La mujer de blanco de la cuesta de Ligüí: una versión distinta.

JOSE ANTONIO MARQUEZ CASTRO

Hace poco leí la versión de Oliver Barona acerca de la leyenda «la mujer de blanco de Ligüí». Es, sin lugar a dudas, una buena historia. Fue publicada en los años setenta y refiere a un matrimonio que perdió la vida en la cuesta del mismo nombre, al estrellarse contra el paredón el tráiler en el que viajaban. Ambos terminaron muertos, pero ella, además, decapitada.

Esta es una de las tantas versiones que circulan en el imaginario colectivo, «la leyenda de la mujer de blanco», con o sin cabeza. La historia existe desde esos años y dicen se aparece sobre la carretera para luego subirse de forma inexplicable a los coches en circulación.

Cuando leí la historia antes referida, me vino a la mente una anécdota que, sobre el mismo tema, me contaron hace ya muchos años.

Sería en los ochenta cuando un vecino mío que tenía una yarda, Luis, se llamaba, viajaba con frecuencia a Tijuana a traer carros cada mes o cada quince días. En esos tiempos no había muchos negocios de venta de autos en esta ciudad. Casi siempre iban él y su hermano, quien también se dedicaba al mismo negocio. Cuando venían de regreso pasaban de día la cuesta de Ligüí, o si pasaban de noche cada uno venía en un vehículo distinto, siempre uno cerca del otro, así que el transitar por ese lugar no les impactaba mucho, aunque ya conocían de la historia de la Mujer de Blanco.

En una ocasión, a Luis le hicieron un encargo de urgencia y se tuvo que ir solo al viaje. De regreso, le tocó pasar de noche el tramo de Ligüí, y con luna nueva. Así que no se miraba nada de nada. Esa noche esta como boca de lobo, como suele decirse. Sólo se veía la parte que iluminaban los faros del coche. Para colmo, la carretera estaba desierta; ni un solo vehículo circulaba por la transpeninsular. Era verano y hacía calor, ese calor insoportable de Loreto, aun a esas horas de la noche. Para ahorrar gasolina, en lugar de prender el aire acondicionado, Luis abrió la ventanilla. Para esto ya había comenzado a subir la cuesta. Siempre temeroso comenzó a querer apresurar la marcha del vehículo, pero como era de cuatro cilindros este se «arranaba» rápidamente, así que la marcha de carro era lenta.

A media cuesta comenzó a ver de reojo que a su derecha algo blanco se movía. Una silueta parecía. Primero pensó que era el reflejo de los faros en las rocas, pero en la medida que avanzaba ésta seguía ahí y él sin querer voltear. Entre más aceleraba más se movía, sobre todo en las curvas. Casi sentía que el brazo de la muerta lo tocaba, que con la mano que no veía le rozaba la cara y un escalofrío recorría su cuerpo. Comenzó a sudar frío, repaso todos los rezos que se sabía y pidió por su integridad a todos los santos que recordaba; él lo que quería era llegar a lo más alto de la cuesta, ya que decían que ahí desaparecía el fantasma. No obstante, el recorrido le parecía eterno, como que nunca llegaría a la cima.

En el último tramo de la pendiente, empapado por el sudor, la garganta reseca y las canillas todas temblorosas que casi no podía presionar el acelerador ―así lo platicaba nuestro protagonista―, armándose de valor decide voltear y enfrentar a la aparecida. Estaba dispuesto a preguntarle qué quería, por qué lo seguía, por qué a él. Al girar la cabeza, ¡cuál sería su sorpresa! Se le había olvidado que en el gancho de la puerta de atrás traía colgada una camisa blanca de manga larga, la cual al abrir la ventana y acelerar al carro el viento comenzó a moverla y en las curvas la manga casi le tocaba el hombro. Primero sintió un gran alivio, pues hasta ese momento era presa de una gran angustia a punto de convertirse en pánico, después se comenzó a reír solo. Más adelante casi, arriba de la cuesta se detuvo. Ahí duró un buen rato hasta que recobró totalmente la calma. Se tranquilizó lo suficiente como para continuar la marcha.

Fue un episodio que pasó de lo dramático a lo chusco y que jamás olvidaría.