Conversación con Dominga G. de Amao

Conversación con Dominga G. de Amao, como parte del homenaje que se le rendirá el día 25 de este mes. Estela Davis

Crepúsculos

Es la hora del crepúsculo, rueda por el cielo un día más que se hunde y no volverá…
No volverá,
¿entiendes la sentencia?
Así es la pasajera vida como viajera, como un día que se va, los días dejan recuerdos como estela bella esplendorosa,
a veces, dolorosos y tristes otros.
Así es este valle de lágrimas que un día dejaremos, como el día que en el abismo se hunde.

DOMINGA AMAO

A la entrada de San Antonio, B.C.S., nos indicaron el sitio donde vive Dominga G. de Amao, todos lo saben.
Nos recibió en su silla de ruedas, en la que circula por su impecable casa, a la que volvió después de 10 años de ausencia “para esperar la cita”; dice, rodeada del amor de sus familiares, sus recuerdos y las antiguas fotografías que adornan las paredes.
Dominga, poeta y narradora, escribió y publicó aproximadamente 12 libros: Confidente (cuentos y poemas, 1974); Íntimo (puñado de dedicaciones, 1976); Madrigales y cuentos (1984); Arco Iris (poemas, 1986); Antología (poemas, 1989); Ocasos (recuerdos y dedicaciones); Cuentos para Niños (1992); Raulito y su abuelo (cuentos,1993); Los Indios, Nuestras Raíces (ensayo, 1994); San Antonio (relatos, 1999); Leyendas (2000).
Dominga G. de Amao, dama ejemplar. “La Mujer del año” (1979), “Valor Cultural 1992”, que estudió periodismo por correspondencia para realizar sus sueños de mujer, nos habla de su vida.

E: ¿Dónde naciste, Dominga?, ¿cuándo?
D: Ya lo he dicho. Nací en un rancho cerquita de aquí, “El Rincón”, el 12 de febrero de 1912. Cumplí 90 años. Ya verás, se me está haciendo larga la vida.
E: ¿A qué edad te casaste?
D: Muy joven, de 17 años.
E: ¿Con quién te casaste?
D: Con mi esposo, Loreto Amao, él murió a los 91 años. Tuvimos cuatro hijos, viven dos hombres y una mujerE: Alba, Manuel y Hugo. Yo atendía mi casa, atendía a mis hijos y estudiaba en las noches, periodismo por correspondencia. Ellos me mandaban las lecciones y yo las estudiaba”.
E: ¿Periodismo por correspondencia? —Pregunto, sorprendida—.
D: Sí, ya ves que en ese tiempo no había esa carrera de periodismo, de comunicación como le dicen ahora. Después ya empecé a escribir en La Voz del Sur, fueron casi 20 años. Escribí en el Sudcaliforniano; con Felipe Ojeda en El Guaycura, también en el de Javier Benítez Casasola, en El sol de La Paz. Así, en diferentes periódicos. También estuve escribiendo con Armida Caloca en su revista y así que…
E: ¿Tu marido te apoyó en tus aspiraciones de estudiar?
D: Sí, me apoyaba, pero tenía que cumplir con mis obligaciones en el hogar. Por eso estudiaba en la noche. Y otra cosa, no teníamos luz, nos alumbrábamos con lámparas de petróleo. Y ahí me estaba hasta muy tarde, a veces durmiéndome, para leer todas las lecciones y contestar los cuestionarios.
E: ¿Te titulaste, Dominga?
D: Sí, como periodista. Ahí tengo mi título colgado en la pared, míralo verás.
En efecto, un documento enmarcado sencillamente, certifica que Dominga G. de Amao, se tituló en el Instituto de Capacitación del Periodista, de México, D.F., el 20 de Agosto de 1960. —A la edad de 45 años—, agrega Norma, la orgullosa nieta, presente en la charla.
D: Cómo verás, ya no era una muchacha.
E: 45 años, es una edad muy productiva en la mujer.
