#LaHuella 👣 en el tiempo.

#LaHuella 👣

Nos esperaba la adolescencia. Empezaban correr los años setentas. Un domingo tĂ­pico era ir a misa de diez de la mañana (sobre todo quienes Ă©ramos acĂłlitos o monaguillos), despuĂ©s al matinĂ©e en el legendario cine “Trianon” y, comer en casa, en familia para despuĂ©s ir al Estadio Hidalgo al BĂ©isbol.

Todo en el barrio.

Los domingos a las 11:00 AM empezaba “el matinĂ©e” donde asistĂ­an los niños del puerto. Muchos de ellos acompañados por sus papĂĄs, nosotros que Ă©ramos vecinos donde se encontraba el “viejo palacio”, asistĂ­amos sin ellos.

Era Ă©pico entrar a ese inmenso y oscuro palacio que los inviernos se convertĂ­a en un gran teatro que traĂ­a artistas de la Ă©poca, forĂĄneos y en verano cerraba sus puertas tras el inmenso calor.

Su lĂșgubre interior olĂ­a a una rara mezcla de humedad y diĂ©sel. La parte posterior, donde se alojaba la caseta de “el cĂĄcaro” o el proyector, tenĂ­a dos secciones de butacas de madera desplegables, mientras que en la parte central y frente a la pantalla, unas interminables hileras de bancas, -de esas que eran utilizadas en los velorios.

Los filmes iban desde entretenidas historietas del oeste, hasta las muy de moda películas de guerra como homenaje a quienes vencieron en la Segunda Guerra Mundial, que fue el evento que más había dejado #HUELLA 👣 en la historia universal recuente. Comer palomitas, pistaches y cacahuates que vendía aquel personaje que le apodaban ”el chapo” y que al son de “piquen pero no escarben”, repartía por entre las bancas y las butacas del vetusto Cine que era parte de nuestro domingo.

DespuĂ©s del “matinĂ©e”habĂ­a que ir comer con la familia en casa. Un asado de costillas, frijol y salsa bandera con tortillas de harina era uno de los manjares dominicales, cuando no era la tradicional caguama, pescado frito o una suculenta cabeza de res tatemada.

De ahí seguíamos nuestro periplo en el barrio ya que el estadio de béisbol Hidalgo, sede de grandes batallas y lugar de grandes peloteros cachanos que incursionaron en la Liga Mexicana del Pacífico y en la de verano, se encontraba ubicado en nuestro barrio. Exactamente donde hoy se encuentra la escuela primaria Benito Juårez.

El segundo juego empezaba a las 3:00 PM y estĂĄbamos ”la clica del barrio”. De la calle siete. De la seis; de la ocho; la nueve y la diez. Todos puestos para traerles la cerveza, los cigarros o, algĂșn refrigerio, a los asistentes ya que eso nos remuneraba algo de dinero. Siempre al final del juego contĂĄbamos nuestras ganancias, las cuales iban a parar a los bolsillos -en nuestro caso- de MamĂĄ, quien en la semana nos dosificaba las monedas para comprar “chucherĂ­as” en el recreo escolar.

Las noches de invierno helaba. Las de primavera eran frescas y las de verano eran muy hĂșmedas, muy calientes. Un baño antes de dormir era una regla de oro.

Así pasaba un domingo el nuestra infancia setentera. Donde se privilegiaba la religión y después los entretenimientos.

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