¿ES POSIBLE UNA NUEVA GRAN CRISIS? Parte 3 (última)

El relevo de Salinas a Zedillo presagiaba la tormenta perfecta: descontrol económico (inflación, compromisos de pago por la deuda, fuga de capitales), división del grupo en el poder y descontento social. Ante ello el grupo zedillista inventó el rescate bancario para tranquilizar al grupo financiero, para aplacar al grupo salinista Zedillo encarceló a Raúl Salinas implicándolo en el asesinato de Francisco Ruiz Massieu, cuñado de los hermanitos Carlos y Raúl, para no cargar con el desprestigio del PRI Zedillo acuñó la famosa frase de la “sana distancia” con su partido y con nuevas reformas electorales le abrió más la llave de recursos financieros y puestos gubernamentales a los partidos de oposición. Así navegó sin sobresaltos durante seis años, pero los días del PRI como partido hegemónico estaban contados. Al final, sin remilgos, Zedillo aceptó la derrota electoral a manos del PAN y de Fox en el año dos mil.

El capital político con el que llegó Fox al poder fue rápidamente dilapidado, los “peces gordos” que prometió que caerían no cayeron, la estructura de control corporativo priísta la dejó intacta y el crecimiento económico programado tampoco se cumplió.

La ausencia de una figura presidencial respetable hizo aparecer un nuevo fenómeno político: el libertinaje de los gobernadores que a partir de entonces hicieron y deshicieron en sus cotos de poder estatal. El desgaste panista en el poder fue evidente al enfrentar las elecciones de dos mil seis cuando con una mínima diferencia porcentual pudo retener el poder con su candidato Felipe Calderón en contra del entonces perredista Andrés López. Calderón se vio maniatado para instrumentar cambios notorios ya que el PRI y sus aliados le bloquearon sistemáticamente sus iniciativas en el Congreso.

El PRD se atrincheró en el gobierno del DF y otros más de provincia. El país estaba literalmente dividido en tres grupos. Esta división y el gran poder económico amasado por el crimen organizado en torno al narcotráfico penetró y corrompió todos los órdenes de gobierno. Sin confianza en los cuerpos de seguridad existentes Calderón optó por echar mano del ejército para iniciar lo que llamó “guerra contra el narco”. El saldo fue de más de 120 mil homicidios y casi 30 mil desaparecidos. La atrocidad y ferocidad de las ejecuciones alcanzó niveles nunca vistos. El crimen estaba empoderado. La decepción del electorado cristalizó en el retorno del PRI al gobierno, Enrique Peña Nieto impulsado por el importante grupo del Estado de México ganó con cierta comodidad las elecciones de 2012 e hipnotizó a los partidos opositores con su “Pacto por México” que los comprometía en una serie de reformas estructurales económicas, sociales y políticas. Para dar confianza a sus nuevos aliados y castigar a quienes desde el poder lo enfrentaban Peña encarceló a la poderosa líder Elba Esther Gordillo como medida de persuación. Factores externos como la baja del petróleo y la llegada al gobierno norteamericano de un grupo ultraconservador e internos como el descubrimiento de innumerables actos de corrupción de algunos de sus cercanos colaboradores, el agudizamiento de la actividad del crimen organizado y las movilizaciones regionales de un sector del magisterio contra la reforma educativa, han derivado en la mayor desaprobación de un gobierno desde que se mide esta variable. Si las cifras de homicidios dolosos mantienen su tendencia actual tendremos al final de este sexenio un acumulado en doce años de casi trescientos mil crímenes. La inmensa mayoría, impunes. El poder judicial ha sido rebasado, el ejército se ha cansado de exigir, sin éxito, que el Congreso legisle sobre el marco normativo de su participación en tareas de seguridad. Los precios petroleros aparentemente no se recuperarán en los próximos años a los niveles de 100 dólares por barril que tuvo hace apenas cinco años.

Los ingresos por exportación de petróleo descenderán además porque la producción de petróleo en el país mantiene constante una tendencia a la baja. Los partidos, sin excepción, han dejado de ser un instrumento de cambio confiable, muestra de ellos son los brotes aquí y allá de desgobierno institucional (Veracruz, Quintana Roo, Sonora, Guerrero) y no institucional (crimen desbordado, aparición de comandos armados de “autodefensa comunitaria”, grupos de provocación “infiltrados” en movimientos populares). Quien gane las próximas elecciones tendrá ante sí un reto inédito, aplacar la tormenta de inicio del siglo XXI que ya está en marcha. La gran crisis que esperábamos ya está presente.