D: Entonces no había centros de educación como ahora, tantos lugares donde se pueden educar las muchachas. No había más que hasta sexto año de primaria, era el más elevado, podías estudiar y de ahí salías hasta de maestra. En La Paz, nos tocó la Escuela 2. Nos tocó en ese Colegio porque nos fuimos a vivir allá. Mi papá se murió cuando éramos muy chicos, y mi mamá tuvo que trabajar para mantenernos a mi hermano y a mí. Trabajó mucho. Ella nos cuidaba, nos vestía, y todo. Y yo fui a estudiar a esa Escuela con maestros de Enseñanzas especiales. Lolita Angulo daba clases de corte y confección y nos enseñaba de todo; Carmen Moreno era maestra de curiosidades, creativos le llamaban. Chole Casillas Gaume, era la de solfeo, Conchita Casillas de Educación Física; Beatriz González Rubio de inglés, y don Tereso Hernández de Música; tanto que se formó una estudiantina. Fue cuando yo me hice amiga de Rosaura Zapata, pero Rosaura ya era una institución y nosotros éramos chamacas. Éramos muchas.
E: ¿Qué edad tenías cuando conociste a Rosaura Zapata?
D: 12 años. Ella andaba fundando jardines de niños por todas partes. Venía de México y visitaba todas las escuelas y se hacía amiga de todos. Y especialmente, fue amiga mía. Me mandaba regalos de México: labores, cuadernos, costuras, hilazas, y todas esas cosas, me las mandaba por conducto de la Directora que era Rosario Rosas, ellas tenían amistad. Son mis recuerdos de entonces. De esa niñez.
E: ¿Toda tu infancia la viviste en La Paz?
D: No, nos fuimos un tiempo a Santa Rosalía y después volvimos aquí. Como nací aquí cerquita, nos venimos a vivir a San Antonio definitivamente. Luego, mi esposo compró esta casita, donde vivimos 59 años. Aquí nacieron mis hijos, aquí se murió uno de ellos, aquí se murió mi esposo, por eso le digo “la casa del recuerdo”, y aquí me voy a morir yo. A eso vine.
E: Seguramente, Dominga, ¿ese es tu deseo?
D: Seguramente, a eso vine, para eso regresé a mi lugar.
E: A eso regresa uno al nido…
D: Sí, yo estoy consciente…, estoy esperando esa cita. Ya se me hace muy pesada esta vejez. Oigo poco, veo muy mal y luego miles de epidemitas, que ya esto que ya lo otro, que la gastritis, ¡Bueno!, que la reuma, que las operaciones… Tengo dos prótesis en las caderas a cada lado, porque tenía descalcificación en los huesos, tenía, esto… ¿cómo se llama?
E: ¿Osteoporosis?
D: Sí, eso. Pero entonces, todavía no padecía mucho, todavía me rendía el tiempo y trabajaba mucho en el hogar, porque en ese tiempo carecíamos de luz para todo el día. Teníamos a veces un foquito. Pero ya te digo, estudiaba con lámpara de petróleo. No teníamos refrigerador, no teníamos plancha, no teníamos ninguna de esas comodidades. Plancha de leña. A lavar a mano y todo. Trabajaba mucho.
E: Pero lo importante es que tu marido te apoyaba…
D: Sí, él era un hombre pobre. Trabajaba y se ayudaba con un ranchito que tenía, pero no era rico. Y vivíamos así, trabajando los dos.
E: ¿Ya desde entonces escribías poesía?
D: Sí, siempre me ha gustado. En la escuela escribía cuentos y mi maestro se reía de mí, y me decía. “Mira, tienes madera de poeta, pero no te dediques porque te vas a morir de hambre”. —Dominga y yo reímos—.
E: Apenas si tenía razón el maestro, afirmé.
D: Sí, pues. Nunca vendí un libro. Sólo en una ocasión vendí unos, nada más. Ese ensayo que hice de los Indios y unos cuentos de niños, ahí en la librería de este señor… ¿Cómo se llama?
E: ¿Ramírez?
D: Ramírez, pero fueron poquitos. Pero después en las… cómo se llama… A todas les mandaba yo, a las escuelas, a las…, ¿cómo se llaman?
