TRAUMAS IRREVERSIBLES

No sé si en el fondo de mi subconsciente, inconsciente o infrainconsciente, permanezca agazapado un trauma de mis infancias –primera, segunda, tercera, qué se yo- derivada de un regaño a gritos, un sope bien plantado, unos cintarazos bien ejecutados o unas mentadas de madre como sólo en mi pueblo se saben dedicar. No lo sé. De lo que no tengo duda es que mis traumas más severos (posiblemente irreversibles) se derivan de hechos acontecidos en mi edad madura –pasada de madura dirán los malaleche que nunca faltan- sobre los cuales no detallaré intimidades pero sí referiré uno de ellos: el trauma provocado por los robos de auto.

Si mi memoria no me falla en los últimos años he sido víctima de cinco robos de auto, no cuento entre estos latrocinios aquellos en los que el o la o los o las ladrones o ladronas simplemente lo han abierto para llevarse estéreo, CD’s, herramienta, batería, un poco de dinero y chucherías sueltas. No cuento estos eventos sino sólo aquellos en los que el auto completo desaparece. Ahora que está de moda la controversia entre el Inegi y el Coneval les podría sugerir que nos informaran de la tasa de robos de auto “per cápita” por estado, municipio, región, ciudad o como lo tengan. Podría apostar casi doble a uno que La Paz estaría ocupando un sitio privilegiado en este ranking. Pero ya me estoy desviando del asunto central.

Les contaba del trauma derivado de los robos de auto que he experimentado. Sé que tengo ese trauma porque recientemente cada vez que no encuentro mi auto en un estacionamiento o en la calle –generalmente por olvido de dónde lo dejé- pasa por mi mente como un flashazo el viacrucis que representa iniciar el peregrinaje por su búsqueda. Es decir que lo primero que pienso es que ya me lo robaron otra vez y no se me ocurre que pude haberme equivocado de lugar donde lo busqué. Si se encuentra un sicólogo entre los lectores ¿podría aclararme si esto ya es un trauma? Para mi fortuna (porque en el infortunio también hay afortunados) siempre aparecieron los carros robados aunque las condiciones en que han hecho su reaparición han sido muy diversas. Uno de ellos apareció alegremente circulando conducido por el mismísimo cacomixtle (ratero). A ese auto sólo le faltó el gato (me refiero a la herramienta que sirve para levantarlo, no al minino), el conductor se fue al tambo y no quisimos saber más del asunto, pero es muy probable que haya sido liberado pronto. Pero ya me estoy desviando otra vez. En otro caso, que lo mandé a Ripley para su registro, no sólo apareció el auto a las pocas horas de su robo sino que estaba intacto, no le faltaba ni un tornillo y hasta el volumen de la gasolina estaba también intacto. Todavía trato de encontrar una respuesta a este enigma a sabiendas de que el esfuerzo deliberativo me puede llevar a otro trauma, creo. En el resto de los casos los autos se encontraron con los resultados previsibles, desvalijados, despanzurrados, sin batería, sin radiador, sin herramienta, sin llanta de refacción y sin gasolina. Cuando los he visto así me he sentido como violado, aunque debo aclarar que es una afirmación figurativa porque en realidad nunca he sido violado en sentido estricto. Aclaración necesaria para no despertar sospechas morbosas. Omití decir que para llegar a este momento del hallazgo se debió cubrir un protocolo largo y complicado que empieza con una visita a la Dirección de Tránsito para reportarlo como robado e indagar si de chiripa no se lo encontraron estampado en algún poste o barda. Después está la etapa de levantar el acta con el agente del ministerio público de guardia llevando consigo toda la documentación del auto. La entrevista, que no es breve, invariablemente concluye con la frase: “nosotros le hablamos cuando sepamos algo”. A los días llega la llamada telefónica: “¿es usted fulano de tal? Soy el agente zutanito, encontramos su auto, venga a las calles de equis esquina con zeta”. Para quien crea que ahí termina el suplicio se equivoca. Los agentes ministeriales hacen el reporte y hay que esperar a que los peritos lleguen para realizar las pesquisas de rigor, fotos, huellas, condiciones, etcétera. De ahí al corralón y al día siguiente hacer el trámite nuevamente con el ministerio público que levanta otra acta del hallazgo y ordena la entrega del vehículo. Para el rescate se recomienda hacerse acompañar de un buen mecánico y una grúa para arrastrar al aparecido hasta el taller que lo pondrá nuevamente en circulación. Insisto, con trauma garantizado.