La viejita del Pozo, Aristeo

&.- William Cook, Pablito

 

Santa Rosalía es una ciudad que tiene su memoria vieja en la que asoman sus relatos, sus espantos, fantasmas y leyendas, como en todas las ciudades y pueblos.

Podemos hablar de la viejita que murió arrollada en la bajada de El Pozo. Podemos hablar de Aristeo –nombre ficticio- que murió de amor. Podemos hablar de William Cook, temible asesino de USA, al que el comandante Luis Parra tomó preso en el Hotel Central. Podemos hablar de Pablito, que de una pedrada mató a su patrona. Estos acontecimientos sucedieron entre 1950 al 60.

Una madrugada de año nuevo cuatro parranderos que salían de La Progreso, tomaron su coche y enfilaron por la Obregón rumbo a Ranchería; en la bajada del Pozo los encandiló una luz transparente (uno de los fantasmas transparentes de mi crónica Ojos de madera cuchillos de vidrio) y arrollaron a una viejecita que iba subiendo. Con el tiempo alguien amontonó piedras en el lugar a manera de tumba. Hasta los años del setenta fue el espanto del Pozo…decían que allí aparecía la viejita.

El sastre y hojalatero Aristeo era un joven muy serio, formal  y nunca bebía licor. En Mesa México quedó prendido por la bella figura de una joven, sus ojos, sus caderas. Todos los días la miraba y por ser muy tímido no se animaba a hablarle. Por fin la abordó a la salida de la iglesia, se enamoraron y fijaron la fecha de la boda. El domingo señalado llegó muy puntual y formal a la iglesia para esperar la novia. Dieron la primera campanada a las seis y media y faltando un cuarto para las siete la segunda. Aristeo ya estaba muy inquieto. Faltando cinco minutos salió el sacerdote y le preguntó por la novia. Ya vamos a dar la tercera –le dijo- Sí, hay que esperar, contestó muy afligido Aristeo. A las siete volvió a salir el cura indagando. Espérese unos minutos por favor, dijo el novio. A las siete con 15 minutos el padre suspendió la ceremonia. Aristeo, con el demonio entre su estómago, pasó corriendo por la subida de Mesa México, dio un portazo y se encerró en su cuarto que estaba acondicionado como taller. El lunes ya tarde salió y más parecía un fantasma que humano: ojeroso, cabello revuelto, desaliñado. Salió de su casa como sonámbulo. Regresó con dos botellas de tequila. Sus padres alarmados tocaron sin respuesta alguna. Esa tarde su madre le dejó un lado de la puerta un plato con comida: Mi´jito, allí te dejé comida.

Los primeros tragos de tequila los vomitó. Lo empezó a beber despacio y ya vomitaba poco. El martes por la tarde se escucharon ruidos en el cuarto, ruidos normales de un hojalatero. La madre retiró el plato y le llevó otro el martes ya tarde. Hasta ese día por la noche abrió y tomó el plato con comida. Solamente salía por más botellas de tequila: no hablaba con nadie y su aspecto era alarmante, el traje lleno de vómito en una capa verdosa desde el pecho hasta la cintura. Todos los días se escuchaba aporrear lámina con martillo y cincel. Ya casi no comía, pero cada tres días salía por tequila. Ya era un cadáver forrado con hilachos del traje de la boda y excremento seco en los zapatos.

A los cincuenta días dejaron de escuchar los ruidos del martillo y la lámina. Lo llamaron insistentemente hasta que no tuvieron más remedio que derribar la puerta. Los recibió una peste a vómito podrido. El piso lleno de suciedad y excrementos. Aristeo tirado en la cama con sus piernas hacia abajo. En una esquina un prisma cuadrangular de lámina, de un metro con 70 centímetros. Una columna hermosa resaltadas las caras con guías y hojas de vid. Toda la columna circundada. En la parte de arriba una pequeña cruz con Jesucristo crucificado; sobre su cabeza una corona perfecta. Toda la columna trabajada en lámina. En el centro su nombre y la fecha de su muerte…¡y era ese día!

Una semana antes de la boda llegó a Mesa México un renombrado pelotero de la liga mexicana; venía precedido de gran fama pues era un fenómeno del beisbol. La miró, le mandó regalos, se hablaron y el sábado por la noche se la robó. Aristeo la esperó el domingo, espera que nunca llegó.

En la actualidad hay jóvenes, mujeres y hombres, que van al panteón de Mesa México y en el rectángulo de lámina, en sus hojas de vid, colocan milagritos: corazones, manitas, vestiditos, de plata y lámina.

Bajaron por el Espinazo del Diablo y enfilaron rumbo a la explanada de Santa María. Estacionó el automóvil bajo unos enormes árboles, bajó los dos rehenes y los amarró al tronco de un mezquite. Otro día desayunaron en El Central, estacionó el carro en Ranchería y caminaron por un ramal del arroyo Providencia, rumbo al burdel. Su tránsito se notó inusual ya que uno, muy alto llevaba a los dos costados a sujetos de mediana estatura. Él vestía una bonita chamarra de piel, negra, con zippers en hombros y puños. Unas botas de vaquero llenas de polvo. Como a la hora regresaron. Otro día, 15 de enero de 1951, volvieron al Central a desayunar.

El comandante Luis Parra apostó a los únicos policías del pueblo: Domingo y Gertrudis en las puertas que dan  a la cancha Rucho Ceseña; al Machi y al Tarile, en el pasillo oscuro del Central.

Se encaminó con pisadas firmes que resonaron en el piso de madera, a la única mesa que estaba ocupada por una persona vestida con chamarra negra, y dos acompañantes.

Con voz potente y en inglés dijo: “William Cook, ríndete, tomándolo del cuello de la chamarra y encañonándolo con una pistola. Los llevaron a la comandancia y al registrarlo le encontraron en las botas una pistola y dos dagas.

William Cook Edward, temible asesino de Estados Unidos fue apresado en el comedor del Hotel Central por el comandante Luis Parra, el 15 de enero de 1951, trasladado a la Unión Americana, y ejecutado en la cámara de gas en San Quintín el 12 de diciembre de 1952.

En la pared del hotel, que da a la cancha Rucho Ceseña, está colocada una placa de bronce, que en español e inglés reseña el episodio.

Lo de Pablito lo dejamos para el otro viernes. Alea Jacta Est. 22-09-16