Ojos de madera cuchillos de vidrio

Premio estatal de literatura

 

Como un homenaje a mi pueblo que el próximo siete de julio cumple 132 años de haberse fundado, transcribo una pequeña parte de la memoria de “Ojos de madera cuchillos de vidrio,” obra literaria que en 2013 logró el Premio Estatal de literatura Ciudad de La Paz en el género de crónica que fue bien aceptada por los lectores ya que la edición rápidamente se agotó, por lo que me siento altamente satisfecho. La escribí, pero los Cachanías, en sus pláticas y charras me la dictaron:

LOS MINEROS, NADIE LO DUDE, fueron los gladiadores del poblamiento; el eco retumbó como panza de niño lombriciento: sordo, seco brutal golpe de picos rompiendo la matriz virgen del cerro, minas del infierno para nuevos ricos. Los ejércitos de mineros, como hormigas, llenaron todos los cerros. Descalzos, en zapeta y con hambre regaron la historia con sudor y sangre, con injusticia y miseria. Seguramente que ellos pensaron que su esfuerzo milenario a nadie importaba. A pesar que su ruta fue de la casa a la montaña, su memoria pervive a pesar de todo. Fueron tan humildes, tan sencillos, que no aspiraron más: eso sí, fueron máquinas que nacieron para trabajar.

APARECIERON NO SÉ DE DONDE, pero un día se recortaron en las crestas de las colinas como fantasmas galácticos. Como condenados abrieron socavones por las cuatro agujas del solar del diablo. De tanto verlos “madriar” la frente de la labor con brutales y secos golpes de pico, pensé que los mineros nacieron allí, en el vientre de los cerros cargando su energía vital con el olor agridulce del metal, con el fuerte tufo del carburo y con la amalgama pegajosa que cubría su espalda con el sudor y la arenilla. En ese mundo subterráneo y a la luz de la lámpara de carburo sus cuerpos brillaban como cuando la llovizna moja los mezquites. Tenían un lugar exclusivo para lonchar cerca de la salida de la boca-mina: era una oquedad amplia donde generalmente estaba el tibor del agua, las carretillas, la grasa de donque y el tambo de carburo. Cada minero tenía su lugar, algunos se tumbaban en el piso, otros tenían unas varillas (tiras largas sacadas de tronco de árbol usadas para afianzar el socavón) y en ellas se sentaban. Después del lonche se ponían de pie, se volteaban de espalda, se quitaban la zapeta y quedaban pelados, la exprimían y se la ponían nuevamente. Algunos no se volteaban para exprimirla. Esta acción era una procesión como ritual de iglesia. Luego uno a uno quitaban el depósito de carburo de su lámpara, tomaban un cernidor y lo depositaban en él, lo agitaban hasta dejar el carburo sin ceniza, llenaban el depósito y lo colocaban en la lámpara; la prendían y con el paso característico de ellos, se encaminaban a sus labores. Así, día con día, por los siglos de los siglos hasta 1985. Conocí y trabajé con muchos: don Gabino Meléndrez, los Güero Chulos, el Capi, mi tío Arturo, Eliseo, Elías. Recuerdo con especial acento a don Ricardo Rivera. Lo conocí joven, fuerte, correoso y matado en la chamba. A los años el demonio de las minas fue llenando su cuerpo con el chacal esponjoso de la tuberculosis, el vampiro de la artritis y el anquilosado ropaje de la fibrosis. El demonio mortal con sus dedos de bisturí lo fue abriendo milimétricamente colocando en sus tendones, alveolos, huesos y nervios esos bichos mortales que lo fueron encorvando y secando. Lo fui a visitar a su casa en el barrio Canadá. En su cuarto oscuro su voz que me llamó me orientó el lugar de su inadvertencia: sus ojos secos como pescado muerto, su cara y pómulos quebrados por el peso del sufrimiento, sus manos huesudas, arriscados sus dedos por la artritis que le brotaba por sus lágrimas. Cuando abandoné el cuarto su catre levitó… pude mirar a cuatro fantasmas transparentes que lo pulsaban… estudiaban por dónde sacarían esa alma virtuosa que mancilló con coraje y pundonor la panza de muchos cerros.

Casi todos tuvieron una vida azarosa, pero ningún demonio me puede quitar el privilegio de guardar sus pasos y sus memorias en las páginas brillantes de la escritura.

