En Opinion de...La suerte está echada

Se cae la vida (monólogo)

Este monólogo lo interpreté en el centenario de la Sociedad Mutualista Progreso, en su inmenso salón, escenario de “arrejuntes y calenturas.”

Fui a la cocina a comerme un pedazo de tomate, abrí el cajón de los utensilios y se me cayó el cuchillo. Lo levanté. A los días al tomar las cajas de las medicinas se me cayó la del enalapril. Otro día al sentarme tropecé con la silla y por poco me caigo.

Fui al baño y se me cayó el cepillo de dientes, otro día la pasta, la loción. Al ir a desayunar se me cayó el tapón de la salsa, una cuchara…

Tardé varios meses para caer en cuenta que eran los años los que se me estaban cayendo.

Le dije a mi esposa: hay que tener cuidado para que no se nos caigan las cosas… sí, me contestó.

Por varios días nada se me cayó pues casi, casi, estudiaba en cámara lenta los movimientos para tomar las cosas. Ya me vieran cómo abro el cajón de las medicinas: enalapril, amnodipino, pentoxifilina, rofucal. Pastilla por pastilla voy sacando y la pongo en la barra de la cocina. Una de tantas, ¡la que sea! al colocarla en la barra queda de canto y rueda al piso… Y la chinga para buscarla por lo chiquitas que son, ¡y además blancas como el piso! Camino como astronauta en la luna, uno o dos pasos para atrás, luego a los lados y por fin, camino por un costado y me voy en busca de un foco para tener mayor visibilidad… ¡y es que no quiero que se la coma mi perrita chihuahua! Y al rato se me haga adicta.

Pero no, no hay remedio. Cuando menos lo pensé, ¡zas!.. pelando una naranja se me cayó el gajo casi de la boca… ¿Chingue  su madre! dije y me agaché con cierta dificultad… al prender la estufa se me cayeron los fósforos… y el clásico madrazo para levantarlos con dificultad ya hasta para agacharme.

Se me cayó la taza cuando pretendía echarle café. Al caer se rompió, me rompió el tobillo y casi me arranca el tendón de Aquiles ¡Chingue a su madre, me corté!

Mil veces había pasado por la sala y nunca, pero nunca, me había tropezado. La punta del zapato pegó no sé dónde chingados y hay voy como marioneta, que caigo y no caigo, queriendo agarrarme del aire, los brazos como aspas, para un lado y para otro, la cara moviéndose en vaivén contrario y los ojos más abiertos y saltones y los cachetes temblando por lo fuerte de las pisadas, el cuerpo inclinado sin querer perder la vertical… por fin me agarré, ¡qué me agarré ni qué chingados! me tiré como avioncito sobre un sillón… ¡Pinche madre!, con qué me tropecé. Había un vitropiso salido dos milímetros y nunca me había tropezado. Y es que los viejos raspamos el piso con los zapatos.

Y así, día con día… hay veces en que en el piso de la cocina dura uno o más días un pedazo de limón, de lechuga, una rebanada de pepino. Se te cayó el limón, se te cayó el pepino, le digo a mi vieja. Sí, me contesta sin  verme. Sin que se dé cuenta voy por el recogedor y los levanto. Sentado en el comedor –atrás está la cocina-  para desayunar escucho: “puta madre.” ¿Qué se te cayó ahora? La pinche cuchara… y así, casi todos los días.

El control de la tele, un zapato, el salero, la pluma, la hoja, un tornillo, ¡Todo se me cae de las manos!

Voy a salir, y al quererme poner el sombrero se me cae… chingue a su  madre, lo pateo para ver si en el aire lo engancho y no me tengo que agachar…rueda por el piso. Estoy en la compu, escucho el ruido de un plato… ¿Puta madre! grita mi vieja. Y así, día con día, el ruido de las cosas que se nos caen y los clásicos madrazos. Parece casa donde viven los duendes.

Y por más que pretendo tener cuidado las cosas se me siguen cayendo.

Al abrir la salsa Tapatío, un  jugo o chocolate: con calma los voy abriendo y el final la tapadera vuela ¡y al piso! ¡en la madre! Y la dificultad para agacharme a recoger lo que se me cae.

Y qué decir del peine o la camisa: la saco del gancho, la tomo del cuello, miro el hueco de la manga derecha, inicio el movimiento del brazo y… ¡zas! ¡Chingue  su madre, se me volvió a caer la camisa!

El pedazo de queso, de torta, el corta uñas, el reloj, un zapato, la moringa, el güereke, la tabla de picar, los calcetines, las tijeras, el rastrillo,  ¡Con decirles que hasta un pinche diente se me cayó!

¡Se me está cayendo la vida!! ¡Me está derrumbando!

Para venir a esta festividad, seleccioné la ropa, el rastrillo, calcetines, en fin, en un cajón miré un paquetito de condones y lo quise tomar…!en la madre, se me cayó! Cuando me agaché sentí una pequeña cascada en mi cabeza… una corriente muy helada, congelante, de agua, como si fuera un manantial que me entró por la cabeza, me llenó  de frío los sesos, ojos, boca, tráquea, esófago, esternón… en las costillas se ramificó un poco y anegó los pulmones. Me siguió inundando, helada, congelante; rodeó el estómago y se enredó entre los intestinos, corrió por las femorales y congeló los muslos, las rodillas y las piernas… yo quedé paralizado…

  Miré para abajo y vi que por entre los dedos de los pies salía el agua y formaba un charco transparente… se fue levantando el agua… se fue dibujando una figura… unos huesos largos como los de las piernas y los muslos, un costillal… subí mis ojos y miré una guadaña…

  ¡¡Era la muerte!! Muy folclórica.

Parecía arbolito de navidad…cucharas y tenedores entre las costillas, dos tapones de salsa Tapatío en las cuencas de los ojos, unas cajas de fósforos y medicinas entre los dedos… en la boca unos pedazos de lechuga y barbas de zanahoria. Volví a mirar para arriba y en la punta de la guadaña miré  ¡un condón! Alea Jacta Est. 01-09-16