Imitación, invención y modernidad en las Vidas… de Vasari

Leonardo Varela Cabral

 

Dentro de los muchos temas y aspectos de la obra de Vasari que valdría la pena reseñar, sobresale el enfoque laudatorio que otorga a sus biografías, que más que eso son exaltación y defensa, no tanto o no solamente de los artistas elegidos, sino, muy explícitamente, de los valores que estos encarnan. En ellos se resume, desde el punto de vista del autor, el cánon de su época. El verdadero biografiado resulta, pues, ese ideal de vida y belleza reconocido por nosotros como Renacimiento y que para el autor de las Vidas… se llama modernidad. La historia del arte (y del hombre mismo) se dividiría en varias épocas, enlazadas por la continuidad de sus avances en una misma dirección: el perfeccionamiento de las capacidades humanas hasta un punto desde el cual el artista sería capaz de revelar o develarnos la esencia misma de cada cosa.

Vasari llama modernos a sus contemporáneos y relaciona sus esfuerzos (también los suyos propios, pues es artista y no se cansa de recordarlo) con el antecedente de los clásicos, a quienes denomina “antiguos” o “primitivos” sin desdén alguno, reconociendo en el viejo modelo greco-latino los orígenes de la triunfante modernidad. ¿Cuáles son los valores que configuran este cánon? Proporción, armonía, simetría, euritmia, luminosidad, decoro… En pocas palabras, categorías adoptadas del lenguaje retórico (literario), matemático y musical, que se adecuan inmejorablemente a la descripción de las artes en su conjunto. Y no sólo eso: categorías que sirven para analizar, explicar, entender y mesurar un modelo de humanidad justamente fincado en la medida de lo humano, tanto ética como estéticamente, donde se unen sin fisuras lo real y lo ideal, lo físico y lo metafísico (por ejemplo, la belleza del alma con la del cuerpo).

Vale la pena destacar el grado de endeudamiento contraído por la cultura occidental desde Vasari hasta nuestros días en cuanto a esta valoración de lo moderno como un salto cualitativo irreversiblemente progresivo en la calidad o en la cualidad de lo humano, ya que se trata de una manera de concebir la historia bastante alejada de lo que piensan de sí mismas otras culturas, para las cuales no existe progreso alguno sino el recorrido cíclico por una serie de estados alternos. La concepción del tiempo finalista judeocristiana y la filosofía platónica sustentan en gran medida esta manera de entender el transcurso de los siglos y las distintas búsquedas emprendidas por el hombre en los campos contiguos de la ciencia y el arte.

Lo cierto es que el modelo analítico planteado por Vasari muchas veces apenas menciona de pasada la obra de los artistas homenajeados, otras veces exagera sus atributos, sin describirlas realmente, y gasta muchas, quizás demasiadas páginas en la discusión de temas que hoy nos pueden parecer un tanto ociosos pero que sin duda alimentaron la necesidad de otorgar un marco racional y relacional al conocimiento y sobre todo a la memoria del arte. Si nos basamos en sus textos, las obras mismas aparecen sucintamente descritas, mientras que el énfasis recae en las biografías y sobre todo en los juicios que se podrían extraer de ellas.

Queda claro que el autor desea establecer primeramente (valga la redundancia) su autoridad para opinar en cuestiones de arte, un tema que en su época rebasa los estrechos límites a que se ha visto confinado en nuestros días. Hablar de ello para él significa discurrir, dialogar y debatir dentro de una dimensión bastante amplia del pensamiento, que incide en aspectos sociales, económicos y hasta políticos. En una época y una zona del mundo (la pujante Florencia heredera de la latinidad) donde se establecen juicios que habrán de valer para el emprendimiento de empresas milenarias, Vasari ejemplifica con la ponderación de los grandes artistas la superioridad del hombre moderno frente al hombre antiguo (también la del latino frente a los demás europeos), partiendo de un aspecto que será imposible agotar en este espacio: la preponderancia de la invención imaginativa sobre la imitación ignorante.

Desde los tiempos clásicos se había planteado como modelo de perfección la imitación (mímesis), que no es lo mismo que la copia, sino la reproducción informada y juiciosa, de la naturaleza. Los artistas del Quattrocento y del Cinquecento –y esto es algo que Vasari comprende de un modo sumamente puntual– llevarán esta premisa hasta sus límites (que el Barroco traspasará), en un terreno donde la imitación es capaz de “mejorar” o “corregir” a la naturaleza, conduciéndola a territorios donde el ideal platónico es susceptible de revelarse. Dicho de otra forma: los artistas del Renacimiento plantean la re-presentación (propiamente la mímesis aristotélica) como una poiesis (invención) visual que conduce al re-conocimiento (un nuevo conocimiento, que ocurre en la apariencia pero transita hacia la esencia). El ojo será la herramienta privilegiada para este nuevo anclaje hermenéutico, a partir del cual y hasta nuestros días vivimos en un mundo predominantemente visual, que desconfía crecientemente de las palabras –antiguamente imprescindibles– como vehículo del logos, y acude, en cambio, en busca de sus imágenes.