E: ¿Bibliotecas?
D: Sí, en todas las bibliotecas de La Paz están mis libros. El que se compadeció un poco de mí un día, fue el profesor Rubén Sandoval.
E: Sí, él es así, siempre generoso. Recuerdo que una de las Jornadas de Literatura Regional que él organiza por la Universidad, llevó tu nombre. Me tocó participar en ella.
D: Y también yo tenía amistad con el profesor Cesar Piñeda, con Armando Trasviña, con todos esos compañeros. Todavía hace poquito, Trasviña me mandó el último de sus libros. —Lo acaba de leer—, interviene Norma, —se llama “Candados del Destino”. —Así es, este me lo mandó uno de sus hijos, pero todavía no está dedicado. Hasta que él venga. Me prometió que iba a venir.
E: Si él te lo prometió, seguro que así va a ser.
D: Manuelita Lizárraga ha venido por aquí, Oscar Arvízu, del canal 10. Armida Caloca, también ha venido por aquí.
E: Nada más faltaban las de La Mala Mujer , que tanto te admiramos…
D: Mira, les estaba diciendo yo. Nunca escribí para que me llamaran, ¿cómo te diré? Valor cultural y cosas así. Una vez las mujeres del trabajo me nombraron “La Mujer del Año”, pero yo no buscaba todo eso; yo ni me imaginaba…
E: ¿Qué buscabas Dominga?
D: Yo buscaba dejar un recuerdo a mis hijos y a mi familia. Dejar un recuerdo para todos los amigos. No buscaba ensalzarme…
E: ¿No buscabas fama, ni reconocimiento? —Ni honores—, agrega Norma.
D: No, no esperaba todo eso. Han sido satisfacciones, pero muchas veces también por causa de los buenos amigos. Pero no era eso lo que yo ambicionaba, nunca pensé en eso, solamente pensaba dejarles un recuerdo, porque casi todos mis libros tienen cosas de la vida.
E: ¿De tu vida, Dominga?
D: De mi vida también, de mi niñez, de muchas cosas, pero con otros nombres. También de mis sueños, de mis ilusiones, de viajes que hubiera querido realizar. Siempre soñé con visitar España…
E: ¿Has sido una mujer feliz?
S: Sí, hasta cierto punto, sí. Porque yo siempre he sido una mujer conforme con lo que Dios dispone. Siempre he sido así, me conformo.
E: ¿No hay frustraciones en el alma de Dominga?
D: ¡Nooo! Cualquier problema que surge en la vida, se pasa, porque en la vida hay muchos problemitas, sean económicos o de otro tipo. También decepciones y esas cosas… Pero esas eran como un impulso para seguir luchando…
E: Claro, no te dejabas vencer por los problemas…
D: No me dejaba vencer. Siempre he sido así. Aún ahora que estoy toda… Que ya no puedo… Que necesito del cariño. ¡Principalmente del cariño…!
E: ¿Del cariño, principalmente?, ¡qué bella eres Dominga!
D: Porque mira, así como estoy, principalmente necesito del cariño, así es, ¿verdad?
E: ¿Recibes el cariño que necesitas ahora?
D: Pues sí, si lo recibo, con el favor de Dios. Aunque sea en medio de economías y de pobrezas, porque no creas que la situación es muy boyante, pero el cariño lo llena; el amor de la gente y de los amigos, con eso me satisfago. Yo solo le pido a Dios que los cuide. Que sean buenos. Porque yo soy católica en primer lugar, siempre lo he sido. Mis padres se habían casado por la iglesia y llevaban una vida honesta.
E: ¿Te casaste aquí o en La Paz?
D: Aquí. Mi esposo también era de aquí, de San Antonio.
E: Cuéntame, ¿cómo era San Antonio en ese tiempo? ¿Crees que era mejor antes?
