Cálate Lión o La Revolución tiene vías insospechadas

juan melgar

Los ocho dientes de oro le rebrillaron cuando sonrió con mueca torcida, reconociéndolo, años después, en el Deéfe. Había tenido algunos desacuerdos con el estudiante a principios de los 70, cuando el 2 de octubre no se había olvidado y cuando los campesinos a los que el de los dientes brillantes decía representar contaban poco en las luchas políticas del país. En el imaginario estudiantil marxiano la clase obrera tenía la exclusividad sobre el potencial revolucionario. Además, acá en el sur de la isla había poca industria, por lo que los campesinos estaban más a modo para recibir la solidaridad de una palomilla deseosa de contribuir a los esfuerzos de la clase trabajadora para emanciparse de… de los capitalistas burgueses y sus gobiernos peleles, del imperialismo yanqui y de la puta que los hubo parido a todos, cómo de que no.

No tenía nombre conocido: para todos era el Cálate Lión, apodo que aceptaba con cierta arrogancia pues era su divisa y título, homenaje al valor. Contaba apenas ocho años de edad cuando al rancho en el que vivía bajó una noche oscura un puma hambriento, decidido a comerse una chiva y seguramente a matar al resto del chinchorro que había quedado a su cargo, pues sus padres habían salido a realizar alguna diligencia en el pueblo cercano. Ante el escándalo del chiverío y los ladridos del perro, el niño prendió el farol de tractolina, se fajó un cuchillito cachicuerno de apenas una cuarta y salió a revisar. Alcanzó a ver una apenas sombra que se alejaba gruñendo y arrastrándose hasta meterse en un espeso matorral espinoso cercano, en el que él jugaba a esconderse: tenía tres túneles de acceso. Amarró al perro en una de las entradas, colocó el farol encendido en otra, amarró con correas el cuchillito en la punta de una vara larga de palodearco y armado con ella se apersonó en la tercera boca del matorro, picando repetidamente al puma. El animal rugía enardecido y el niño le gritaba en sus medias lenguas: ¡Cálate lion! ¡Cálate cablón! Lo cegó a piquetes y, ensartado en el cuello, el puma dio un zarpazo defensivo al arma y se degolló, desangrándose.

               La hazaña del chamaco llegó a oídos del general que gobernaba el territorio y llamándolo a su presencia augusta, puso su manaza sobre la cabeza del niño en ruda caricia y le entregó un pequeño rifle calibre 22 de cerrojo, una cajita de parque cobrizo y diez pesos, como premio a su valor.

               Desapareció el héroe del rústico panorama y nada se supo del Cálate Lión hasta que tres décadas después regresó de su exilio voluntario en Los Ángeles, para encontrarse en su pueblo con unos estudiantes universitarios empeñados en preparar los fermentos de una revolución. Para ello, realizaban labores comunales de tequio limpiando calles y arrimando el hombro a tareas de servicio social comunitario. Desde su hamaca colgada en una palapa mísera, el Cálate Lión aconsejaba, regañaba y repartía tareas a estos muchachos que sudaban y sudaban para cumplir su rol de abanderados de aquella revolución que, esquiva, ni siquiera asomaba el copete sobre el horizonte. En ese sitial de soyate torcido lo encontró el estudiante recién incorporado a las tareas del tequio, y le reclamó su vaquetona inacción. “Well, estoy desaldillado y herniado por tanta chinga que me llevé al Otro Lado, ¿you know?” –se   justificó— mientras fabricaba anillos de humo irregulares con su boca chimuela. Empeñados en comprar un tractor que ayudara a los ejidatarios en sus tareas, los estudiantes realizaban paralelamente actividades de todo tipo: bailes, coperachas, rifas mentirosas y expropiaciones menores, hasta que juntaron los dólares necesarios para comprar un tractor usado  y claro, el encargado de traerlo desde la otra California fue… el Cálate Lión, que se lanzó a por él y no regresó hasta un año después, sin tractor, claro, pero con ocho relumbrosos dientes de oro en la bocaza.  Los estudiantes le perdonaron el desliz, porque los héroes de la clase trabajadora siempre tienen razón; la tengan o no. De allí la brillante sonrisa del Cálate Lión que ya ha sido narrada, la vez que se reencontró con su crítico de mala fe mientras el dirigente campesino era apapachado, como siempre, por su grey. Contra lo que afirma el filósofo Sabina, sí hay historias de piratas que tienen final feliz.