EL VIOLÍN DE COPAL

En la primera mitad del siglo pasado había muchas rancherías diseminadas principalmente en la zona serrana. Una de ella era San Pedro de la Presa. Sus habitantes se dedicaban a la ganadería y la fruticultura, actividad que abastecían con el ojo de agua o manantial que había en el lugar. También fue hacienda de unos de los Toba.

Ahí se producía mucha uva, lo que favorecía la elaboración de vino y otro tipo de licor. Dado que a los hombres de esta comunidad les gustaba relajarse los fines de semana se les facilitaba ponerse alegres, puesto que tenían el medio a la mano.

Las fiestas sólo se daban en grandes ocasiones: los días del santo patrono de alguna comunidad, la celebración del año nuevo o esporádicamente algún festejo particular quinceañera, bodas, etcétera. Por ello los habitantes de la región estaban ávidos de música.

La música que proliferó en esos años fue la que se tocaba con instrumentos de cuerda dado que eran los más fáciles de adquirir, transportar y aprender a tocar. Así que los instrumentos de los grupos musicales eran guitarras y violines.

En una ocasión, siendo época de lluvias durante el largo y caluroso verano de ese año, Paz Higuera, que tenía su ganadito, se había establecido en un paraje no muy lejos de San Pedro. Era un tajo o un cañón. Ahí estaba ordeñando porque había mucho pasto. Era un “chute” ―como diría la gente de la sierra, un campito nada más―, pero como era muy borracho, muy tomador, se le ocurrió que iba hacer un baile, una fiestecita en la noche. Para ello contrató a los músicos Pantaleón y Paclo. Pantaleón era famoso porque había elaborado un violín de copal, un árbol de madera muy fina que abunda en el campo sudcaliforniano; un violín con sus cuerdas y todo. Aunque él no era ebanista de profesión, el producto final de su trabajo era perfecto, no por nada había dedicado mucho tiempo en la fabricación de ese instrumento musical. Desde luego que no era un Stradivarius, pero las notas que producía eran bonitas y alegres, por eso la gente prefería la música de ese violín. El otro, su compañero, llevaba una guitarra; esos eran los músicos de allá, los que iban a tocar en la noche.

Había muchos invitados, todos de San Pedro. Sin proponérselo la fiesta se había hecho grande y como la noche estaba muy oscura se alumbraban con faroles, con changos y candiles; a los botes de café le ponían un trapo con petróleo, le prendían y con eso se iluminaban.

Llegada la hora del festejo aparecieron los músicos a pie; en el paraje ya estaban reunidos los invitados quienes habían comenzado a llegar desde temprano y a ingerir bebidas etílicas en cantidades exageradas. Así que para esa hora los asistentes estaban bastantes alegres y en cuanto vieron a los músicos comenzó el relajo. Querían la música, ¡pero ya!

―Vayan y traigan el violín y la guitarra ―les dijeron a los músicos―, ¡que comience el baile!

―Bueno ―dijo Pantaleón―, voy por el violín y la guitarra.

―¡Vamos! ―arengó a su compañero.

Ellos habían dejado los dos burros que los transportaban amarrados debajo de un árbol cercano al lugar, y sus instrumentos colgados en un palo que estaba cerca de uno de los animales. Cuando llegaron allá el burro cargaba la vara del violín en el hocico. “Nomás la pajueleaba”, dirían los rancheros. Uno de los asnos ya se había comido el violín, de aquel instrumento musical no quedaba nada, todo el tiempo que se dedicó a su elaboración, los detalles que tenía y la pasión con que se había construido, todo se fue a la basura. Resulta que el copal es un árbol que les gusta mucho a estos animales. Es como un banquete para ellos, y como no había otra cosa que comer cerca de donde estaba el animal, se dio vuelo, se comió todo el violín. ¿Y ahora?

Cuando se enteraron de lo sucedido comenzó el alboroto, los ánimos se caldearon y alguien de los asistentes gritó: “¡ya valió madre el baile!”.

Pero no, finalmente ya todos calmados el baile se hizo, aunque sólo con la guitarra.