EL OLOR…

Eduviges había tenido once hijas, trabajó como un burro y jamás había sabido lo que era una gripe, una calentura o por lo menos un dolor de muelas o de cabeza, así que cuando cayó enferma por primera vez a los 65 años, creyó que le había llegado el momento de morir. Las hijas lo probaron todo para bajarle la fiebre, aliviarle la tos y sacarle las flemas. Todas las noches le untaban yodo en la espalda con una pluma de gallina, parches de antiplogestina, le frotaban el pecho con manteca alcanforada para ponerle enseguida trapos calientes, y cada tres horas la hacían tomar una cucharada sopera de infundia[1], bien calientita, así todos los días, pero la enfermedad no cedía y las hijas empezaron a sospechar que su madre moriría.
Aquella mañana el ruido de una avioneta rompió el silencio. Dio una vuelta sobre el pueblo para avisar su llegada y luego se enfiló hacia el aterrizaje que estaba como a un kilómetro. En los años cuarenta el hecho de que un avión aterrizara en Loreto, era algo inusitado. Un grupo de chiquillos y algunos adultos corrieron a presenciar el suceso. Inmediatamente se enteraron que en el avión venía un doctor de La Paz para ver a don Fidencio, un rico comerciante que llevaba varios días enfermo. La noticia llegó a la casa de Eduviges; Mercedes, la mayor de las hijas solteronas, que era la que llevaba los pantalones en la familia, inmediatamente mandó una emisaria a pedirle al doctor que también fuera a ver a su madre, cuya afección empeoraba.
“Tiene pulmonía”, les dijo el doctor, y le puso una inyección de penicilina que andaba muy de moda, aunque en Loreto nadie la conocía, y le dio instrucciones a la inyectadora del pueblo para que le aplicara cinco más. “Mucho cuidado con las corrientes de aire y recuerde que por ningún motivo deberá bañarse”, le dijo a la enferma antes de retirarse precipitadamente.
Como era la primera vez que Eduviges se enfermaba, su organismo era completamente ajeno a todo tipo de medicamentos, así que cuando le pusieron la segunda inyección su alivio ya era notable, y para la quinta ya tenía dos días completamente sana. A partir de entonces nadie le quitó de la cabeza que el doctor era una especie de mago milagroso, capaz de curarlo todo. Después de su prodigioso alivio, la penicilina se volvió muy popular y la inyectadora del pueblo la encargó para tenerla en caso de que alguien enfermara de gravedad.
Pasaron los días y con las embadurnadas de manteca alcanforada, yodo y antiplogestina, el cuerpo de Eduviges despedía un fuerte olor a rancio, por lo que a juicio de Mercedes y hermanas, había llegado el momento de darle una buena bañada, con agua calientita. Pero Eduviges se negó a permitirlo. “A mí el doctor me dijo que me cuidara de las corrientes de aire y que no me bañara por ningún motivo”, les dijo enojada, y las hijas no tuvieron más remedio que desistir. Empezaba a hacer calor y de por sí Eduviges era, por naturaleza, de olor fuerte, pero seguía empeñada en cuidarse del aire y de no bañarse; poco le importaba que cada día su olor fuera más insoportable. “La cáscara guarda al palo”, decía a sus hijas cuando le sugerían el baño, o las acusaba de querer matarla.
Luego le había dado por tomar el aceite de hígado de tiburón a cucharadas, tres veces al día, pues unos años atrás había oído decir que era el mejor tónico, y que eso les daban a los soldados que mandaban a la segunda guerra mundial. ¿Por qué creen que vienen hasta acá los compradores de hígado de tiburón? Argumentaba a quien se atreviera a rebatirle el punto. El olor, según Mercedes, cada vez era peor, porque el humor del cuerpo de Eduviges contaba con un nuevo elemento, el aceite que olía extremadamente fuerte.
Se cambiaba de ropa muy de vez en cuando y era lo más que Mercedes podía lograr, porque las otras hijas no contaban con ninguna autoridad. Pero ni la ropa limpia disimulaba el desagradable olor que emanaba de su cuerpo y la gente, que es tan exagerada, decía que hasta en la calle se percibía. Transcurrieron los meses, luego los años y Eduviges seguía exactamente igual; encaprichada en no bañarse “por órdenes del doctor”. Mercedes y sus hermanas con el paso del tiempo se fueron acostumbrando, ni siquiera recordaban en qué momento se habían vuelto inmunes o habían perdido el olfato. Naturalmente, sabían que muchas personas ya no iban a su casa por el olor…
Una tras otra murieron las hijas solteras de Eduviges, excepto Mercedes, que había salido sana y robusta como su madre; fue la única que le sobrevivió cuando a los ciento dos años, tal vez aburrida de vivir, Eduviges amaneció muerta sin ningún chiste, porque no estaba enferma de nada.
Fue muy criticado lo que pasó después, a mí no me consta. Pero dicen que Mercedes llamó a unas mujeres, que por cierto fueron las que desparramaron el chisme, para que le ayudaran a sacar el cuerpo envuelto en una sábana, para colocarlo afuera, en el patio, sobre un catre de raspa[2], entre todas la desvistieron y Mercedes procedió a bañarla por primera vez en 37 años a cubetazo limpio, la enjabonó varias veces con jabón amarillo y la talló con un cepillo, hasta lograr que desapareciera el olor. Luego quemó la ropa y los tendidos de la difunta.
Por supuesto que lo del baño trascendió, y al modo de la gente morbosa, hasta la que había dejado de visitarlas por el olor, fue al velorio. Mucho se comentó después algo de lo que nadie se acordaba, la blancura de la piel y de los cabellos de Eduviges.

 


[1] Grasa derretida de gallina.
[2] De costal en lugar de lona.