LA SUERTE ESTÁ ECHADA / Cuaderno de Santa Rosalía (II)

                                                                                                              Bobby García

&.- Ramón Cota Meza (el Pirri)

No sería una idea descabellada de que a José Rosa Villavicencio y a los yaquis que trabajaron en las minas antes y después de la empresa del Boleo, se les rindiera un reconocimiento y en las fiestas de fundación se ponderara su importancia en la energía de la empresa. Alguna colonia o calle deberían llevar el nombre de: José Rosa Villavicencio, y, colonia o calle Los Yaquis.

Ramón Cota dice:

“El papel de la fuerza de trabajo yaqui para la Compañía del Boleo y Santa Rosalía merece ser resaltado, pues sin ella no habría sido construida la empresa. Fueron ellos quienes erigieron la obra, desde la descarga de los materiales y la maquinaria hasta la construcción de todas las instalaciones, incluyendo los edificios públicos y el templo de Santa Bárbara.”

La explotación de la minería (San Antonio, el Triunfo y Calmallí,) más la importancia que adquirió la empresa del Boleo fueron las que crearon la necesidad de ranchos para cubrir las necesidades de los fundos mineros y la empresa.

En la periferia de Cachanía se establecieron varios ranchos, Se tiene información que los dominicos fundaron la Misión de Guadalupe el último tercio del siglo 18 en la sierra del mismo nombre. Con la fuerza de trabajo de la etnia Cochimí, desarrollaron una floreciente agricultura y ganadería que hacían llegar en largas travesías hasta San Ignacio, Santa Gertrudis, y hasta Mulegé, San Bruno y Santa Águeda. La fuerza de trabajo de la etnia Yaqui fue indispensable (como lo apunta el Pirri) en las minas y en la empresa. Los Cochimíes fueron el motor de la Misión de Guadalupe cien años antes.

Circula la leyenda de Los Picachos de Santa Clara, en la que se dice que un día un indio llevó al sacerdote encargado de la construcción de la iglesia tres pepitas de oro del tamaño de una pelota de golf. Que el padre le pidió que le llevara más para que el altar brillara. Que los indios llevaron mucho oro y que lo franciscanos encontraron el yacimiento. Los Picachos de Santa Clara están ubicados al noroeste de San Ignacio y Vizcaíno y al norte de Punta Abreojos.

Es una leyenda que todavía se comenta… y buscan el oro.

Hay descendientes de franceses y uno que otro “olvidadizo” que niegan que la empresa haya utilizado su poderío para controlar y castigar mineros. Ramón Cota al respecto señala que el gobierno mexicano aceptó todo tipo de tropelías de las empresas extranjeras con el lema de “gobernar es poblar”.

En una de mis tantas correrías por los fundos mineros antiguos acompañando a mi padre, llegamos a Santa Marta.  Observé construcciones pequeñas derruidas. Estaban en línea una tras otra; eran como siete. Qué eran le pregunté a mi padre: fueron los lavaderos públicos. Llegamos a la bocamina más grande, miré vestigios de una puerta de fierro en una oquedad y pregunté: “era la cárcel para los mineros rebeldes” me informó… y vaya que mi padre era voz autorizada ya que trabajó en Santa Marta, Purgatorio, San Luciano. (Grupos antiguos de la empresa)

Un día caminando por la montaña y caer en Purgatorio, se detuvo y me dijo: “A Purgatorio le llamaban Cerro Verde ya que en tiempos de lluvia se ponía verde el cerro”

Un poco después se detuvo, me señaló una pequeña planicie y me dijo: “Dicen que allí espantaba. Un día ya “pardiando” el Guardián, mi perro, se detuvo de golpe con sus patas delanteras tiezas. Parecía que había visto algo. Lo llame varias veces y no fue posible hacerlo caminar” Ya se usaban los espantos en los Grupos de la empresa.

Volvamos al texto de Cota Meza:

Eduardo Cumenge. Primer gerente de la empresa que duró en el cargo muy poco (desde julio de 1885 hasta febrero de 1886) se hacía llamar el patriarca de los Yaquis. Relata el Pirri que Cumenge quería mucho a la etnia, que un día regaló rebozos a las mujeres indias. Que contentas los lucieron… y me costaron 20 pesos, dijo.

Seguramente por su vocación aventurera y social renunció a la dirección y ocupó la dirección administrativa. En ese entorno tan difícil se dio tiempo para escribir poemas. En uno dice: “Pero a este sueño suceden otros; sentado en mi balcón escucho el murmullo de las huelgas ¡Oh máquinas y hornos! ¡cuánto han trabajado sin parar! ¡Oh fundadores, oh mineros! Algún día un salvaje afilará su hacha al fragor de las calderas”.

Eduardo Cumenge profetizó el movimiento social del sindicato rojo, que estalló la huelga minera el primer tercio del siglo veinte. Cuando escribe: “Algún día un salvaje afilará su hacha al fragor de las calderas,” no entiendo ni idea tengo a qué salvaje se refiere. Espero más luz en las próximas lecturas.   

Ramón Cota comenta que José Rosa Villavicencio para 1868 ya contaba con más de 70 años y se supone que a esa edad no andaría prospectando y caminando por terrenos escabrosos y desérticos. Que posiblemente haya financiado exploraciones, facilitando las excursiones y organizado las prospecciones en terrenos de su propiedad. Que Ventura Arce en sus exploraciones “tenía un pie en los yacimientos de cobre del Boleo. Acaso murió sin saberlo. Él pudo haber sido el titular original de estos terrenos antes de que pasaran a manos de Villavicencio.” Página 12.

El episodio de las cartas de Helene Escalle a sus hijos, y la reseña de la semana santa de los yaquis, lo dejamos para la siguiente entrega, no sin antes apuntar que Juan Manuel Romero Gil escribió –hace poco- un libro en el que trascribe cartas de esta dama francesa, esposa de Pierre Escalle, segundo gerente de la minera.  

Alea Jacta Est- 21-05-20- Miembro de ESAC-