Los leoncillos de mi General

JOSE ANTONIO MARQUEZ CASTRO

Don Juan José Molina fue uno de los grandes impulsores del Valle de Santo Domingo. Llegó en el año de 1953 procedente de La Laguna, para sumarse al proceso colonizador de esta región, fundando en Ciudad Insurgentes, la colonia que lleva el nombre de la región, de la cual procedían los más de trescientos jóvenes que junto con él arribaron a esta tierra.

Esos fueron años duros, llenos de carencias, de dificultades y de muchas limitaciones, las cuales fueron superadas gracias al enorme entusiasmo que los movía, por el gran deseo de tener su propio patrimonio y la esperanza de lograr vencer al desierto que, retador, los invitaba a quedarse, a doblegarlo, cosa que al final de varios años lograron. Después, con gran orgullo y una enorme satisfacción, pudieron contemplar el fruto de su trabajo, un campo en plena producción, obteniendo con creces el resultado de su esfuerzo y tenacidad, logrando así un beneficio para ellos y sus familias.

Pero para alcanzar lo anterior hubo que pasar por muchas pruebas en una tierra en la que ni caminos había, menos vehículos y por ello el transporte en sus inicios fue uno de los grandes retos. En ese andar sucedieron muchas cosas, entre ellas diversas anécdotas que en aquel momento fueron instantes espinosos, pero que ahora se recuerdan con humor. A continuación les narro uno que contara don Juan José Molina y que he titulado “Los leoncillos de mi general”.

* * *

Mire, cuando llegamos aquí, el problema principal era el traslado. Cuando viajábamos de un lugar a otro, la mayoría de la gente que radicaba acá, en el Valle, nos decía que había leoncillos, es decir, que había leones en el monte. Por lo que debíamos tener mucho cuidado.

Sucedía que en algunas ocasiones que estuvimos en La Paz con el general Olachea, algunos señores que vivían en la sierra le llevaban al general cueros de león, y por cada cuero de león que le llevaban él les daba una gratificación. Entonces, cuando se venía uno para acá, como siempre salíamos en la tarde y se nos hacía de noche en el camino, siempre pensaba uno en el “león”. No vaya a aparecerse, o no fuera a venir uno de repente.

Era la idea que teníamos en la cabeza, cuando decidimos que yo me iba a ir a la laguna a avisarle a la gente que ya estaba el pozo listo y que se vinieran unos días conmigo.

Por la tarde salí a la carretera porque escuché el ruido de un carro. En ese tiempo se escuchaban los ruidos lejos y oí el ruido de un carro por allá, lejos. Les dije ‘ahí viene un carro’. Me fui a la carretera a agarrar un raite porque ya me voy y ahí nos vimos. Llegué a la carretera. Al ratito llegó el camión. Nomás me vio y se paró.

―¿A dónde va?―

¡A La Paz!

¿Me das raite?―

Sí. Súbete.

Y ahí te voy. Vi muchas cosas que traía el camión atrás. Había un espacio grande con una alfombra tapado. Me dije: “pues aquí me acomodo”. Y hasta me acuesto. Me acomodé y le seguimos al camino. Ahí vamos, pues. Se nos hizo noche antes de llegar a Santa Rita. Luego que se nos ponchó una llanta. Ahí nos paramos. Me dijo el chofer:

―Voy a tener que cambiar la llanta porque vengo pochado.

Me bajé a ayudarles. Después el chofer señaló:

―Vamos a llegar a Santa Rita a cenar.

De ahí seguimos un rato.

Cenamos, y pues vámonos otra vez. Entramos a la sierra, ya bien oscuro el día. Al rato se paró el chofer.

―Aquí vamos a descansar un ratito ―dijo―, al rato nos vamos.

―Cómo no ―confirmé. Luego pensé: “ojalá no venga un león”.

En la madrugada que me despertó el rugido de un animal y yo de “ah caray, ¿y eso?” Con seguridad el animal venía bajando el cerro porque estábamos cerquitas de sus faldas. Luego de rato otra vez el rugido. Dije “sí viene bajando, porque ya se oye más cerquita”. Pensé también: “si no me habla el de la cabina le voy a decir que me dé chance de meterme ahí”. Ya estaba por sonarle cuando abrió la puerta, se salió y me dijo:

―¿Cómo viene?

―Bien ―contesté.

―¿No tuvo miedo por el rugido del león?

―Sí. Ahorita iba a sonar para que me dejara meterme a la cabina.

―No. No tenga miedo. Es que somos cirqueros y precisamente viene usted sentado ahí, arriba de la jaula del león.

De ahí en adelante ya me fui con más confianza, porque iba cerrada.

…..Aunque el susto ya nadie se lo quitó.