Este asunto de Paris

Supongo que igual que a todo mundo, los ataques terroristas ocurridos en Paris me quitaron el sueño y me llenaron de zozobra. He estado pegada a los noticieros de televisión como si jamás hubiese sabido de algo más terrible. Todo me parecía inaudito y aterrador, hasta el día de hoy, martes 17 de noviembre que con esa actitud presencié que Carlitos Loret de Mola, en Paris, interrogaba a un personaje de esos que tienen no sé cuantos doctorados, muy internacional y maestro de la Sorbona, ya no recuerdo como se llama ni tampoco qué le preguntó exactamente Loret, pero si lo que el hombre le respondió en muy pocas palabras y fue algo así como: “nos pasa lo mismo que a ustedes cuando en México sucedió lo de Ayotzinapa… que también estremeció al mundo entero…” ¡PLOP!
¡Ubícate mujer, ubícate… estás en México, que no se te olvide!
Y pues sí, en México no estamos precisamente en un lecho de rosas, aunque los motivos del desorden sean distintos. Según diversas notas de Internet, entre diciembre de 2006 y enero de 2012 se estima que murieron alrededor de 60.000 personas mediante ejecuciones, enfrentamientos entre bandas rivales o agresiones a la autoridad.Entre las víctimas se encuentran narcotraficantes, policías, civiles, periodistas etc. Se desconoce el número de asesinatos de personas sin relación con actividades delictivas, llamadas «daños colaterales».
Luego viene lo del 26 de septiembre de 2014, suceso donde desaparecieron 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, historia que todos vivimos y conocemos demasiado bien, dada la enorme publicidad que se le ha dado por tratarse de un caso con repercusiones mundiales, ya que en diferentes países de Europa y América, se realizaron marchas de apoyo a los desaparecidos y para el cual Amnistía Internacional emitió importantes recomendaciones, que no han tenido ningún efecto y continúa sin ser resuelto el caso por las autoridades.
Estamos tan acostumbrados a la impunidad, a los abusos y a la corrupción… que se nos olvida lo que sucede aquí, entre nosotros.
Sigamos cerrando los ojos y tapándonos lo oídos y… ¿qué tal si les cuento un cuento mío poco conocido?
 La fiesta ha empezado.
 
***
 
El sol radiante se filtra en mi habitación y me despierta. Veo el reloj  para comprobar que se me ha hecho tarde. Corro la cortina blanca de la ventana para substituirla con las verdes ramas del  tamarindo que parece vibrar. Me tiro en la cama para verlo y la mirada se me escapa hasta el  fondo de encaje azul. No quiero levantarme. Estiro los brazos a la ventana, blancos, demasiado blancos. ¡Qué ganas de irme a la playa  y tomar el sol! Me quedo en la cama, remolona.
¿Y si me reportara enferma?
No lo pensé más. Llamé pretextando una de mis ya populares migrañas. —Cuídate, Georgina, descansa— ¡Por supuesto que iba a cuidarme!  Eran apenas las nueve, frente a mí se extendía un venturoso día de fiesta particular. Un regaderazo frío me llenó de energía. Me puse el traje de baño, encima una sudadera y pantalones. Tomé el  libro que leía a ratos y lo puse en mi bolsa, acomodé en la hielera refrescos y bocadillos y  me fui a la playa.
 
Conducía por la costera. El sol mandaba sus rayos oblicuos depositando piedras preciosas sobre la irisada superficie del mar.  La brisa fresca y limpia, perfumada de algas y sal, alborotaba mis cabellos. Encendí la radio y me puse a cantar como enajenada.  Me sentía tan  feliz que  incluso no me hubiese importado que alguien de la oficina me sorprendiera.
 
Escogí Balandra pensando que en jueves y a esas horas era poco probable que hubiera gente. Al entrar a la brecha confirmé que efectivamente la playa estaba solitaria, pero no del todo, un lujoso automóvil negro estaba estacionado casi paralelo a la orilla, fuera de eso no se veía nada más. La vista del carro me perturbó, me recordó al señor González,  un amigo de mi jefe que había dado en acosarme con sus insinuaciones amorosas, pero como de autos lo único que sé es que ruedan y tampoco soy de las que creen en coincidencias novelescas, deseché mi inquietud. No iba a permitir que nada estropeara mi día y me estacioné a varios metros.
 
A lo lejos sobre la orilla azul verdosa se recortaba la silueta del hongo de Balandra. Más allá  dos hombres subían a una lancha y partían mar adentro. No les presté mayor atención.
 
Iban a dar las once. El calor del sol penetraba en mi cuerpo embargándome de una excitación parecida a la dicha. Extendí mi toalla,  me unté el bronceador  y me tendí boca abajo. Eché una mirada al automóvil que ahora me quedaba de frente, y vi que la puerta izquierda estaba abierta. Busqué a lo largo de la orilla a sus ocupantes, sin hallarlos.  ¿Serían los que se fueron en la lancha? No me parecía lógico que dejaran un carro así, abierto y solo.  Apoyé la cara sobre mis brazos  y cerré los ojos a la inquietud que amenazaba con arruinarme el día. A lo mejor andan por ahí, metidos en alguna cueva y no tardan en aparecer. La desazón se adueñaba de mí, sabía que ya no iba a pensar en otra cosa.
 
