La paz de La Paz…aquella Paz, esta Paz

“La paz, puerto de Ilusión,

remanso de luz y amor…”

Chayito Morales.

 Me gustaba más La Paz cuando no había tanta balacera.  Me gustaba más La Paz cuando había paz. El punto de quiebre que nos hizo saltar de la delincuencia de barandilla a la delincuencia organizada no sé exactamente cuándo ocurrió, pero esto ya se puso feo.

No quiero decir que antes todo esto era un paraíso, la antesala del edén; para nada. Sin embargo, la percepción en aquel entonces, no era de zozobra , tampoco se andaba con el Jesús en la boca cuando se salía a la calle, temiendo que se desatara un enfrentamiento por donde ibas o que, en tu colonia, a espaldas de tu casa, encontraran a un ejecutado o dejaran como coladera a un cristiano que, en unos minutos , se sabrá más de él, con todo su currículo delictivo de por medio, que de sus ejecutores, pues, nuestra policía, suele darnos mayor información del que ya se echaron al plato que de los que salieron huyendo con rumbo desconocido.  Es una criminalística muy a la mexicana: la primera línea de investigación apunta hacia el occiso y es el primer sospechoso.

Se afirma por lo estudiosos que no hay crimen organizado si no hay contubernio con el poder. Eso significaría que, en este lamentable episodio que vive la historia criminal de La Paz, no se están enfrentando los buenos contra los malos, como solíamos clasificar a los rivales en las series que en antaño trasmitía el canal 10, sino que aquí los grupos supuestamente antagónicos-los que están dando guerra y los que están obligados a mantener el orden- pueden ser como la arena y la marea donde no se sabe  en qué límite termina una y donde inicia la otra.

La ubicación geográfica de La Paz pudo ser una razón por la cual , en el pasado, no sufrió un crecimiento delincuencial alarmante  en cuanto a la incidencia y al tipo de delito, que mas bien eran materia prima para la nota roja de los periódicos locales, pero no se podían considerar de gran impacto; a lo mucho, en todo caso, eran ejemplos de conductas antisociales cuyos participes , con sus excepciones, pertenecían a las colonias populares estigmatizadas porque ahí se podía concentrar la raza brava y aquellas emergentes en la periferia cuya composición  sufría un mestizaje entre los que eran oriundos de esta región con los que venían del interior de la republica a domiciliarse, luego de que la familia había venido en un primer momento por motivos de trabajo temporal.

Acaso en esta época, había algunos episodios que, por peculiares, tenían mayor resonancia que otros  como aquel, de hace muchos años, cuando asesinaron a la encargada de la joyería Él Brillante para robar en ese establecimiento y al tiempo agarraron a un tipo que hasta la fecha todavía se declara inocente. Antes no se veían nada de esas herejías, a lo mucho puros borrachos o pleitos de cantinas cuyos intervinientes iban a parar a la comandancia y con una multa los sacaban y hasta los policías eran tan buenas personas que ni parecían policías. Es más, ni cereso había, nomas el mentado Sobarzo, una especie de cárcel pública municipal, ubicada en la calles Altamirano Esquina y Constitución,  en ese edificio bien bonito construido con pura piedra cantera donde una vez un gringo se cortó los huevos con una navajita de rasurar y se le llamaba así porque, en la época de los treinta, fue un hospital antituberculoso con el nombre de “General Manuel Sobarzo”.

Por eso, al ocurrir esos homicidios inusuales como el de esta pobre empleada, la gente pensó que llegaba la perdición y ya no dejaban la puerta abierta de su casa tan fácilmente ni tendían un catre en el patio para dormir en las noches, porque temían que de repente ese asesino se aparecieran por las colonias y continuara con sus atracos de bandido; por fortuna, todo se apaciguó cuando anunciaron que el culpable ya estaba tras las rejas, pero pronto se empezó a comentar que él no era el verdadero matón y que lo habían agarrado a lo mucho por su parecido con el retrato hablado de un hombre de grandes cachetes y cuerpo exagerado y que no era justo que una persona estuviera tras las rejas encerrado por pura similitud.

Tales acontecimientos no tenían precedente. Lo más tremendo que hasta entonces se había sabido era la presencia, casi mitológica, del llamado Barbón de la Guerrero que, escogiendo esa colonia para cometer sus fechorías, resultaba imposible dar con su paradero. No obstante, eso no evitaba que, sin haberlo tenido frente así, la vox populi lo describía como un hombre entrado en años, muy alto, vestido de negro, con sombrero del mismo color y que solía dar pasos de cinco metros.

