LA SUERTE ESTÁ ECHADA / Doctor Adán Guillermo Velarde y Oaxaca

Bobby García

 

Hace algún tiempo que el compañero Luis Ruffo Velarde me encargó que buscara la trayectoria de su abuelo, con la intención de hace un pequeño libro. Recopilé datos importantes y di vida a un pequeño libro o folleto. Por razones que ignoro no se continuó con el proyecto ya que hace como dos años que lo entregué. Luis Ruffo quedó encantado con el trabajo. Platiqué hace unos días con él, le comenté que quería transcribirlo en mis colaboraciones periodísticas. Quedó totalmente de acuerdo. Y pretendo hacer la transcripción porque hace como un mes me enteré de que el hospital actual de Santa Rosalía lo van a construir en otro lugar; me supongo que más acondicionado, con más camas, mejores aparatos, etc.

Cuando se hizo la remodelación o modificaciones al hospital que está frente la Dirección de la antigua empresa de El Boleo, en Mesa Francia, solamente colocaron la leyenda: “Hospital General de Santa Rosalía, omitiendo el nombre: Doctor Adán G Velarde, nombre oficial de dicho nosocomio.

Y como en el estado las autoridades son capaces de todo, les recuerdo que aunque hagan una nueva edificación, el hospital seguirá llamándose Hospital Doctor Adán G. Velarde.

Inicialmente pensaba transcribir solamente algunos párrafos, pero al ver la importancia del doctor en Santa Rosalía, no puedo seccionarlo porque le restaría la importancia y figura del galeno, a menos que Luis Ruffo no quiera que lo transcriba íntegro.

Si tú, amigo lector de la Suerte está echada, quieres recopilar todo, ve copiando mis entregas, que no serán en todas mis colaboraciones. Inicio:

 

Desde el techo del mundo mexicano, desde la cima del mundo Tarahumara, el estado de Chihuahua está limitado por la impresionante Sierra Madre Occidental. Desde la primera expedición europea ocurrida en el primer tercio del siglo XVI para conquistar con la cruz y la espada a los aborígenes, la rueda del tiempo dio infinidad de vueltas hasta hacer de Chihuahua el estado más extenso de la República Mexicana, fundado oficialmente el 6 de julio de 1824, año convulso de la Revolución de Independencia consumada en 1821, y la expedición de la constitución de 1824.

En este territorio coronado por la majestuosa Sierra Madre Occidental y sus picachos nevados, el estoico perfil de los Tarahumaras y la línea gris del Río Bravo, surge entre peñascos y planicies Ciudad Guerrero que en 1899 corta el cordón umbilical del recién nacido el 10 de enero, al que sus padres, el licenciado Celso D. Velarde Lizárraga, que era alcaide, y Clara Oaxaca, decidieron ponerle Adán Guillermo.

Desde ese momento se inició el tránsito del que llegaría a ser un gran médico cirujano, un gran humanista, un humilde humanista que a lo largo de sus 79 años dejó constancia de su amor por la vida, por el prójimo y por la salud. Su apostolado esgrimía en su pecho y conciencia el credo: “jamás es tarde cuando se trata del dolor ajeno.”

Los pocos habitantes de Ciudad Guerrero nunca imaginaron que ese niño espigadito, pelo hirsuto, brazos largos y mirada que se salía de sus ojos, llegaría, desde ese ambiente sin oportunidades, a ser un hombre que remontaría la sierra tarahumara, los desiertos y las planicies, para instalar su verbo, su amor, su oratoria y el bisturí que milimétricamente no diseccionó el cuerpo humano sino la conciencia humana por un porvenir donde el homo sapiens recobrara la entereza y la dignidad para luchar en todas las trincheras contra la miseria y la pobreza que desde muy joven miraba transitar por los cuatro rumbos de la patria que se debatía entre guerras intestinas. Olió la pólvora de la Revolución Mexicana y se inscribió en el pensamiento avanzado del general Lázaro Cárdenas.

Inició la educación primaria en la ciudad de Chihuahua, en la escuela Filomática, que fueron escuelas fundadas con el apoyo de la gente que tenía recursos económicos. La idea fue, crear escuelas dotadas con todos los recursos y bajo el cuidado de los mejores maestros y maestras. La élite chihuahuense se empeñó en la educación de la niñez que fuera esforzada y vigorosa, inteligente y virtuosa, tal como lo apuntaba la filosofía de Hebert Spencer, filósofo y antropólogo inglés.

El 31 de diciembre de 1892 –siete años antes del nacimiento de Adán G. Velarde y Oaxaca- siendo gobernador del estado el coronel Miguel Ahumada, se fundó la Sociedad Filomática, a cargo del profesor Abel S. Rodríguez.