D: Sí, cómo no. ¡San Antonio estaba en su esplendor! Era muy bonito, las minas trabajaban y había mucha gente. Había familias muy grandes que ahora han emigrado por falta de trabajo. ¡Vieras que ferias tan bonitas se hacían el día del patrón! Se siguen haciendo, pero ya no son como las de antes, ¿conoces la iglesia? Ya ves que tiene el estilo de las misiones, pues se llenaba el día del patrón, había matrimonios, comuniones, bautizos. Hubo un pastor comboniano que estuvo más de treinta años aquí, se llamaba Bruno Adame. Era muy trabajador, hizo muchas cosas buenas aquí en San Antonio. En ese tiempo yo tenía muchas actividades. Porque estuve ayudando en el IPI, entonces no era el DIF, era el Instituto de Protección a la Infancia. Yo les ayudaba, pensando en mis hijos o a veces en sobrinitos que tenía aquí. El caso es que siempre tenía algo que representar como madre, ¿no? Y siempre me daban algún cargo.
E: ¿Te pagaban por ello?
D: No, No, nunca me pagaron sueldo.
E: ¿Cuánto tiempo estuviste en el IPI?
D: Estuve casi dos años…
E: ¿Quién era el Gobernador, entonces?
D: Creo que era Salinas Leal. Sí, tuvimos con ellos una reunión en La Paz. Nos llevaron especialmente para eso. Mi esposo me apoyaba mucho en esas cosas también.
E: ¿Te gustaba la política? ¿Incursionaste en eso?
D: No, nunca me metí en política. Nunca me gustó. No me gustaba andar adulando. Me gustaba ser atenta con la gente, pero no me gusta…, este…, adular a ninguno.
E: ¿Te consideras un espíritu libre?
D: Sí, sí. Siempre.
E: ¿Siempre? A pesar de estar atada por situaciones de la vida, tu espíritu seguía siendo libre, ¿era así? —Dominga ríe, y su risa evoca la frescura de una muchacha.
D: Yo me sentía así, con esa franqueza, porque él siempre me apoyaba. Me decía, “a ver vieja, ¿qué escribiste ahora?” Y le leía lo que había escrito, “mira te estás volviendo loca”, —me decía—, “pero si te empiezas a desnudar te voy a encerrar”.

Reímos juntas y le platico de la impaciencia de mi padre, cuando mi madre leía hasta altas horas de la noche, alumbrándose, como ella, con una lámpara de petróleo. Mi padre no comprendía esa necesidad de evasión de su mujer, y pensaba, como muchos hombres de su tiempo, que la fantasía contenida en los libros, en exceso, podía trastornar la mente.

D: Así leía yo. ¡Obras enteras leí!
E: Háblame de eso, ¿qué leías?
D: Pues mira, leí completo El Tesoro de la Juventud, la Historia de Francia, la de Rusia y muchos autores rusos. La historia de México que es muy bonita; y luego este…, tenía…, conseguía muchos libros. El Quijote de la Mancha; Pito Pérez y Mi Caballo de José Rubén Romero; y del pensador mexicano Fernández de Lizardi El Periquillo Sarniento y otros libros. Me gustaban mucho los autores mexicanos y la historia de México, tanto que escribí ese ensayito histórico sobre las raíces de nuestros indios.
E: ¿Cuántos libros has escrito?
D: Escribí, como unos doce .
E: ¿A qué edad enviudaste, Dominga?
D: Ahora verás… hace doce años, tenía 78 años. Ahora tengo 90.
E: ¿De qué murió tu esposo?
D: Del corazón, tenía angina de pecho.
E: ¿De soltera, fuiste una muchacha pachanguera, bailadora?
D: No, mucho, pero si iba a reuniones y fiestas. Me gustaba mucho declamar.
E: ¿De veras?, ¿a quién declamabas?
D: A Amado Nervo y otros. Me gustaba los poemas, En Paz, y A Kemphis, El brindis del Bohemio, y muchos más. Y su voz cascada y emocionada, declama: Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo vida.”(…) “Amé, fui amada, el sol acarició mi faz…”
E: ¿Fuiste muy amada, Dominga?
D: Pues yo creo que sí, como yo también… amé mucho.
E: ¿Fuiste noviera, tuviste muchos novios?