También por esas fechas, la misma conmoción popular hizo eco a la historia de los llamados Pantaloneros, una extraña banda que, amparados en la obscuridad, se metían a la casas y  asaltando los tendederos instalados en los patios, se llevaban exclusivamente los pantalones levis 501, tan de moda en esos ayeres, de ahí quizá su obsesión por estas prendas.

Lo demás pudo ser leyenda o simple latrocinio de barrio como Los Nagudos,(nombre que derivó de la palabra “enaguas” ) y era una banda que atracaba a plena luz del día, algunos vestidos de mujer; o la gorda robacuentos que una tarde le dio por aprovecharse del descuido de los vecinos para meter medio cuerpo por la ventana y  llevarse los ejemplares de historietas que alcanzara. En el terreno de las pandillas, habría que citar a manera de ejemplo solamente, a Los Calambres, a Los Teresos y, antes, a Los Pocholes, que frente a lo que vemos hoy, estas huestes setenteras se verían como unos pacifistas.

Frente a estas nimiedades, los delitos de más color que acarreaban muerte sacudieron a la localidad porque esas cosas sólo se miraban en las portadas de la Alarma, esta revista donde salían hombres descuartizados y sangre por aquí y por allá, pero hasta ahí llegó la cosa, a lo mejor para que siguiéramos pensando que todo iba a seguir tan tranquilo como siempre.

Al tiempo, de nuevo todo se redujo  a lo que documentaba La Voz del Sur, ese diario de mucha fama local, que paseaba sus noticias en un carro con perifoneo y anunciaba la nota roja por toda la ciudad. Ahí estaba la cara del vecino, a la vuelta estaba la detención de un robacasas, del otro lado aparecía un golpea mujeres aunque nada se dijera aún de la violencia intrafamiliar y cosas de género.

Eran, digámoslo así, un ambiente criminal morboso, pues existía la costumbre de que las señoras se quedaran buen rato afuera de sus casas con los puños en la cintura, en espera de su adquisición, para leer como estuvo eso de la captura del hijo de su amiga o del viejo ratero de la colonia que volvía a caer por que no se le querían quitar las malas mañas o nomas para curiosear la foto que ese día trajera casi como una reliquia y leían antes que nada el nombre del detenido haber si le sonaba el apellido o se le hacía conocido el facineroso en turno que retrataban.

Por eso días, de repente apareció en escena el temible comandante Hiram Jinner Ramírez, de rostro cadavérico, con cicatriz intrascendente y de controversial fama y azote de todos los narcomenudistas de la ciudad. Este hombre era como una fusión de Agustín Lara y Juan Oról pero vestido sin traje ni nada de eso, que logró muy buenos resultados en el ofensiva hacia un crimen desorganizado apenas incipiente.

La gente  decía, escéptica, que agarraba a puro contrabandista de las colonias de los amolados, tal vez porque en aquel entonces no existían los mentados capos y si existían no se daba con su paradero o no se mencionaba a nadie de renombre.

Hiram Jinner Ramírez también le subió las ventas grandemente a los periódicos locales porque llegó un momento en que la gente nomás los compraba para saber quien había caído en las redes de tan temido comandante. Más de una cara conocida nos mostró a los lectores argüenderos, aunque lo curioso es que al poco rato esos conocidos andaban otra vez afuera y seguían en lo mismo  como si nada hubiera pasado.

De pronto se dejaron de atrapar a tanto malhechor y de pronto también dejó de salir el nombrado malacara Hiram Jinner Ramírez. Era muy efectivo, según se miraba y ya había logrado su respeto, pero desapareció como un hechizo y nadie daba razón atinada del personaje. Eso sí: todos daban su versión como la más contundente, la más fidedigna: una voz lo mandó a Tijuana de vacaciones, otra versión lo concentró en el D.F. con la FBI, porque después de saber su record que impuso acá lo habían mandado llamar para dirigirla, la más pesimista se lo llevó a Ciudad Juárez y allá, sin consideración alguna, lo mató en cumplimiento de su deber.

Vaya usted a saber qué pasó con él, lo cierto es que La Paz, como cualquier otra ciudad, siguió creciendo y llegaron, como la humedad, los capítulos que hoy estamos viviendo, donde hoy ejecutan a uno y mañana también y todo parece incontrolable.

