La elaboración del nacimiento

Hace apenas medio siglo todavía se veía que en cada barrio ofrecían sus servicios al menos un zapatero, un electricista, un plomero, un sastre, una costurera, un carpintero y alguien que hacía mandados todo el día. Había movilidad y adaptabilidad en ellos. En la esquina donde vivíamos estaba una zapatería que los domingos se convertía en fonda exclusivamente de enchiladas de mole con pollo. Mi madre nos mandaba a comprar tres pesos de mole y ella hacía las enchiladas con mucho queso espolvoreado encima. A media cuadra vivía don Chema, el carpintero que además de reparar sillas y mesas se dedicaba a fabricar artículos de temporada. Por ejemplo en septiembre hacía espadines que pintaba con los colores patrios y en diciembre hacía pequeños establos que se convertían en la pieza central de los Nacimientos que se instalaban en todas las casas.
La elaboración del Nacimiento era un ritual que involucraba a toda la familia. Lo primero era ir con don Chema a comprarle un establo cuyo tamaño lo determinaba la situación económica familiar del momento. Se sacaban las cajas que contenían las figuritas envueltas en papel periódico que habían quedado sanas del año anterior. Por más cuidados que se tenían no faltaba la rotura de una o varias de las figurillas. Se desempolvaba la serie de foquitos y se probaban para ir a comprar los que se habían fundido. Había una rápida concertación familiar para acordar los componentes básicos de la instalación y su diseño, pero lo que no podía faltar era desde luego el establo, un riachuelo, una cascada y un lago. La cascada y el río se simulaban con tiras delgadas de papel metálico y el lago era un pedazo de espejo. La superficie del Nacimiento era una capa de musgo fresco y colgando de todas partes se colocaba heno.
La proporción de los animales y personajes del Nacimiento siempre fue algo que imprimía cierto aire fantástico al montaje. Los patos del lago eran del tamaño del burro, la vaca y el toro. Los Reyes Magos montados en su elefante, caballo y camello eran jinetes gigantescos. María y José eran del tamaño del Niño Dios, pero no era raro que ese Niño apenas cupiera en el establo. El muñeco del Niño Dios era paseado y mecido en las posadas previas a la Navidad y después de romper la piñata se le reinstalaba en su lugar en el Nacimiento.
A estos elementos básicos se le podían sumar personajes cuyo único límite era la imaginación. Podían aparecer leones y jirafas como si se tratara de un safari. Con cartón y pintura se dibujaba una sierra con cielo estrellado a manera de fondo escenográfico. Por encima y presidiéndolo todo estaba una estrella de Belem. Mis hermanitos siempre kafkianos colocaban soldados y luchadores montando al ganado vacuno. De fondo musical no sabemos de dónde salió una vez una cajita con cuerda mecánica que tocaba el Ave María. Todo juguete móvil en aquella época era de cuerda mecánica y en algún año excepcional se armó una vía de ferrocarril rodeando todo el Nacimiento para que un pequeño tren hiciera el viaje alrededor. Los saltos tecnológicos históricos no eran obstáculo para estas integraciones técnico religiosas.
Casi todas las noches de diciembre, en medio de la oscuridad, nos asomábamos a ver el Nacimiento luminoso. Desmontarlo ya muy avanzado enero y a veces hasta febrero era una tragedia. El musgo y el heno ya totalmente secos daban un aire de abandono muy parecido al paisaje del campo agrícola mexicano. Varias figurillas despostilladas, descabezadas o cojas se mantenían como saldo de guerra. La serie de foquitos quedaba con unos cuantos en funciones. Volver a guardar todo lo rescatable para el siguiente montaje se hacía en una atmósfera de tristeza y melancolía, pero con la ilusión viva de volverlo a instalar unos meses después en el lejano diciembre de ese nuevo año.