El Tiro William

Nací en San Luciano, último grupo minero de importancia que la empresa de El Boleo fundó para contrarrestar la producción de Santa Martha que ya se agotaba. Recuerdo que muy plebe mi madre me tomaba de la mano y transitábamos por una calle de bajada llena de piedras, teniendo a los costados una fila de casas de madera con capacidad para dos familias. Por allí estaba la escuela y recuerdo que había algunos árboles y el taxi de un señor que le decían Jerez. Miraba hacia la bajada y a la distancia se recortaba una torre que me parecía magistral, misteriosa, como que cortaba el horizonte en un mundo de fierros. Cada vez que mi madre me llevaba a dejar lonche a mi padre que trabajaba en esa “Torre” me moría de miedo ya que teníamos que pasar por el plan del terrero formado con la tierra y arenilla de los túneles de la mina. Yo no sabía que era un tiro (oquedad vertical) de muchos metros de profundidad. El terrero me parecía gigantesco, miraba para arriba ese cono de tierra. En mis oídos retumbaba el ruido de unos carritos que llegaban para descargar la tierra o arenilla que bajaba como cascada, pero casi siempre bajaban enormes terrones dando saltos como pollos despescuezados. Instintivamente aferraba mi mano a la de mi madre. Llegaban al plan y sonaban como calabazas fofas. Circundábamos el terrero, llegábamos a la parte de arriba y de una jaula de metal salían los mineros que parecían fantasmas. Me contentaba cuando miraba a mi padre, aunque sudado y lleno de arenilla y esquirlas de metal verde, me daba mucho gusto verlo. Se iban a la sombra de una enorme casa de lámina que guardaba muchos fierros y protegía un enorme donque (malacate) eléctrico con un carrete de más de dos metros de altura, que enredaba el cable de cobre de dos pulgada de grosor, aproximadamente, cable del que estaba sujeta la enorme jaula que transportaba los mineros, materiales necesarios y mulas.

En 1945, una tarde que llegó mi padre de la mina escuché que le dijo a mi madre: “vieja hay que alistarnos porque nos tenemos que ir. Pero por qué viejito. Porque la mina se acaba y nos dijeron que nos apuntáramos para donde queríamos jalar; me apunté para Ensenada, porque para el norte tienes familia.” De un día para otros nos encontramos montados en un dompe que nos llevó a “la playa,” abordamos un enorme barco y fuimos a dar hasta Ensenada y luego a Mexicali.

 

Nunca olvido mi origen minero y mi pueblo. Cada vez que voy a Cachanía,  desde lo alto de la cuesta de San Luciano, el Tiro William se recorta entre el paisaje seco, amarillento, como un coloso de armadura ocre que vigila el horizonte de una geografía abandonada que solamente él transita. Solamente para el tiro y para los viejos pasos mineros allí está toda su vida, por eso está allí, vigilante aunque los cerros estén vacíos y los mineros hayan muerto.

El Tiro William es una oquedad vertical de 260 metros de profundidad a la que bajaban los mineros para recorrer niveles de varios kilómetros de longitud, acompañados siempre por el silencio de la muerte y la magia transparente de la lobreguez y el idioma de la oscuridad y el rumor. Ese fondo de la tierra era una fiesta tétrica de ojos fosforescentes en una penumbra zigzagueante por la luz de las lámparas, acompañada por el murmullo ronco y sordo de la tierra. Cuando los mineros abandonaban la jaula que los llevaba al fondo de la tierra, el William con su lenguaje de silencio, sin palabras pero con voz testimonial aseguraba que siempre estaría allí, oteando el horizonte, petrificado, coagulado en la montaña para convocar a la asamblea plural de la soledad entre muchos. De ninguna manera es ermitaño ya que vive el presente sin tiempo y preside la vasta soledad del horizonte de ese desierto en la magia del paisaje gris del entorno de piedras, matacoras y saudades.

Y allí estás tiro William, vestido de tormenta y soledad, vertical, erecto, bebiendo tiempos y distancias. No pierdes la esperanza que un día por el arroyo el tropel pedregoso de todos tus mineros se monte en la jaula, y bajen a revivir la muerte de la soledad. Mi correo: [email protected]

 

PASEMOS EL RUBICÓN: Recuerdo que mi padre salía con las botas llenas de lodo. Y es que a esa profundidad de 260 metros, brotaba agua que sacaban con bombas potentes. Los mineros y las bestias, defecaban en esa profundidad de la tierra. Y allí mismo cernían el carburo de las lámparas aunque muchos llevaban eléctricas. El agua debe ser ácida.

El tiempo me acompañó a mirar cómo los vándalos iban terminando con toda la estructura que rodeaba al tiro. Me asomaba a esa oquedad profunda, tiraba piedras que empezaban a bambolearse hasta que pegaban en la pared circular encementada. Se escuchaba al final un chasquido. Seguí visitándolo hasta que miré un brillo. Era el espejo del agua que ya está como a cien metros de la superficie. Luego lo cercaron y ya no puedo mirar para abajo…

Pero allí está todavía, bebiendo tiempos y distancias, vigilante, vertical, vestido de tormenta y soledad esperando a que sus mineros caminen por el arroyo, suban a la jaula y bajen al silencio y oscuridad de muerte; a la soledad del misterio de la muerte…

 

“Vieja, hay que alistarnos porque nos tenemos que ir…” Alea Jacta Est 28-07-16