D: Sí, tuve algunos, pero de la persona que desde que era una jovencita, me enamoré, fue de mi esposo.
E: Y tuviste la suerte de realizar tu amor con él.
D: Sí, después de sufrir mucho, claro, y pasar muchos trabajos, a veces humillaciones, pero lo logré.
E: ¿Qué clase de humillaciones?
D: Pues, muchas, de las que prefiero no hablar ahora. Ja, ja, ja…
E: Te debe haber pasado lo que a muchas muchachas, cuando les gusta alguien que no les hace caso…
D: Sí, ese tipo de cosas y como yo era muy jovencita no me hacía mucho caso, pero yo estaba loquita por él.
E: Ay, Dominga, ¡qué bonito! Mira, y duraste 60 años casada con tu amor.
D: Sí, fíjate. Llevamos una vida muy tranquila, ya a las últimas cuando ya estábamos viejos los dos, éramos como unos hermanos aquí en la casa, unidos nomás por el cariño. Muy unidos. Yo siempre cuidándolo, dándole sus alimentos, sus medicinas y todo. Siempre a su lado como una hermana, como un ser muy querido, nomás.
E: ¿Se transforma el amor, Dominga?
D: Sí, sí, se transforma en una cosa muy pura, muy bonita, porque esos últimos años fueron muy bonitos. Unidos por el puro cariño. El cariño de dos personas que han vivido muchos años juntos.
E: Y superados los problemas que pudieron haber tenido, como cualquier matrimonio.
D: Sí, superado ya todo. Así es la vida, y aquí estoy esperando la cita…
E: ¿Cuándo tu esposo murió, todavía estabas bien, podías caminar?
D: Todavía, aunque, cuando él murió yo ya caminaba con andadera. Ya me habían operado de las caderas, pero todavía no me postraba en la silla. Podía atender mi casa y a él. Las caídas son las que me atrofiaron. Ahora me cuido de no caerme. Yo siempre atendiendo mi casa, y escribiendo.
E: Es lo que sorprende y se admira en ti Dominga. Que a pesar de las obvias limitaciones y de las muchas obligaciones propias de las mujeres de tu tiempo, tuviste la capacidad y el valor de rescatar los espacios que tu realización como mujer-escritora requería.
D: Pues sí, ya te digo que él siempre me apoyó.
E: ¿En que trabajaba tu esposo?
D: A él le gustaba decir que era obrero, siempre festejaba el día del obrero. Era Jefe Minero en la mina del General Olachea. Porque también el General estuvo aquí, fundía metal. Los franceses vinieron y tuvieron una planta muy bonita. Pero primero estuvieron los ingleses. Los del Triunfo eran de los mismos de aquí. Era una compañía inglesa, y aquí, estuvieron los franceses, pero después que había parado allá.
E: ¿Cual centro minero fue más importante, el Triunfo o San Antonio?
D: En ese tiempo le dieron la importancia al Triunfo, porque allá estaba la fundidora más grande, ya ves que ahí están las chimeneas todavía. Es el recuerdo que queda, porque destruyeron todo lo que había ahí. Había casas y todas las tumbaron, no sé por qué. Aquí también, allá abajo las tumbaron, no sé por qué permitieron eso.
E: ¿Conociste a don Francisco Cota Moreno, el escritor del Triunfo?
D: Sí, cómo no. Él escribía cuento. Llegué a bailar con él, cuando era joven.
E: ¿Y a Javier Manríquez, lo conoces?
D: Sí, cómo no. El es mi nieto. Su mamá era mi hija adoptiva. Pero ellos me tratan como abuela y yo los trato como nietos, y él de pilón es mi ahijado. Está en México trabajando.
E: Se dice que Javier Manríquez es el mejor poeta de Baja California Sur, ¿tú qué opinas?
D: Que es muy bueno. Ha escrito poco porque no se ha podido dedicar a eso por su trabajo.
E: ¿Otras actividades tuyas Dominga?
D: Fui fundadora de la APYR… Ahí estaban todos los compañeros…
E: ¿Félix Ortega, por ejemplo?