Tal vez el dueño duerme en el interior.  ¿El dueño?, ¿y por qué él y no ella?  Por el carro, ninguna mujer compraría un automóvil tan negro, al menos yo no,  para un clima como el nuestro. Nuevamente el señor González se me vino a la mente, pequeño y atildado, el cabello y el bigote teñidos. Era de San Diego y casado. Llevaba varios meses en La Paz y no salía de las oficinas de la empresa donde yo trabajaba. Naturalmente, su empeño en conquistarme propiciaba que todo mundo se divirtiera a mis costillas. Yo francamente lo detestaba. Nada menos la semana pasada le había dicho al contador que me iba a quejar  con mi jefe del asunto.
 
No sé como sucedió, tal  vez fueron mis reflexiones o la misma particularidad de la situación, pero por un momento consideré la posibilidad de irme a otro lugar,  sin embargo, pudo más mi curiosidad y me quedé. De repente pensé que si me metía al agua podría nadar hasta un punto donde alcanzara a ver el interior del auto y el resto de la playa.
 
Entrar  en contacto con el agua fría de abril me hizo caer en ridículos gritos y aspavientos como si fuera una adolescente deseosa de llamar la atención. Me mojé chapoteando  y me interné en el mar hasta alcanzar la suficiente profundidad para flotar.  Nadé unos cien metros y me detuve ahí, con el agua apenas arriba de la cintura. A lo largo de la orilla no se veía un alma, pero pude distinguir  lo que la puerta del carro me ocultaba. El sol daba de lleno sobre la cabeza de un hombre que colgaba del asiento, dormido o ebrio. Algo se me enredó en las piernas y me hizo lanzar un chillido que me avergonzó. No era más que mi nerviosismo y un pedazo de tubo de plástico.  Renegando contra los que arrojan basura en las playas lo recogí  y sin perder de vista al hombre me dirigí a la orilla,  con tan mal tino que fui a salir justo en medio de un cangrejal. Los animales corrieron en todas direcciones y como les tengo horror  corrí también,  gritando como una loca para ir a detenerme muy cerca del automóvil negro. A pesar de mi alboroto, el hombre no asomó la cabeza. Observé los interiores tapizados en una suerte de terciopelo morado y un logotipo en forma de concha adherido a la puerta me confirmó que se trataba del carro del señor González. ¿Pero quién está dentro? ¿Será él? ¿Me habrá descubierto y finge estar dormido? Con el corazón palpitando desordenadamente me dispuse a averiguarlo y cautelosa di la vuelta para acercarme.  El hombre estaba caído de lado sobre su brazo izquierdo con el cuello y el pecho cubiertos de sangre. ¡Era el señor González! Prorrumpí en gritos incontrolables de horror y caí hacía atrás sobre la arena hirviente como si alguien me hubiese aventado.  Grité y grité hasta sacar la histeria y quedarme con la angustia. ¿Estaría muerto? Me agarré de la puerta para levantarme. ¡Señor González! Llamé y no se movió. ¡Señor González! Grité perdido el control y lo sacudí violentamente de los hombros. Un chorro de sangre pegajosa le brotó de alguna parte para empapar mis manos. Horrorizada las froté contra mi traje de baño y los muslos.  En medio del caos,  mi mente dibujó la figura de los dos hombres que partían en una lancha y me hizo reparar en el horror de la situación. ¡Dios mío! ¿Cómo pudo suceder esto? ¿Por qué esta terrible coincidencia? ¿Qué hago yo aquí, sola con él? 
 
Me dejo caer sobre la arena. Tengo que hacer algo, tengo que…   ¡Avisar a la oficina! Eso es, voy a avisarle a mi jefe.  ¡Oh, santo Dios!  Pero si me reporté enferma, ¿cómo voy a justificar mi presencia aquí?  Dios,  tú sabes que fue una simple mentira, nada más. ¿Por qué me haces esto? Todo mundo sabe que yo no lo soportaba. ¿Qué voy a hacer?
 
¡Esto es una pesadilla! Me levanto, ¡tengo que irme de aquí! ¡Corre Georgina, corre y vete rápido! Trato de obedecer, pero mis piernas reblandecidas se niegan.  Torpemente recojo mis cosas y las arrastro hacia el carro.  Mis manos hurgan enloquecidas para encontrar la llave. La encuentran, pero, temblorosas, no atinan a meterla en la cerradura.
 
Música de banda a todo volumen llega junto con una camioneta que se estaciona al lado de mi carro. Las puertas se abren para dejar salir a  un grupo de alegres muchachos. Uno de ellos se acerca, mete la cabeza por la ventanilla derecha  y me pregunta, coqueteando, ¿por qué te vas?,  la fiesta apenas va a empezar.  Sus ojos recorren mi figura y de pronto se echa hacia atrás, sorprendido.  Veo mis manos, mi vientre y mis muslos manchados de sangre. Con una sensación de anticipada derrota, logro encender el carro y arranco dando tumbos. Una rápida ojeada al retrovisor me permite ubicarlos alrededor del automóvil negro. Acelero.  Ahora vienen tras de mí. Me persiguen. Piso el acelerador hasta el fondo.
La fiesta ha empezado.