&.- Don Manuel Rousseau (continuación)

Don Manuel Rousseau era un hombre sesentón que había aprendido a vivir solo en la choza ya que su esposa no le pudo aguantar más el vicio que tenía por la baraja. Desde el viernes por la tarde, debajo del guamúchil se juntaba con algunos rancheros y hasta que se terminaba qué apostar se levantaban pero ya habían perdido la cosecha del siguiente año, cuarenta cargas de leña, los burros o las vacas, los cinco cochis.  Para entonces ya se habían ido tres tardes y el cielo se entretenía pintando estrellas y la luna se había teñido de amarillo o rojo.

Salió a buscar un burro y regresó a los diez días.

Un ranchero que descansaba en la desviación de lo que muchos años después sería la entrada a las Bebelamas y el camino de largo para llegar a lo que sería San Dieguito, le dijo que había visto a don Manuel cuando en su caballo había enrumbado para la sierra de Guadalupe.

Al día siguiente de que regresó, doña Fidencia su esposa, y sus dos hijos pequeños, pasaron por La Minita y no pararon hasta llegar a San Marcos Tierra.

Cuando los rancheros de la comarca se enteraron que lo habían abandonado, el guamúchil fue el único acompañante de don Manuel.

Al principio las familias de las otras nueve chozas lo acompañaron mentalmente en su soledad –menos don Francisco Moncayo- ya que pensaron que su estadía debajo del guamúchil era porque le pesaba mucho la ausencia de su esposa y los dos hijos. Que allí los esperaba para cuando  regresaran.

“seguramente está debajo del guamúchil llorando la ausencia de su vieja, porque ni modo que espere a los que jugaban baraja con él porque desde que lo abandonaron nadie llega,” -platicaban doña Josefa y Zenaida Mendoza.

“No creo que mi compadre y Tomás falten a su palabra. Me tienen que dar la revancha.”

Todos los días por la tarde decía lo mismo y por la mañana sacaba una baraja nueva y se sentaba bajo el guamúchil.

“Si mi vieja se fue, ojalá le haiga ido bien y no tenga yo algún apuro en irla a buscar. Ella tomó su decisión y no tengo por qué entrometerme en sus asuntos de tan lejos.”

Se le fueron los colores de la cara como si fuera una máscara de cartón remojada en engrudo y las ojeras se colgaron de su soledad. Las manos le resaltaron unas venas azulosas y las arrugas se amontonaron sin encontrar su lugar…esperando y en espera para que su compadre y Tomás, que lo dejaron en puros cueros, regresaran a cumplir su palabra de jugadores…

Reviró y reviró, apostó los dos burros, las tres vacas y su parcela ya que estaba seguro de ganar la jugosa mano pues tenía ¡tercia de quinas!

Lo despertó el ruido característico de una carreta. Clarito escuchó su rechinar enredado con el viento de la madrugada.

Saltó de la tarima como si fuera un caporal de 20 años. Corrió a la ventana, tropezó con  la sombra del metate. La abrió y entró el chorro negro de la noche que apenas intentaba pintarse de ocre. Miró el guamúchil que parecía una sombra entre la sombra de esa noche que empezaba a coquetear con el sol. Se arremolinó en los marcos desportillados de la ventana. Puso las manos sobre la piocha, rodeándola, y colocó los codos en el marco de abajo… allí lo besó la sombra de la noche que se iba y la claridad de la mañana… a lo lejos, detrás de la loma escuchó el canto de un gallo; los ojos se le encandilaron y su compadre no llegaba. Ni luces de la carreta y sus ruidos…

A las nueve de la mañana, sentado a la sombra del guamúchil acariciaba la tercia de quinas con las que perdió en la Misión de Guadalupe. Cada rato se levantaba, estiraba los brazos y miraba para el arroyo y el palmar.

A los días de haber escuchado el rechinar de las ruedas de la carreta, lo empezó a oír todas las noches…al principio se levantó como si fuera caporal de veinte años.

“Ahí está el pinche ruido otra vez.”

“A veces se enreda entre el viento como si algunas personas estuvieran platicando en la bajada pedregosa. Otras, el rechinido destripa las sombras de la choza y parece que se esconde en el veliz que mi vieja olvidó en la corretiza por dejarme.”

Poco a poco el rechinar de las ruedas de la carreta fue ocupando un espacio entre los cachivaches que formaban la “lista del mandado” de su memoria, que por ser tan cotidianos y comunes ya no le causaban ningún sobresalto: viento, ruido del arroyo, trotar del caballo, ecos de pisadas, voces de los vecinos, partir de leña, arrear chivas, ladridos de perro… el rechinar de la carreta se formó en su mente y empezó a pasar desapercibido. Lo escuchaba sin escuchar.

Después de que las ojeras le pesaban mucho y las arrugas seguían peleando un lugar, las cartas de la baraja formaron parte de las sombras de su choza.

Las tres quinas permanecen empolvadas en un cucharón grande que está colgado cerca de la estufa de leña.

Algunas noches escucha muy cerca de su almohada el cuchicheo de las tres: “pensé –cuando nos destapó a las tres- que Manuel volvería al caserío cargado de monedas de oro,” dijo la quina de corazones rojos. “Nunca pensé que le fueran a ganar esa mano,”  intervino la de diamantes.

“Pero de ninguna manera somos responsables de que su esposa lo haya abandonado,”  -terció la de tréboles.

Doña Josefa secó el sudor de su frente; con el rebozo puso una mano como visera, miró al sol que más bravo que otros días parecía moverse para abajo y para  arriba.

Todavía “mirando estrellitas” volteó de reojo para la choza de don Manuel. Miró para el guamúchil:

Desde hace muchas lunas don Manuel no se sienta abajo del árbol, -dijo para sí.

Se inclinó, tomó el balde y la escoba de racimo de dátil y se desmoronó en el hueco oscuro de la puerta…en pedazos se tropezó con las sombras que todos los días esquivaban sus pisadas de luciérnaga. Alea Jacta Est. 10-11-16  Miembro de ESAC.