D: Sí, Félix Ortega. Él era muy orgulloso. Había estudiado para licenciado pero no se había recibido. Se murió joven.
E: Era hijo de un revolucionario, ¿verdad?
D: Fue uno de los revolucionarios. ¡Ay, tiene su historia! Para unos era un robolucionario de las playitas. ¡Ah, que don Félix! Lo conocí al señor, era descendiente de yaquis, era bien trigueño.
E: De don Arturo Sotelo, ¿qué me dices?, ¿también era de ese tiempo ¿no?
D: Sí, también escribí con él, pero fue un tiempo corto nada más. Ya tenía credencial del periódico, pero resulta que un día le hice un escrito y no me lo pasó. Era muy raro él, muy malinchista. Todavía vive, ya está viejito también.
E: ¿De qué trataba el artículo que no te pasó?
D: De la salinidad del Valle de Mexicali y de todo lo que sucedía allá. Yo había estado allá y me había dado cuenta como quedó el Valle, era una ruina. Ciertamente, después se volvió a sembrar algodón, pero tuvieron que perforar pozos. Todo lo que era regado con el río Colorado que habían envenenado los Estados Unidos, se saló. El algodón no se daba, quedaba chiquito, empedernido, fue la ruina. Pero se volvió a levantar, como te digo, porque perforaron pozos.
E: ¿Conociste a Carlos Domínguez Tapia?
D: Ah, sí, pobrecito. Era mi nieto adoptivo. Lo sentí mucho porque se murió muy joven. Era menor que mi hijo menor. Estaba trabajando en el Municipio.
E: ¿Otras actividades, Dominga?
D: Pues, no, ninguna. Nada más ayudar aquí en lo que se ofrecía. En las Sociedades de madres, de padres, todo lo que fuera ayudar.
E: ¿Incursionaste en otros aspectos del arte?
D: No, yo no. Bueno, teníamos el “elenco artístico”; poníamos bailables, declamaciones, canciones y esquetches, para agarrrar dinero para los niños. Íbamos hasta Santiago con el “elenco artístico” a dar funciones. En ese tiempo, le dábamos desayunos a 60 chamacos. Nos mandaban una ayuda de La Paz, pero después ya no nos mandaron galletas y las hacíamos aquí en la escuela. Mandaban un polvo para hacer la leche, y comprábamos frijol, queso y otras cosas para darle desayuno a los chamacos. Para eso trabajábamos. Hacíamos fiestas cada tanto tiempo, era muy bonito todo, muy alegre. Ensayábamos y desde los ensayos era pura fiesta, pura alegría. Entre todas poníamos los bailables.
E: ¿Quién era la directora?
D: Yo, se llamaba “Elenco Artístico de San Antonio”. Nomás terminaba de darles la cena a mis hijos y nos íbamos al ensayo. Era una vida muy alegre.
E: ¿Tú marido te apoyaba también en esto? Te lo pregunto, porque me dices que salían fuera con el elenco…
D: En todo me apoyaba él. Y es que todo era una lucha por nuestro pueblo.
E: ¿Puede decirse que fuiste una luchadora social, Dominga?
D: Sí, en todo lo que fuera para bien de nuestro pueblo, colaboraba. Aún ahora, pienso que aunque San Antonio está chiquito, hacen falta dos cosas muy importantes: una sala para velatorio y un salón para actividades sociales, porque a veces las bodas las tienen que hacer en la plaza y las bodas no deben ser públicas. —La mente de Dominga, se ausenta un momento. Quizás piensa en ese velatorio que tanta falta hace. Luego comenta, casi sin venir al caso: —Tengo un nieto muy bromista en Ensenada, que me decía: “Mire abuela, si se muere aquí, no nos la vamos a llevar a San Antonio, aquí tenemos un panteón muy bonito”.
E: ¡Claro que no, Dominga! La gloria de San Antonio, no puede quedar lejos de aquí. Dime, ¿fue por eso que te regresaste de Ensenada?
D: Sí, por eso me vine, —declara sonriente— Quiero morir aquí en mi tierra. En mi casa del recuerdo…