Pudo ser el reventar de una alcantarilla cuyos gases al menudeo se fueron acumulando y la sociedad civil no le dio importancia. Tampoco le importó a una autoridad que, representada por los tres niveles de gobierno, veían pasar como cosa menor, las notas sobre la detención de narcomenudistas que venían a ser apenas la primitiva bola de nieve (blanca) que se estaba formando y que vino a constituir la proliferación de un negocio muy rentable, poco atendido o poco controlado que no encontró oposición por parte de los persecutores de los delitos sino la simpatía y confabulación de quienes movían los hilos del poder sudcaliforniano: nuevos gobiernos que se alternaban, no para ser distintos y combatir los males sociales como lo decían en sus revolucionarios discursos,  sino para abrir un mercado licito e ilícito que les garantizara la permanencia en el gobierno el mayor tiempo posible.

No olvidemos el asombroso capitulo ocurrido pocos años antes-1995 para ser exactos- en los llanos del Baturi, allá cerca del ejido Melitón Albañez , al sur de Todos Santos cuando un jet(un jet!) aterrizó y se impactó de lleno con su nariz como si un pelicano se arrojara de pico sobre la mar.  El avión venia cargada de oro blanco y luego de descargarla con la ayuda de los que deberían de detener a los tripulantes, este fue enterrado, así nomas, como si se enterrara la caca de un gato.

Si no la suma de evidencias, si había al menos indicios de que, en las aguas del mar de cortés, particularmente de La Paz, hacia el sur rumbo a Los Cabos, se podían pasear, como chaca por su casa, distinguidas personalidades del crimen organizado que más tarde serían atrapados cuando las aguas del golfo los bañaban.

Este cartel, con origines en el Norte-como se refieren los paceños a Tijuana- era uno de los cárteles más grandes y violentos que operaban en México para la década de los 80 y 90, pero paulatinamente fue debilitado de manera considerable a raíz de la captura y muerte de sus principales líderes,( una de las más recientes ocurrió en el municipio de Los cabos)  funcionando a la fecha como una pequeña organización escuálida y dividida.

Mientras esto ocurría, un gobierno impasible se desplegaba en la Baja.

Parecían casos aislados, como suele decir la autoridad, ya como lugar común, cuando se vuelve fallida. Era una llovizna apenas frente a lo que estaba por caer en los siguientes años: una granizada de balas y un llover de muertos, ejecutados, levantados, descuartizados, quemados, enteipados, enterrados, encobijados y desaparecidos como nunca antes lo habían visto en la capital del Estado.

El espacio desocupado por la gente de Tijuana entró en disputa o pudo subastarse, ya no sabemos. Lo cierto es que aquel asiento parecía no ser de un dueño incuestionable y había que combatir para triunfar en esa disputa.

Los peces chicos, además, se habían convertido en un fuerte cardumen que le hacían la competencia desleal a los peces gordos, invirtiéndose de este modo una cadena alimenticia siempre jerárquica y esta osadía era un peligro para el gran mercado. Había que comenzar un exterminio que fuera ejemplar y eso significaba arrasar con narcochangarros que estaban proliferando considerablemente, sin mucho esfuerzo,  como si fueran almendros en el huerto de una casa.

Quien venía da mandamás y  desde antes capitaneaba ya las plazas cruzando el charco, deseaba todas las canicas para él y lo ajeno, de resistirse, merecería sentencia de muerte.

Hubo resistencia y se desató la balacera en ese puerto de ilusión, remanso de luz y amor. Lo sosegado se volvió una beligerancia imparable donde los combatientes, en unos cuantos meses, desaparecieron una imagen de tranquilidad que por décadas le había durado al puerto.

Esta guerra de guerrillas entre traquetos acarreó consigo una mortandad por demás inédita frente a la cual el poder público e instituido nada pudo hacer para detenerla. Nunca se midió el posible desbordamiento de lo que se dejó hacer y se dejó pasar  y de repente ya había tocado tierra un Frankenstein choyero que escupía sangre en cada calle, en cada esquina, en cada colonia.

De la panza de esa criatura salió lo indecible y lo indeseable. Era el peor chubasco sangriento que no previeron los meteocriminologos. Las fuerzas del orden buscaban una explicación pero nunca escrudiñaron frente al espejo donde, seguramente, hubieran encontrado muchas respuestas.

De pronto, como por arte de mafia, alguien paró el juego y los ejecutores volvieron a sus cuarteles. La plaza parece ahora un niño dormido que por fin pudo ser amamantado.

La ciudad, por su parte,  parece esa otra ciudad, la de antaño, donde no había tanta balacera.

Solo esperamos que este aguacero de cierta paz  nos dure toda la noche, otro día y otro más y que, por el bien de todos, ya no escampe.