MIEDO

Gustavo bebía copa tras copa. Estaba sentado en la barra. Envuelto en sus pensamientos, escuchaba una y otra vez la misma hermosa canción de Agustín Lara.

“Me llevo tus ojos envueltos en mi alma…

Me llevo tu vida, junto con la mía…”

Gustavo no era un bebedor habitual y no quise acercarme a él porque intuí que necesitaba estar solo. Esa noche me extrañó que llegara y se dirigiera a la barra sin mirar hacia mí rincón. Sí, no te burles, a éste donde estoy al acecho, como bien dices.

Recuerda que desde aquí superviso, veo quien entra y sale, y hasta me divierto con las metamorfosis etílicas que sufren mis distinguidos clientes. Además, es el espacio que comparto con los amigos, como tú. Aquí, en esta mesa se conocieron Diana y Gustavo. Disfruté de su estimulante compañía y compartí con ellos el pregonado secreto de su amor.

“Me llevo el secreto de tus liviandades…

Cargo con mi lastre de melancolía…”

¿Te acuerdas que de pronto decidieron gritar a los cuatro vientos que iban a casarse? Nos maravillaba la certidumbre de su absoluto amor. Días antes de la boda les organizamos una despedida. Entraron circundados por una aura luminosa, entre ellos se tendían mil puentes comunicantes, piel, ojos, labios, manos y brazos. “¡Qué envidia me das Diana! ¿Dónde te conseguiste este ejemplar?”  Le dijo alguien, riendo. Ella se apretó a él, posesiva, y respondió. “Este raro ejemplar es el último de su especie y me pertenece.” El la abrazó y se besaron interminablemente hasta que los obligamos a separarse con aplausos y gritos.

“Me separo, de tí, para siempre…

No quisiste estar cerca de mí…”

Te has de acordar de los rumores que circulaban sobre ambos, qué si ella había sido amante de no sé quién. Qué si él era casado, con hijos… En fin, lo de siempre.

Diana vino a verme, la noche siguiente. En sus enormes ojos trágicos asomaba el miedo. Sus manos nerviosas paseaban por sus cabellos, por su rostro y cubrían su boca en un vano intento de controlar el temblor de sus labios. Quería, preguntar, quería saber. “¿Lo viste?, ¿te dijo algo?” Preguntó al fin con su vocecilla trémula.

“No quisiste por miedo a la gente…

Enseñarte a querer y a sufrir…”

¿Qué iba yo a decirle, si en realidad no sabía nada? Vi crecer el temor en sus ojos y le conté que Gustavo había estado aquí una noche antes. Qué había bebido.

Le conté lo de la canción. Quiso escucharla, y lo hizo como él, una y otra vez. Bebió y bebió, como él, hasta que desapareció el miedo y se le endureció la mirada. “¿Te das cuenta que esa canción fue su despedida?”, me dijo con una voz grave y ajena.

“El sabía que ibas a contármelo…” Se quitó la argolla matrimonial y la puso sobre la mesa. Fue hasta ese momento que me atreví a darle la de Gustavo. Me la había dejado con el cantinero. Las tomó en sus manos. Callada, jugueteó un poco con ellas, luego, se fue dejándolas aquí. No ha vuelto…

“Me llevo tus ojos envueltos en mi alma…

Me llevo tu vida, junto con la mía…”