muchos que había, aventaba hacia abajo, vasos o botes con un líquido ambarino que se esparcía entre algunos de los asistentes, los cuales obligadamente se tenían que bañar después de la función. ¡a se imaginará usted porqué!

El edificio en cuestión aún está ahí. Ahora remodelado funciona como teatro, el Teatro Juárez se llama, para beneplácito de los paceños; sin embargo, para mí, seguirá siendo el cine de mis recuerdos, el cine que compartí con mis amigos del barrio y con mis compañeros de secundaria El Cine Juárez.