Anécdotas sierreñas: Balbino Castro y el león

JOSE ANTONIO MARQUEZ CASTRO

Esta historia se desarrolla a mediados del siglo pasado, cuando San Luis Gonzaga conservaba aún gran parte de su grandeza; además de la misión y de sus antiguos edificios, en esos años había una aceptable actividad comercial, siendo la ganadería una de ellas, puesto que gran parte de la vida de los habitantes de la región giraba en torno a la cría y venta de ganado.

Balbino Castro vivía en esa comunidad. En una ocasión salió en busca de unas vacas que se le habían perdido. Tomó el camino real, a pie, hacia el norte. Más adelante halló una vereda, por donde andaba su ganado, según le habían dicho.

Balbino ya había recorrido esos caminos en muchas ocasiones, tantas que ya se los sabía de memoria. Conocía los atajos, los arroyos, las subidas, las piedras, hasta los árboles que había en el camino. Sin embargo, en el campo siempre hay algo nuevo que aprender.

Balbino ya pasaba los cincuenta años. Su pelo entrecano lo manifestaba, todavía estaba fuerte y acostumbrado a caminar. Estaba un poco pasado de peso, cuestión que lo hacía sudar en demasía. Su sombrero le amortiguaba un poco el calor, pero no era suficiente para evitarlo.

Con la lona y la cobija para dormir en el hombro, y el cuchillo que nunca faltaba, se enfiló más hacia la sierra.

Era julio, pleno verano. Salió cuando la mañana estaba aún fresca, pero ya al mediodía el calor comenzó a arreciar. Llegó el momento en el que sol caía con todo el rigor del mediodía, quemando hasta las entrañas. Aun así continuó su búsqueda que se extendió hasta la noche.

Cuando oscureció, buscó dónde dormir. En la zona serrana, los rancheros duermen en donde se les hace noche. Tendió su lona y su cobija después de hacer una fogata. Se recostó, se tapó con la cobija porque en la noche, aun de verano, el aire del Pacífico enfría el ambiente a tal grado que obliga a cubrirse, a diferencia del golfo, región en que el calor permanece las 24 horas. Finalmente colocó el cuchillo debajo de la lona, a la altura de la cabecera. Se quedó dormido plácidamente mientras observa cómo poco a poco se iba extinguiendo el fuego que durante un buen rato amainó el frío de la noche que, particularmente, parecía boca de lobo.

Por la madrugada sintió que algo le oprimía el pecho. «¡Es un león!», pensó. No lo sabía, pero por el peso así lo intuyó. Permaneció inmóvil eternos segundos. Con todo cuidado comenzó a sacar la mano para tomar el cuchillo, poco a poquito, poco a poquito. De pronto el animal le sujetó la mano. Balbino no se volvió a mover hasta que el león fue aflojando. Entonces el león arrancó la cobija hacia los pies. Así, efectivamente, descubrió que era un león de la sierra. Comenzó a sudar, pese al frío que hacía.

El león comenzó a jugar con él. Lo movía para un lado y para el otro como muñeco de trapo. Ya lejos del tendido y del cuchillo, y él haciéndose el muertito, porque no le quedaba de otra. Dicen que los leones eso hacen, primero juegan con su presa, sea venado, liebre, o cualquier otro animal, y después la matan.

En una de esas suertes de juego del león, Balbino quedó boca arriba y el león le dio un jalón en los ijares —la parte lateral del vientre en las personas y en algunos animales— que lo destapó, dejándolo pelado, sin camisa y sin pantalones. Nada. El animal le hizo trizas la ropa. Al tiempo que el león le puso la nariz en el ijar —los felinos salvajes siempre comienzan a comer por ahí—, pensó Balbino: «ahora sí, ya me llevó la fregada».

Balbino conocía todos los peligros que en la soledad del campo acechaban a los furtivos visitantes y en su vida había sorteado muchos momentos difíciles, pero ahora sintió que no viviría para contarlo. Eso pensaba mientras cerraba los ojos, cuando sintió la fría nariz del león en el ijar. El león, entonces, comienza a estornudar repetidamente. Se retiró a sentarse cierta distancia, viéndolo sin dejar de estornudar. No se movía. Sin embargo, regresó otra vez y le volvió a poner otra vez la nariz fría en el ijar para iniciar el arranque. Balbino se encomendó a todos los santos habidos y por haber. Para su buena suerte, le volvió la estornudadera al león y éste se retiró nuevamente. Al tercer intento le pasó lo mismo. Entonces el león dio la media vuelta y se fue, por allá, por la vereda. Durante un rato, cada vez más lejos, se escuchaba que todavía iba estornudando.

Pasó un buen rato para que la tranquilidad le volviera nuevamente a nuestro personaje, pero ya calmado de tan desagradable experiencia se volvió a acostar así como estaba, reanudando el sueño interrumpido.

Otro día, en la mañana, Balbino vio el montón de huellas de los leones alrededor de él. Por lo que supo no era uno, sino varios de ellos.

¿Qué fue lo que pasó? ¿Por qué el león no se comió a Balbino?

Así lo explica el protagonista de este relato:

«Como el león come pura cosa fresquecita, no come nada que huela mal. Por suerte que no me había bañado en tres días. Por eso no me comió la bestia. Yo les aconsejo que, si van a salir al campo, no se bañen, porque el león eso tiene, que si se le apesta la comida ya no se la come. Devora nada más puro acabado de matar.»