CENTELLAS

Ella lo sabía y él también. El mal tiempo lo alcanzó antes de llegar a su destino. El mar rugía y aventaba las olas inmensas más allá de las marcas de las mareas donde varara la canoa. La resaca barría la orilla llevándose la arena para desnudar las piedras. El viento enrachado le jalaba la camisa y le desabrochaba los botones como si quisiera arrancársela y contemplar su torso desnudo. La desfajó anudándola en la cintura. Esperó el amenazante impulso de la ola para jalar la canoa hasta el mezquitito que daba nombre al paraje. La amarró con nudos sabios y corrió, frenado por el viento, a refugiarse en la enramada que se ataba a los mangles pegados al cantil donde dejara sus pertenencias.

No alcanzó a llegar. Una ráfaga elevó el frágil techado que voló por encima de su cabeza junto con el envoltorio de sus tendidos y la cantimplora.

Se arrojó al suelo pegándose a una piedra que envolvió con su cuerpo. El barril del agua rodó para ir a estrellare más allá, fragmentándose. Las cintas de madera curvas y húmedas volaron como gaviotas heridas y cuatro aros rodaron enloquecidos sobre el médano en distintas direcciones. De un mangle pendía la cuerda amarilla que sujetara la enramada. El viento, voluble, cambió de dirección. Se arrastró para alcanzar la cuerda. Abrazó el tronco y se ató, envolviendo la cuerda alrededor de su cintura.

Gotas de agua, gordas y pesadas, empezaron a golpear su cuerpo como pedradas. Abrió la boca sedienta para beberlas. El gris del día era cada vez más obscuro. Sus ojos abrieron una rendija para mirar la canoa, volcada. Los cerró otra vez. Una ráfaga llegó reptando, sacó la arena bajo sus pies y lo dejó sin guaraches. Se abrazó con fuerza. Sintió que se le partía la cintura; ahí donde ella se le abrazaba para retenerlo arguyendo la amenaza de mal tiempo. Le dolían los brazos por el esfuerzo. Esos brazos rígidos por el coraje del hambre que no quisieron abrazarla para darle tranquilidad. El viento jugó con su cuerpo y bruscamente le dio una vuelta para dejarlo de espaldas al mar.

Así había dado la espalda para irse sin mirar a los niños que buscaron amparo en las faldas de su madre. La lluvia arreció convertida en millares de alfileres que se clavaban en su espalda. La rendija de sus ojos percibió extrañas luces intermitentes que plateaban las rosadas paredes del cantil.

¡Centellas! Las que fulguraron en los ojos de ella ante la inutilidad del llanto que sustituyó al abrazo y a los ruegos para decirle; «vete, pues, y muérete, si eso es lo que quieres».

Sintió que lloraba y sus lágrimas se confundieron con la lluvia. El viento caprichoso jaló su cuerpo para dejarlo otra vez de cara al mar. Una luz temblorosa y azul le mostró el lugar donde estuvieran la canoa y el mezquitito. Una rabia inmensa le estalló en el pecho. «¡Maldita miseria!» Gritó con las fuerzas que le quedaban. Sus brazos, endurecidos en el trabajo, se abrazaban alrededor de un tronco en lugar de a abrazarse a una mujer y unos hijos. Pensó en su casa.

¿Resistiría el jacal donde los dejó para largarse con el alma llena de rabia e impotencia? —¡¡¡Nooo!!!— Respondió un grito estéril. Soltó el abrazo.

El viento lo sacudía y las amarras laceraban su cintura.

Una luz fulminó el mangle y el cuerpo.

Los iluminó de azul hasta volverlos negros.