POCO A POCO FUE TOMANDO FORMA el enclave: se construyeron los galerones que tienen ocho divisiones para el mismo número de familias: se dibujaron las calles que nacieron de tierra entre piedras. Les brotaron los postes de la luz que caminaron por en medio como centinelas de negro, vigilantes de los techos y paredes de madera. Los niños jugaron a los encantados, canicas y rayuela, y allá, a la larga, se colocaban detrás de los postes para que pasaran los dos o tres automóviles de la empresa.

CUADRILLAS DE YAQUIS Y JÓVENES LLEGADOS de San Antonio y El Triunfo, dirigidos por ingenieros iniciaron el desmonte y limpieza de la planicie del cañón entre los dos cerros a los que luego les llamaron Mesa Francia y Mesa México. Se levantaron los galerones (lotes) y las calles con sus ojos de piedra coquetearon con las paredes de madera; desfilaron entre los lotes, y la Obregón más atrevida, más temeraria, brincó el arroyo del Pozo y se fue a tomar café a los corredores de las casas de Ranchería. Se sentó en la poltrona de don Felipe Alcántar y se tumbó de risa con las puntadas del Chorombo.

Esas calles viejas, de tierra y con piedras, soportaron los desplantes de capataces con saracof sus botas largas y el chasquido de sus látigos de mierda. Acompañaron al Cachimba y sus burros cargados con pechos de caguama, a Cañedo que al pisarlas con su pata de palo brotaban estrellas y mariposas de fuego. Esas calles de tierra supieron de los sollozos de Pablito cuando los gendarmes lo llevaron a la cárcel por haber matado de una pedrada a su patrona.

Sus ojos se encandilaron con los espejitos de los penachos de los matachines y las orejas se desentumieron con el cuchicheo de los rezos de las plañideras y el “toc-toc” de los palos de los fariseos. Supieron de los pasos cansados del Machi cuando el jefe de policía lo mandaba a anunciar chubascos. Si mandar al Machi a anunciar chubascos ya era una comisión retecabrona, más cabrona fue la orden que dio el jefe policiaco en la década del setenta, cuando ordenó a los únicos seis policías: “busquen a los tres estudiantes rojillos que acaban de regresar de Puebla y México y tráiganlos a la comandancia para cortarles esas melenas de putas que se cargan”. Los sentaron en una banca y a tijera limpia los trasquilaron. Algunas personas se asomaron por los ventanales grandes. Cuando reseñé en el pedacerío de la memoria este episodio, recordé el pasaje de Canoa, película que en esa época miré.

¡Qué contentas se sentían las calles cuando los niños, en su panza jugaban a la rayuela y las picoteaban con los trompos y “los hoyitos”! En el verano esperaban con ansia y desesperación el refrescante chorrito de agua muy fría que escurría por la caja del pick up de Rovirosa, cuando repartía barras de hielo en el mercado y tiendas, y las señoras hacían fila con un balde para comprar un pedazo; las esquirlas que caían en sus panzas era como subir al cielo tomadas de la mano. Pelaban sus tamaños ojos cuando la Julia las trotaba entre brincos y rechinidos con dos policías montados   por detrás. Cuando pasaba la Julia se acordaban de las noches invernales en que los fantasmas transparentes las pisaban y la calle de Ranchería les comentaba que miraba un chino en el poste de luz que quedaba atrás del puesto del Yigo.

Pero un día la quieta existencia que permitía que todo mundo las recorriera por en medio y los niños jugaran en su vientre, se vio alterado: con asombro vieron animales de fierro con dientes puntiagudos. Por en medio les colocaron un tripié y una persona hacía ademanes. Violentamente los postes de la luz que estaban por en medio de ellas, fueron arrancados y los dos tibores para la basura recostados en ellos, uno que miraba para la playa y el otro para calle Once, rodaron para las orillas. Los niños que jugaban a los encantados y los postes eran “la base”, con tristeza sus ojos de madera vieron que ya no estaban y mucho menos podían jugar a “las cebollitas.”  Cómo guardar en la memoria esa fila estilizada de postes que parecían centinelas vigilando lotes y callejones; desde Calle Once los ojos se incendiaban en el negro magistral que los arropaba: la red de alambres tejida por arañas metálicas, que dificultaba (la red) ver el cielo. La máquina mortífera les arrancó las entrañas como cuando un ave de rapiña saca las tripas de una res. Ahora ya nada es igual: la modernidad se tragó al Cachimba y sus burros y nadie puede caminar por en medio y mucho menos los niños tienen espacio para jugar; nadie sabe que la grava y el chapopote les quemaron las entrañas y los ojos se les llenaron de soledad. Ahora hay banquetas y luz mercurial y el apuro de los de a pie y en automóvil no les permite chacotear con las paredes de madera de las casas de las esquinas. Ya no se pintan las huellas y de la pata de palo de Cañedo ya no brotan estrellas y mariposas de fuego. En mil novecientos ochenta y uno el alcalde compró un monstruo de fierro parecido a un moscorrón muy grande. Una tarde-noche pasó el Zurdo en su carro anunciando: “se les informa a los vecinos de la Obregón que mañana muy temprano pasará la barredora y todos los carros deben estar en las bocacalles para que la barredora pueda realizar el trabajo bien.”  Muy de mañana vimos el moscorrón gigante que con patas circulares como cepillo de alambre daban vuelta rápido. La máquina debe haber sido mágica ya que poco barría, duró un mes recorriendo las calles, ¡luego desapareció como si se hubiera esfumado! Ni en el corralón, ni en ningún taller alguien pudo dar noticia de ella.

