LA SUERTE ESTÁ ECHADA / De San Dieguito a

                                                                                                               Bobby García

&.- San José de Magdalena

Hace unos días recibí una indescriptible alegría, impactante y adrenalinada. Por Messenger pude apreciar la foto que me mandó el compañero Juan Carlos López Aguilar. Foto irrepetible de su padre, don Carlos Carpóforo López posando en la inmensidad de la naturaleza, con su vestimenta de faena mostrando mi novela La Marcelina y el Granadito, referida a la sierra y Misión de Guadalupe. Como toda novela describe pasajes fantásticos, incluso, el traslado de la fundación de la Misión de Guadalupe a finales del siglo XVIII, para empatarla con los albores de la Revolución de Independencia, y por ser, los Dominicos, los últimos religiosos que ocuparon la Misión, antes de la revolución.

La foto entró por mis ojos y germinó en el cerebro: su sombrero de mil batallas y sus pantalones de chamba, ¡porque oiga usted! cuando “baja” a Santa Rosalía viste impecable: sombrero Stetson, camisa crema enfundada en un chaleco café de piel, Botas apropiadas y pantalón fino color crema. Allí está en la foto, espigado chorreando rancho por los costados teniendo como fondo el único fondo de esos parajes: la naturaleza en su esplendor.

La foto me transportó a la aventura que me hizo trastabillar como cinco horas en el “moscorrón rojo”, vehículo de Juan Carlos que bufó por todo el camino de arroyos y la cuesta de El Chileno. Platicamos “en bola” su hermano, Juan Carlos, el compañero de “Los Cochis” y yo. En momento determinado lo tomo de un brazo y le digo: “vamos a platicar a un ladito”. Y rápido me contesta: “qué vamos hablar de cosas misteriosas o qué”… y llegó la plática, la grabadora y ¡a las páginas de la novela!

Desayunamos con su hermano y comí con Carpóforo y Juan Carlos.

Se disfrazó de citadino con su chaleco café, y el regreso infernal por los arroyos del demonio… descripciones y apuntes en la grabadora. Moriré con aquellos momentos que atronaron mi entendimiento desbordado en episodios fantásticos que jamás hubiera imaginado. Bajando por El Chileno me dice: “aquella es la curva de Pablo Pozo porque allí espero varios días a un fulano para matarlo”.

Por todo el trayecto me fueron aleccionando sobre algunos tópicos.

En lo intrincado de un arroyo que parece paisaje de otro mundo Carpóforo me dice: “allí estaba un mezquite en el que se colgó (¿) después de matar a crucetazos a su novia y arrojarla a un pozo del rancho.

Nunca imaginé que el pasaje fantástico en el que el paranoico Crisóstomo mató a Celia, pasaría lista por mis ojos… miré el mezquite y lo vi colgado. En su paranoia la pensó su novia. Ella por varios días lo desdeñó y enredado en su paranoico cerebro la mató.  

Mi novela ya transitó por las manos de don Carpóforo y su hijo, royos de una película que nunca hubiese podido grabar… está en donde tenía que estar, en la sierra, Transita por Cachanía en sus manos y en las de Pipi Zúñiga y por la Pacífico Norte en las de Güero Verdugo. Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com

PASEMOS EL RUBICÓN: Y también está en manos de compañeros de San José de Magdalena. Ciudadanos enraizados en su terruño, dueños del ahora y el mañana que siempre está en presente.

Arnulfo Sui Qui me invitó a su casa de piedra y un día llegué. Por la tarde llegaron otros compañeros, la taza de té, la plática y la grabadora esperando. Arnulfo me transportó por la comunidad desde con Trini hasta el otro rumbo con el señor Rousseau. Por las tarde-noche Sebastián Meza, conocedor de todos los ranchos de la sierra los fue dibujando uno a uno.  Le dije. Con la mente camina por todos, dibuja los caminos y los paisajes, vete caminando y no olvides nada.

Así lo hizo por varias jornadas… caminó y caminó y yo fui grabando. Inició en La Marcelina, llegó a San Dieguito y pasó hasta la Misión de Guadalupe, las Higueritas    de don Mayelito Rojas y el rancho de don Toribio Rojas donde nos interpretó “La Vaquerada”. Me habló de la cueva ahumada, de las Bebelamas, del que mató a la muchacha, la tiró en un pozo y luego se colgó de un mezquite. No perdí detalle…

Allí está todo en la novela. “una visión en línea”, un caminar virtual. Realidad con fantasía o mejor dicho, fantasía con realidad.

Mi novela palpita en las manos de Arnulfo Sui Qui y su hermana Sofía, en las manos de Horacio Villavicencio, Trini López, donde reviví el Corrido de San José de Magdalena que algunos versos quedaron en mi mente desde que lo escuché en 1950, en las manos de Octavio Villavicencio, que me mostró un acta de inventario.

Sebastián y su caminar virtual, que cuando narraba realmente caminaba por la sierra. Él pintó la realidad que llené de fantasía… ese fue el chiste.

En las manos de Sebastián Meza la novela cobrará vida.

Alea Jacta Est- 09-02-2021