LAS MEMORIAS DEL VIGIA

DE: Gustavo de la Peña Avilés

Ed: Instituto Sudcaliforniano de Cultura.2015

 

Miguel Ángel Avilés

 

Todos sabemos que ahí es el fin de la tierra. La tierra nuestra. Pero también donde comienza, según lo veas, porque puede arrancar de ese punto y salir disparado hacia el norte, el Tijuana de claroscuros que ha sido el sueño para muchos lugareños. Principio o fin, nacimiento o destino. Historia, terruño, caserío, bonanza, misterio, lo que ofrezca: de cualquier modo solo tiene un nombre verdadero: Cabo San Lucas.

El mundo es infinito pero desde donde estés y en cualquier lengua que pronuncies, alguien habrá de saber que, en esta parte de la península,  se erige este pueblo sobre el que ahora habremos de saberlo todo.

Las Memorias del Vigía, de Gustavo de la Peña Avilés es precisamente lo que reza el subtítulo: Cabo San Lucas en su historia.

Nada breve, por cierto, a no ser porque al adentrarte en sus páginas, lo que va contando su autor, te hace continuar una tras otra, y todo eso que has leído, gracias a su encantamiento, se vuelve, sin desearlo, perecedero: el punto final que no quisieras, porque de seguro cada quien habrá de tener su odisea que contar sobre este pueblo hoy referente para cualquier turista que aprecie lo sublime, ayer una delegación y mas ayer un par de casas o la virgen soledad a punto de ofrecerse al mundo para siempre.

San Lucas no se hizo en un día y su autor, a los 21 años cabales, hubo de saberlo a costa de escudriñar, según nos dice, por cuatro años , en manuscritos, mapas y documentos antiguos; fotografías, museos, archivos , bibliotecas, donde se zambulló, como el mejor de los rastreadores,  en esos libros heredados por otros escritores como don Pablo Leocadio Martínez, José Andrés Cota Sandoval , estela Davis y desde luego referentes obligados como Miguel del barco y otros tanto que  ofrecen a De la Peña Avilés el andamiaje o la materia prima para construir su propio edificio editorial , muy a su estilo, muy a su manera, a través de la crónica como género narrativo.

Así se las gastó para lograr este libro: fue un vigía como lo es ese cerro antiquísimo que vino a inducirlo para ponerle nombre a esta obra.

Dieciocho capítulos más anexos gráficos y fuentes de información, componen este libro que puede ser la punta que cave en cualquier pedazo de sombra o en cualquier resolana de esta región y exhume los cadáveres de lo que vinieron desde el enigma-el autor deja la duda- y se fueron acercando en canoas o más bien balsas que les quedaban al chingazo para sortear tempestades y resolver el asunto del hambre con la pesca.

Rubios eran para algunos los pericues y bien asentados refieren las fuentes y añaden que de piel cobriza. Eso en tratándose de los hombres porque a las mujeres las describen de buen parecer, de talla chica y cabello largo, tal como lo usaban la mayoría, incluyendo a los varones.

En cuanto a la vestimenta debo suponer, según se lee, que aquí no se distinguían en mucho de algunos que vacacionan este paraíso que ahora es cabo san Lucas, pues nos dice que andaban desnudos o con taparrabos, es decir, con escasísima ropa como hoy en día podemos observar a los visitantes y a las visitantes que locos de contentos y de felicidad gozan de las bondades que ofrecen los atractivos turísticos que, en homenaje al voyerismo, se han de contemplar en todo lo largo de la playa o en ese tal cabaret Topless Sport Bar o el mentado Twenty o La Sirenita o El Amnesia. Bueno,  eso es lo que me han dicho.

Total que esos que llegaron desde Siberia o la Polinesia o desde no sé dónde, la armaron y esto que ahora vemos, fue así como se fue fraguando . Pesca, recolección de moluscos o frutos silvestres para alimentarse; chozas o un hueco en la tierra para dormir y pasar los días. De este modo, vinieron muchas lunas y muchos soles hasta forjar las rancherías, no sin antes irse extinguiendo una tribu muerta de enferma o esclavizada hasta no quedar ninguno.

Fue así como entre expediciones y un buen sitio para el refugio de piratas , entre Hernan Cortes y toda su people , visitantes , reportes de Viscaino , y otros más , el nombre de  Yenecamú, la propiedad concedida a Don Cipriano Ceceña, la estatua de San Lucas, una gran tromba, La Nao de China, el puerto de la Cuadra, un sinfín de personajes con nombre y mote y por supuesto, el imponente dinosaurio de piedra que del Barco lo describe con la fascinación y el embeleso que  provoca y que desde luego es el glorioso arco que todos conocemos, es como se fragua pian pianito y a lo largo de la historia este lugar entrañable para propios y extraño: su majestad Cabo San Lucas, tan vivo y seductor como lo ha sido siempre para muchos que nos tocó nombrarlo confianzudamente como “San Lucas” para diferenciarlo de “san José y como lo es ahora, ese punto turístico que fue creciendo año tras año hasta reventar en este destino vacacional que es ahora  con todo el bien y el mal que eso implica.

No vayan a creer que les contaré todo: lo que les digo es apenas un tentempié mientras ustedes, lugareños o no, californios o no, pericues o no, misionorenos o no, pariente de mi pariente y autor  o no, se disponen a leer en su totalidad este reporte de cómo nació, creció y se reprodujo lo que hoy es bien llamado, con certera puntería, el FIN DE LA TIERRA.