RECORDAR ES VIVIR…

Aquel 19 de septiembre de 1985, aun cuando vivía yo en Loreto, B. C. S. Donde era Gerente Regional de Aeroméxico, me encontraba en la ciudad de México para operarme (no puede ser). Estaba hospedada en el departamento de mi hijo Javier (que había sido el mío) en el cuarto piso de un edificio en Bajío, entre Insurgentes y Nuevo León, Colonia Condesa.
Cuando empezó a temblar hablaba por teléfono con una prima y al mismo tiempo veía el noticiero de Memo Ochoa, que en ese momento atendía Lourdes Guerrero; quien dijo ¡Memo, está temblando, un poquito nada más!  Mi prima gritó ¡está temblando! Y me colgó. Lourdes Guerrero repitió ¡Está temblando! Y se fueron  la imágen y la luz. Me levanté y me paré bajo el dintel de la puerta, gritándole a Javier que saliera,  él se estaba bañando. Salió envuelto en una toalla de la cintura para abajo y nos abrazamos bajo la puerta, viendo como caían y rodaban pedazos de bloques dentro de  nuestro departamento y los azulejos del baño cayendo sobre la tina; el gran ventanal que daba a la calle nos permitía también ver el terror y el desconcierto afuera. El temblor no cesaba. ¡Fue eterno!
Cuando finalmente terminó, el departamento presentaba enormes huecos en las paredes divisorias de las recámaras y el baño. Mi hijo se fue al trabajo, en una empresa llamada TOPEKA. Cuando llegó encontró el edificio en el suelo. Después se supo que habían muerto muchas costureras. Yo logré comunicarme con mi otro hijo que vivía en Mixcoac y no les había pasado nada. Me fui entonces a casa de mi hermana que vivía en el décimo piso (pent house) de un edificio en la calle de Fresas en la Colonia Narvarte. Subí las escaleras y entré. Todo estaba en orden, ella ya estaba arreglada y mi cuñado se estaba bañando. De pronto escuchamos los gritos de alguien que subía la escalera –¡el edificio se está cayendo, por favor sálganse a la calle!—repetí  la advertencia a mi hermana y cuñado y empecé a correr hacia abajo por la escalera, junto con los otros inquilinos. Cuando llegué abajo nos dirigimos al otro lado de la calle, esperando ver caer el edificio. Por suerte sólo fue una ilusión óptica, pues con el movimiento telúrico se habían zafado cables y tubos que subían entre un edificio anexo y el de mi hermana, entonces daba la impresión de estar inclinado. En medio de todo nos dio risa ver a mi cuñado con pantalones y saco de traje, sin camisa, ropa interior ni zapatos…
Más tarde me fui a Mixcoac a casa de mi otro hijo Victor, que desde el primer instante se dedicó a rescatar muertos y heridos como voluntario y mi nuera a preparar sándwiches y otras cosas para llevar a los rescatistas. Javier me alcanzo allá y se fue con Victor, también como voluntario.
Por  la noche regresamos al departamento nuestro, que si estaba ladeado, poníamos una canica en un lado de la estancia y corría a toda velocidad al otro lado. Javier había llenado casi 20 bolsas negras de basura de pedacería de bloque y el departamento parecía habitable. Estábamos viendo los daños cuando empezó a temblar de nuevo. Eran pasadas las nueve de la noche. El me gritaba –¡Bájate!—yo le respondía—¡Bájate tu también! Finalmente logró que me bajara por las escaleras muerta de terror. Me alcanzó antes de llegar abajo y salimos corriendo hasta media calle, de aquella ciudad negra como boca de lobo nos paramos abrazados fuertemente  y así estábamos cuando un hombre al que no le vimos el rostro, nos abrazó y nos dijo: ¡Ya, ya pasó, no pasa nada!
Nunca supimos quien fue, ¿sería Dios?