Siendo muy pequeño muere su padre y con el arrojo de una persona mayor, se lanza a la aventura y llega a Monterrey. Su temperamento investigador e inquieto, a pesar de que era de los avanzados en la escuela Filomática, se inscribe en la escuela Modelo, donde terminó su educación primaria. Pulsando los aleteos de la pubertad y juventud cursó la educación media para después iniciar la preparatoria en el Colegio Civil de Monterrey, N.L. en el que alternó su instrucción trabajando como Preparador de Física y encargado del Observatorio Metereológico, impartiendo la cátedra de Física Práctica hasta cuarto año. Por su espíritu emprendedor, buscador de nuevos horizontes, como un errante caminante, termina su educación preparatoria en la Escuela Nacional Preparatoria, de México, Distrito Federal.

Por las callejuelas, entre vegetación arbustiva, tierra y piedras, Adán Velarde se extasiaba en la bruma plomiza de la sierra, que al bajar envolvía las casas formando figuras caprichosas en las paredes de breña de las humildes viviendas de los lugareños. Se entretenía encontrándoles forma: “esta es un oso negro, la otra es un puma, aquella parece guajolote, esa otra una paloma.”  Tomaba un cuaderno y lápiz y las dibujaba. En las tardes soleadas se encaminaba a la cortina de coníferas que sombreaba la brecha terregosa y echaba a volar su imaginación, con la vista brincando por la sierra y el horizonte. Su padre, persona instruida y observadora lo miraba cuando se encaminaba a los pinos.

  • Quiero conocer la ciudad de Chihuahua, -decía a su padre.

–    Ya luego, cuando crezcas un poquito más te llevaré para que hagas la primaria en unas escuelas que fundaron personas cultas y de dinero, -le contestaba su padre.

  • Ayer miré por aquella planicie que está al fondo del arroyo una india, pero no tiene piel oscura sino blanca. Iba caminando como si flotara entre los matorrales, -dijo a su papá.
  • Ven, vamos a platicar debajo de aquellos árboles.

Lo tomó de los hombros y se encaminaron adonde le había señalado.

  • Cuenta la leyenda, -le dijo- que por la región del poblado de Basúchil, en el último tercio del siglo pasado (siglo XVIII) un grupo de vaqueros salieron a buscar unas reses que se habían desbalagado, por lo que se dirigieron al poblado de Tomochi; que cuando cruzaron el arroyo vieron un grupo de mujeres apaches que se bañaban; que una era blanca y cuando se acercaron se dieron cuenta que era una niña de unos 14 años y de cabellera larga en café muy clarito. Como los vaqueros sabían que siete años antes una niña del poblado había sido robada por apaches, y como conocían a la familia, decidieron tomar a la niña y llevarla a sus padres. Que la niña lloró todo el trayecto y les suplicaba que la devolvieran ya que tenía dos pequeños hijos. La entregaron a sus padres y llenos de contento, pues pesaban que estaba muerta, realizaron una gran fiesta y el cura ordenó dos misas. La niña no compartió la alegría de la familia, no comía, lloraba mucho, no platicaba con nadie. A los días se escapó y sus padres no hicieron ningún intento por ir a buscarla ya que comprendieron que su hija iba con los apaches a vivir su vida. Dice la leyenda que los apaches pusieron a la niña el nombre de Abekani, que significa: “los que viven por donde sale el sol.”

Que en aquel tiempo algunos pobladores decían que la leyenda de “Abekani, la Apache Blanca” era cierta porque la miraban caminar por la planicie y arroyos, acompañada por varios apaches. Su figura contrastaba porque era bella, larguirucha, blanca con cabellera larga en color café muy claro.

Que uno de sus hijos fue jefe de un grupo en la región de lo que hoy es Nuevo México.

¿Será la india que yo he visto? –dijo Adán a su padre.

Puede ser, puede ser hijo, la vida nos da muchas sorpresas.

Otro día, sentados a la sombra de los pinos le platicó la leyenda de un indio Tarahumara: “Le llamaban Teporaca o Teporame, originario de esta región que se llamaba Papigochi. La leyenda dice que el nombre significa “El Hachero” y fue condenado a muerte porque encabezó la rebelión contra los colonizadores españoles, la más grande rebelión de esa época. Que Teporaca dirigió el ataque a la Villa de Aguilar, centro de poder de los españoles. Que también organizó la lucha contra Misiones religiosas de Franciscanos y Jesuitas. Que cuando lo tomaron preso le dictaron la ejecución de sentencia por la rebelión encabezada y porque no se quiso confesar ni conocer a Dios a pesar de que le indicaron que sufriría las penas del infierno. Él contestó que no trataran de decirle nada, que no quería decir nada, que lo ahorcaran ya que desde hacía muchos días que estaba con el diablo: Que si acá ahorcaban también él había ahorcado frailes y españoles. Como no se arrepintió, lo ahorcaron en un árbol y los indios amigos mostraron gran contento de verle ahorcado y todos le tiraron flechazos. Que se levantó el acta fechada el cuatro de marzo de mil seiscientos cincuenta y tres. Que firmaron varios testigos, el intérprete, el sargento mayor y el escribano de gobernación y guerra.

Cuando su padre terminó el relato, Adán guardó un profundo silencio y colocó sus manos en la barbilla. (continuará)

Mi correo: [email protected]

Alea Jacta Est. Miembro de ESAC. 13-02-19