LA SUERTE ESTÁ ECHADA / Fundación de Guerrero Negro ( III )

                                                                                                                Bobby García

&.- Niños en bicicleta

Cuando escribí la novela “La ciudad del canal” viví experiencias “muy heladas”. Debo apuntar que la empresa salinera me proporcionó hospedaje y comida. Sin ese apoyo sencillamente no hubiera podido atacar la aventura.

De la gerencia me mandaron a “Biconsa” nombre muy socorrido en la comunidad, pero que no sabía qué era. Es un local que tiene mesas de billar, comedor y cuartos para visitas especiales. Para todo hay horario: para las comidas, lavado de ropa, obligación para no provocar ruidos ni meter visitas ni bebidas (no pachangas)

El primer día llegué al comedor, ocupé una butaca para acomodarme sobre la barra… me miraron como cosa rara ya que estaban acostumbrados a ver visitantes extranjeros. Seguramente habían sido informados que llegaría un escritor que iba a escribir una novela sobre la comunidad. Como en la noche pasé mucho frío, tomé mi chamarra aborregada y entré. Me sentí incómodo pues los comensales estaban en camisa y rompe vientos. A los días medio me acostumbré y llegaba a desayunar en camisa.

Luego me empezaron a tratar y, al modo, había en la cocina un Cachanía hablantín. Muy luego nos tomamos confianza.

La población es difícil seguramente por la inclemencia del clima; casi siempre las calles estaban vacías. Hoy ya cambió y hay días que hace calor cosa inusual en los sesenta, años en que un compañero y yo fundamos la primera secundaria.

Debo declarar que “casi casi” me arrepiento de la aventura ya que pensaba que los Cachanías me narrarían muchos hechos. Encontré uno, me bajé de la camioneta, lo alcancé, le hablé de mi propósito, casi ni me vio y me dijo que no sabía nada y fue de los que llegaron en los 50. Otro me invitó café en su casa, pero no me dijo nada. Me sentí acorralado y estuve a punto de ir a los archivos de la empresa para hacer una obra histórica. Como a los ocho días se me prendió el foco: supe cómo iba a empezar y cómo iba a terminar. Ahora tenía que recrear la aventura casi mágica. Y ASÍ FUE.

El Cachanía (Javier) hablantín desde la cocina me grita un día: “¿Ya conoció el panteón clandestino”? A mi respuesta negativa me dio santo y seña cómo llegar. Lo invité y me contestó que “ni madres pues allí espanta” Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com

PASEMOS EL RUBICÓN: El lugar se llama “Las cruces” y es imponente. Un llano arenoso con muchos montículos o tumbitas. Hay cruces rotas, caídas, arriba de los montículos, brochas secas, tambos de pintura. Hay (había?) unas con perímetro circundado por concha Mano de león. Fui tres veces y el viento fuerte peinaba los montículos y la arena golpeaba mi rostro.

Comentan que en los 50 no había hospital y acondicionaron un colectivo para que lo usara el doctor Noyola. Que cuando morían los recién nacidos o abortos, aconsejó los sepultaran en las Cruces pues no había panteón. Por eso se llama el panteón clandestino.

Cuenta la tradición oral que allí espanta y que salen niños a recorrer el llano y llegan hasta unos juegos que están cerca del sindicato salinero. Que han visto unos que juegan montado uno en un triciclo y otro lo empuja. Que una señora que ejercitaba en el estadio de beisbol fue alcanzada por uno, lo saludó y cuando dio vuelta por la tercera basa el niño había desaparecido. Es famoso el espanto del edificio cerrado a manera de gimnasio y cancha de básquet. Que se oyen voces, risas de niños, rebote de pelotas, etc. Que la encargada un día fue abordada por una niña que le dijo que la llamaban en la entrada… no encontraron a la niña.

¿Sabe la historia del triciclo? me dijo el compañero Álvaro. Sí, por eso lo dibujaron en la portada de la novela.

Mire profe, se me enchina la piel; vimos uno en triciclo que pasó frente la oficina, iba empujado por otro.

Alea Jacta Est- 31-01-2021