¡Váyanse por la vereda!, dijeron los juancitos!

Cuento infantil

 

Hacía varios días que don José Rosas Villavicencio no encontraba la vereda que los rancheros del Jaral le habían dicho:

  • Toma el rumbo por donde corren los coyotes y en un día encontrarás la vereda bien marcadita entre la maleza y al salir el sol encontrarás la tierra prometida para tu familia y las otras tres que te acompañarán.

Caminaba y caminaba y no encontraba ningún coyote que le marcara el camino de la veredita. Se hizo tarde.

  • Vamos a descansar aquí –les dijo a su esposa, sus dos hijos y a las otras familias.

Llamó a Pedro, jefe de otra familia.

  • Arrima algunos leños de mezquite y ramas para hacer una lumbrada. Aquí dormiremos para continuar muy tempranito.

Al amanecer sintió un murmullo que daba vuelta alrededor de su cuerpo.

Abrió los ojos, levantó la cabeza y su asombro fue muy grande: una fila de veinte juancitos daban vueltas, se detenían, paraban sus manitas delanteras y le hacían señas. El más grande y gordito, de color oscuro se acercó a su oreja y le dijo:

  • Levántate flojón y levanta a los demás pues los guiaremos a la vereda para que lleguen a la planicie donde encontrarán un ojo de agua, un tular y un palmar, mucho zacate, flores muy bonitas, paloblanco y muchos

Don José Rosas hizo caso a los juancitos y al rato ya iban todos en fila caminando.

En visión de fantasía, la fila de juancitos iba adelante, se detenían, se volteaban, paraban sus manitas delanteras, y cuando comprobaban que las familias los seguían, continuaban su travesía.

A las cuatro de la tarde los juancitos se formaron en rueda.

El gordito habló:

  • Sigan derecho y después de esa lomita mirarán la corriente del ojo de agua y el Ese es el lugar para que hagan sus casas y formen sus parcelas.

Llegaron, descansaron y cada familia seleccionó un lugar donde haría su casita y formaría su huerto familiar.

  • Creo que deberemos cortar tule, palos de mezquite y paloblanco, así como las hojas de palma, amontonar todo y muy temprano acarriarlos para empezar a hacer nuestras casas, es decir, un día cortamos los palos y otro día trabajamos haciendo nuestras casas -informó don José.

Todo el día trabajaron, regresaron a comer, se fueron al monte a continuar cortando los árboles y ya tarde regresaron a cenar, descansar y dormir.

–    Mañana vamos a acarriar todo para empezar a construir las casas, -dijo don José.

Don José llegó a los tendidos de sus dos hijos chicos y les contó el cuento del patito feo que no lo quisieron sus hermanitos por feo y grande y por caminar torpemente. Por fin, el patito feo se fue, se bañó en un hermoso lago y se transformó en un bello cisne y vivió muy feliz.

Don José tenía la costumbre de contar cuentos cortos a sus hijos.

  • ¡Patón, patrón!, -gritó Pedro- Todo lo que cortamos ayer está aquí amontonado y ya pregunté a Facundo a Jaime si  habían madrugado para traer todo y me dijeron que no…

Todos se levantaron a inspeccionar el lugar donde los palos, tule y palma estaban amontonados.

  • Esto está muy raro, fíjense que hay muchas huellas como de perro, de venado, de cachoras, -dijo intrigado don José Rosas.
  • ¡Sí! gritaron entre asustados y asombrados los demás.
  • Vamos a ir otra vez a cortar los brazos de los árboles, los amontonamos y por la noche vamos a vigilar a ver quiénes son los que los acarrean, -comentó don José.

Cuando salió la luna una fila de coyotes, venados, zorras, conejos, iguanas y liebres venían arrastrando los palos de los árboles;  los jalaban entre dos o tres coyotes, dos o tres venados, tres o cuatro zorras, y las hojas de palma y tule y palos livianos los jalaban liebres, iguanas y conejos. Una fila larga de iguanas jalaban tallos de tule, y otra fila traían hojas de palma.

Era como estar en un cuento de hadas.

Nadie se animaba a interrumpir la tarea de esa fauna tan especial y trabajadora.

Todos miraban a José Rosas para ver qué opinaba o qué orden daba.

La fauna silvestre terminó de amontonar todo el material.

Un coyote barcino, un venado y una zorra se encaminaron  adonde estaban las familias.

El venado tomó la palabra.

  • Sabemos que están muy asombrados, pero en esta serranía, solitaria, llena de piedras, no había llegado la planta del hombre y nosotros estamos ayudándolos para que seamos amigos, pues nos han llegado noticias de que el humano es sanguinario, nos persigue y sacrifica. Por eso estamos aquí para darnos la mano entre ustedes y nosotros.

Cientos de venados, coyotes y zorras ayudaron a los expedicionarios a levantar sus casas y cercar las parcelas.

 

Ya vieran ustedes a dos conejos y liebres haciendo una zanjita para que el agua del arroyuelo llegara a las parcelas. Se asombrarían de ver grupos de dos en dos, zorras, liebres y conejos, llevando un balde lleno de agua para vaciarla en las tinajas de los colonizadores de la meseta de Santa Águeda.

Los vieran, ustedes, dormir juntos las familias y la fauna silvestre. Los niños jugando con las colas de zorras y coyotes. Un día amanecieron rodeando el camastro de don José cientos de juancitos: el jefe era gordito y pelambre oscura.

Así se pobló la planicie de Santa Águeda, en una comunión de las familias que arribaron y toda la fauna que ayudó en las tareas.

Desde este lugar don José Rosas Villavicencio inició la travesía por toda la meseta, para encontrar las bolas de cobre, bajar por el cañón del Arroyo Providencia,  vender su descubrimiento, construir piletas para que la fauna no sufriera por sed, horadar parte da la meseta para que coyotes y zorras tuvieran cobijo.

Nunca imaginó que el descubrimiento de las bolas de cobre sería el inicio de la nueva colonización de una empresa minera francesa, que rompería las piletas, destruiría las cuevas de coyotes y zorras obligándolos a emigrar al Cerro Colorado; rompería la tranquilidad de la montaña y los silencios…

  Uno de los cuentos de: De Providencia a Cachanía. (Libro de cuentos solicitado por el cronista de la ciudad de Santa Rosalía) Alea Jacta Est 11-08-16