Tres años antes había llegado la primera ambulancia, y si la barredora nos desquició, mucho más asombro nos causó la ambulancia. A don Chente Rocha, desde el muelle sur lo llevaron al hospital en un pick up. El bulto iba tapado con una sábana blanca y salían sus pies con zapatos negros. En el desgraciado accidente de doña Lupe, también la llevaron al hospital en un pick up cuando le explotó en la cara un cohete que tiraron desde la azotea del palacio de gobierno en la fiesta del 15 de septiembre, que le destrozó la cabeza; el “Maistro” de los Cuadros se quitó la camisa y se la puso encima ya que la masa encefálica estaba sobre su pecho, cabello y pavimento.

Cuando por primera vez se escuchó la sirena de la ambulancia, todo mundo dejó sus quehaceres y se lanzó a las calles. Viviendo el último tercio del siglo XX, la población nunca había escuchado ese terrorífico silbido y la correteaba como cuando los plebes correteaban los carros para trampearlos. Tardó como medio año para perder la costumbre de corretearla. Hasta El Chispas, un perro negro de mi padre, sufrió los estragos de la sirena: salió la ambulancia como a cinco casas de la nuestra y el Chispas corrió para donde escuchó el ruido, con tan mala suerte que de golpe se topó con ella que rápidamente, con ese estruendo del diablo, circulaba para abajo, y no tuvo tiempo de sacarse sino que no le quedó más remedio que devolverse a todo correr por en medio de la calle. Nosotros estábamos en el corredor cuando lo vimos pasar como lanza negra: “es el Chispas, dijo mi padre”, “¡Chispas, Chispas, quítate, no seas pendejo!” le gritó mi papá: el Chispas volteó con sus ojos blancos por el miedo. Al rato llegó acezante con el cuero arrancado de la frente en forma de Y.

DIOS PINCELÓ ENTRE TODOS LOS LOTES LOS CALLEJONES, que fueron mercados de palabras y vecinos llenos de mil cosas sin destino como tienda de voces y abarrotes. Aparecieron como por arte de magia los tendederos y lavaderos de madera que sirvieron, además, para tender los chismes y las honras de mujeres y hombres. Se llenaban los callejones de mazacotes de palabras ponzoñosas como se llenan de pelos los resumideros de los baños. La convivencia de la Cachanía vieja no se concebía sin la convocatoria a la comunión entre cocinas ni los calzones sin culpa de las vecinas, que al aire libre, se exhibían para remover las glándulas de los nagudos que si no manoseaban a la recién casada que dormía sin empiernarse, al pasar por el callejón se robaban un calzón.

