¿ES POSIBLE UNA NUEVA GRAN CRISIS? Parte 2

La prueba de fuego de la reforma política de 1977 ideada e instrumentada por Jesús Reyes Heroles (último ideólogo del PRI), tuvo su prueba de fuego diez años después cuando la movilización nacional de 1988 creada por la candidatura presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas (CC) se mantuvo dentro de los cauces institucionales pese a las fundadas dudas sobre la posible alteración de los resultados y la presión de grupos dentro de ese movimiento que empujaban por una “rebelión nacional”. La formación del Partido de la Revolución Democrática (PRD) en 1988 cosechó ese impulso del neocardenismo para intentar posicionarse en las siguientes contiendas electorales. El Partido Acción Nacional también lograría avances sustanciales en esa década de los ochenta, Ernesto Ruffo Appel ganó en Baja California en 1989 la primer gubernatura de un partido de oposición en el país. Aunque el propio CC volvió a postularse ahora por el PRD en las presidenciales de 1994 perdiendo claramente ante Ernesto Zedillo, tres años después, en 1997, ganaría sin problemas las elecciones para jefe de gobierno del entonces Distrito Federal, bastión que el PRD conserva hasta la fecha. Si bien en lo político la crisis fue controlada incorporando a la derecha e izquierda en varios gobiernos estatales, en lo social las cosas no iban por buen camino. Días antes de las elecciones de 1988, cuando de acuerdo con el protocolo priísta Miguel de la Madrid había ya cedido de hecho los poderes mágicos de la presidencia a Carlos Salinas, fueron asesinados dos personajes claves en el equipo de campaña de CC, ellos fueron Xavier Ovando y, su ayudante, Román Gil. Los asesinos sólo se llevaron la documentación sobre el equipo y organización de recolección de resultados de las elecciones, de lo cual Ovando era el responsable. Ya durante la gestión oficial de Salinas ocurrieron al menos tres asesinatos de personajes relevantes.

El cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo fue asesinado en mayo de 1993 en el estacionamiento del Aeropuerto Internacional de Guadajalara presumiblemente al ser confundido con el Chapo Guzmán. En marzo de 1994, el candidato del PRI a la Presidencia, Luis Donaldo Colosio Murrieta, fue asesinado en un acto de campaña en Lomas Taurinas, Tijuana, en Baja California presuntamente por un “asesino solitario” y a tres meses de que concluyera el sexenio salinista, en septiembre del 1994, el priista José Francisco Ruiz Massieu, cuñado de Salinas, fue asesinado a tiros en el interior de su auto. Un implicado era el propio hermano del presidente Raúl Salinas y otro el diputado federal Manuel Muñoz Rocha a quien desde entonces se le considera desaparecido.

Este clima de violencia que visiblemente revelaba la descomposición de los grupos en el poder se sazonaba con la asonada de un grupo de indígenas chiapanecos que desde enero de 1994 se había “levantado en armas para derrocar al gobierno”, lo que por su parte indicaba otro flanco débil de la crisis social del momento, el abandono de los pueblos indígenas.

Paradójicamente las elecciones presidenciales en ese año que parecía de zozobra del PRI, resultó en un resultado anticlimático: cómoda ventaja para el priísta Ernesto Zedillo. Muchos interpretaron esos resultados como el temor de los electores a realizar cambios radicales de gobierno en un ambiente tan enrarecido. El terror había dado resultados, las tendencias conservadoras fueron la vía para tratar de enmendar el curso del país. Pero las decepciones no se hicieron esperar. El “error de diciembre” acabaría por convencer a la ciudadanía que los días del PRI estaban contados. Durante el sexenio salinista se había contraído una enorme deuda pública, el peso se había sobrevaluado durante todo ese año electoral evitando devaluaciones para evitar el desencanto en el electorado, la inflación salió de control y los capitales huyeron. Estaba en desarrollo el más agudo conflicto económico, político y social de las últimas décadas (continuará).