“Gladis Monogatari”: un poemario de Víctor Sosa

“Todos los poemas fueron escritos al día siguiente”, dijo Fernando Pessoa. Todos los poetas son, a su manera, extemporáneos. Gladis Monogatari, del uruguayo-mexicano (su nacionalidad y residencia es mexicana, su origen y decir pertenecen a una historia y una tradición innegablemente ligados al sur de nuestro continente), representa un poemario que se ubica entre el pasado y el futuro, fuera del tiempo efímero, aunque ha sido coeditado por el Fondo de Cultura Económica este año y le granjeó a su autor el premio internacional de poesía Jaime Sabines en el año 2012.
En este divertido y provocador libro encontramos un homenaje burlón, neobarroco e inspirado a la tradición miniaturista y reflexiva del relato japonés, que toma como referencia irónica inmediata la proto-novela del siglo XI “Genji Monogatari” (“romance” o “relato de Genji”), escrita por Murasaki Shikibu en un tiempo y lugar donde resulta francamente insólito encontrarse no sólo con una autora de novelas, sino con una escritora de enorme estatura, que ocupa un sitio destacado en la historia literaria del Japón clásico. Los 54 capítulos del voluminoso Genji… narran las vicisitudes amorosas del príncipe Genji, en tanto que el poemario de Sosa desmiembra o desmenuza los avatares de una tal Gladis, compendio y principio del inefable “eterno femenino”.
Los poemas en prosa (o mejor dicho, el vasto poema en prosa) escrito por Víctor despliega una gran musicalidad, exuberancia y abundancia lingüística, que pudieran parecer orientales o al menos extravagantes pero no lo son, porque arraigan profundamente en la tradición literaria de nuestro continente y sobre todo de nuestra lengua, retomando, a veces citando, otras veces haciendo guiños al barroco, a las vanguardias y al llamado neobarroso cifrado en clave gongorina, lezamiana, lorquiana, sarduiana o perlongheriana, dentro de una larga cadena de etcéteras, que lejos de constituirse en referencias pedantes se convierten en vehículos naturales para un fluir discursivo que escurre, excreta y nos empapa. Es un poemario lleno de elocuentes “artificios”, construido como una laboriosa muñeca rusa o una muy trabajada cajita china, lo cual no impide que se disfrute con la alegría y facilidad con la cual se gozan los buenos textos eróticos y humorísticos, o mejor aún, las mejores canciones de venganza y despecho amoroso.
Una muestra de la habilidad descriptiva-inventiva-performativa del poeta, es el siguiente fragmento de Gladis recapitula:

No fui lo que anhelaron mis ancestros: la maja fresca y núbil que en el telar aguarda a su guerrero; la minuciosa bordadora en De la Tour; la beata Beatriz o Laura áurea; la etérea franciscana que cuanto toca cura. Los defraudé: no fui esposa ni santa. No perpetué la especie en nuevas crías ni alimenté la hoguera con más vástagos. Nunca alivié leprosos ni salvé al mundo acariciando un animal dormido. No me incliné ante Dios, a tiempo, atenazada a salmos, hilando en el rosario padrenuestros. Fui, como Kali, negra. Roí del muerto calcio y de los vivos, hemoglobina, cúrcuma y cartílago. (…)

Gladis reina al centro de su karma-sutra, que sólo puede respirar, que únicamente podría existir por la palabra, como criatura absoluta del lenguaje; una mujer que no puede volverse carne y hueso dentro del mundo tangible, pues se constituye por innumerables (a veces incompatibles) fragmentos de cosas humanas e inhumanas, mundanas e imposibles; todas ellas lingüísticas. Más que poema, “drama en gente”, es decir una representación teatral –quizás operística– donde no hay acción sino voces en vértigo.
Un hallazgo infrecuente dentro de las letras mexicanas, que enriquece y dialoga con nuestra poesía, muchas veces tan solemne, y se sitúa dentro de la órbita de lo entrañablemente extraño pero nunca extranjero, sino amablemente a nuestro alcance, a disposición de cualquier lector llamado para disfrutar los desvaríos y las veleidades del poema sin mayúsculas, no idealizado, por el contrario, mundano: hecho de mundo, demonio, imagen, música y carne.