UNA DE LAS TAREAS MÁS CACHONDAS QUE DIOS REGALÓ a los Cachanías fue sin duda el “ábrete sésamo” de los callejones. Nacieron entre los lotes, nacieron vírgenes y las familias los fueron penetrando de mercados de palabras, de ferreterías de tubos y tendederos, de mandiles de chismes y honras de mujeres y hombres. Los lotes son galerones alargados divididos por una simple tabla que es la pared de la siguiente casa. Esta peculiar estructura negó la intimidad de las familias ya que se escuchan las voces y con más razón cuando había pleitos entre los esposos. También se escuchaba el ajetreo del sexo pues las cabeceras de las camas del amor estaban separadas por esa indiscreta tabla. Algunas mujeres que traían el pleito untado en la frente, cuando se peleaban con la vecina le gritaban: “pinche puta, búscate un hombre para que te quite las ganas y se te vaya el coraje que traes en la almeja, pues tu güellón la tiene así de grande –y con los dedos índice y pulgar hacía una abertura de apenas tres pulgadas- y como eres muy caliente no te llena nunca.”  Y es que en muchas casas las paredes de tabla tenían muchas rendijas y se miraba para la otra. Los jefes de la familia no se cansaban de colocar tiras de cartón en ellas  ya que los malosos de la otra casa las tumbaban. En los tapones de la madera –que ya eran huecos- colocaban corcholatas o tapaderas de latas de atún, según fuera el orificio. ¡Hasta en los baños había huecos disimulados! En la esquina de la cocina que hacía pared con la otra casa, estaba materialmente empotrado un pequeño cuarto que hacía las veces de baño y escusado que era una taza de fierro en la que se defecaba. Como no había sistema de drenaje, en la misma cocina había un tibor y un balde para echar agua después de cada servicio. Como la taza era de fierro casi siempre tenía residuos de excremento. Tal como las camas del amor estaban divididas por la simple tabla, las tazas de los escusados casi estaban pegadas por lo que todos se enteraban de los poderosos flatos y las diarreas. Como los espantos parece que tienen épocas para salir, allá por los sesenta en los lotes de las calles Tres, Cuatro, Cinco y Seis, se corrió la especie de que en “el cuartito” del baño muchas señoras y jovencitas miraron recostado en la pared una persona vestida con traje y con guitarra en la mano. En otras ocasiones escuchaban en el otro baño quejidos y sonidos guturales. La Llorona todavía está vigente no así la persona trajeada con guitarra en mano. Hoy ya son otras las costumbres y las familias no tienen tiempo de andar espiando ya que por internet la pornografía se selecciona como cuando se va a un restaurante y se escoge el menú. Pero de cualquier manera los lotes no se podían concebir sin los callejones; no me los imagino sin ellos, ni las familias de esos hermosos espacios entre callejón y callejón hubiesen cultivado esa idiosincrasia y la amistad ventosa que corría dando tumbos sin zafarse de los cuerpos como cuando a un automóvil le amarraban tambos en la defensa, en el viaje de los recién casados. Ahora les amarran condones y juegos fálicos. Fueron las branquias de los amores juveniles que resollaban escondidos en la ropa de los tendederos, los agites temblorosos de los amores clandestinos que pegados a las paredes como felinos brincaban por las ventanas. Y un día alguien sacó una silla desvencijada y la recostó en el lavadero de madera. Al rato la vecina de enfrente sacó una manguera vieja, otro un calentón podrido. Más allá rumbo a la calle Constitución una tina, un tubo, un rollo de alambre. Poco a poco se fueron llenando de mil cosas sin destino ya que no servían para nada. Pero por más que obstruyeron el paso no pudieron detener a las vecinas que torteando la bola de la masa la extendían para tirarla al comal, con el sartén en la mano o limpiándoselas en el delantal, o de plano, con el mitote colgándoles de la barbilla se metían por la puerta de la cocina. Había algunas a las que les ponían las cruces por mitoteras, y en el colmo de la impotencia les tiraban con la puerta. Los callejones fueron en verdad la bendita comunión entre cocinas, pero fueron también los espacios para que los mitotes enemistaran a las familias; desde la Obregón hasta la Constitución, desde la Emilio Carranza hasta la Sarabia, parecían veleros en regata ya que los tendederos, además de tender la ropa y la reputación de vecinas, tendían a orear carne de res y mantarraya; con el viento de la tarde, pantalones, vestidos, brasieres y calzones, parecían las velas de embarcaciones. Cuántas prendas de los tendederos tumbarían los nagudos al salir velozmente de una casa al despertar la jovencita por el ajetreo en sus chichis y la panocha. Hubo un tiempo que los calzones desaparecían de los tendederos o amanecían rasgados de la vulva. El Machi, Tarile, Domingo y el Tenampa, se enfermaron de desvelo pues el comandante los turnaba para que agarraran al “rompecalzones.” Nunca lo agarraron pues muchas veces los señores de las casas los encontraban dormidos en el lavadero o el callejón.

En la actualidad han perdido la tarea cachonda encomendada por Dios. Algunos están cerrados en partes y ya no se ven los calzones al viento ni mucho menos se respira la bendita comunión entre cocinas. Alea Jacta Est.- 25-05-17.- Miembro de ESAC.-