Dossier

Gigantes de la península

Por diversos motivos, la historia antigua de la península bajacaliforniana entronca más con la imaginación que con la memoria. Uno de estos motivos es que tenemos todavía mucho por aprender y descubrir, ya que son grandes los vacíos en el conocimiento de la forma de vida de sus más remotos pobladores. Otro motivo, nada desdeñable, es que la imaginación ha formado parte central   de la memoria   colectiva peninsular desde que se tiene registro, y que por ello a lo largo de amplias porciones de nuestra historia lo real convive con lo fantástico; los datos “duros” con los mitos, las invenciones y las leyendas.

No hace falta más que sentarse a escuchar  las anécdotas de algún ranchero de  la sierra para percibir esta amalgama de registros por donde la narrativa oral nos conduce desde la vida cotidiana hacia lo francamente inverosímil. ¿Será que al fuego de los placeres discursivos importa  más  el  ingenio (y sus efectos sobre  el escucha)  que  la veracidad?  ¿El homo  ludens  sobrepuja los  “hechos”  que  recordamos y transmitimos de generación en generación?

En este cuadrante ambiguo de “memorias imaginarias” podemos ubicar el origen del nombre mismo de California, sobre el cual tanto se ha especulado, y que ha derivado hacia la búsqueda del linaje mitológico o mejor dicho legendario de la amazona reina Calafia; pero también un elemento sumamente conspicuo de la cultura local y regional, como son las llamadas pinturas rupestres.

Vemos en muchos lugares reproducciones de esta forma de arte antiguo (fechada al menos hace 7,000 años) y famosos ícono de figuras humanas, venados y ballenas aparecen tanto en logotipos institucionales como  en la imagen de empresas,  campañas políticas  (a veces) y sobre todo en la forma de souvenirs, obras de arte y artesanías. De alguna forma nos sentimos conectados y tal vez hasta representados por esas imágenes, donde seguramente vemos el reflejo de la vida peninsular, e incluso sus colores más característicos: los del paisaje semidesértico.

Pocas veces nos detenemos a indagar lo que esas imágenes significaron para quienes las elaboraron hace cientos o miles de años y generalmente nos contentamos con descubrir lo que actualmente significan para nosotros. No puede ser de otro modo. El arte, el símbolo, es siempre actual. Resulta francamente imposible ver esas imágenes, ya sea en su entorno real o en reproducciones, sin inventarnos alguna historia al respecto, sobre todo, insisto, ignorando la mayoría de las veces cuál fue el contexto real de su producción.

Ya desde el siglo XVIII, cuando los jesuitas asentados por el rumbo de San Ignacio y su misión preguntaban a los cochimíes si sabían quién y cómo había realizado tales dibujos monumentales, la respuesta era fantástica: “Los fundamentos que probablemente persuaden hubo gigantes en la California, se reducen a tres. Primero, los huesos que en varias partes se encuentran. Segundo, las cuevas pintadas, lo tercero la voz común de los ancianos”, dirá el cura Joseph Rothea.

Es decir, los viejos cochimíes lograron elaborar una narrativa que relacionaba los restos óseos de animales seguramente prehistóricos (es poco probable que los jesuitas no reconocieran un esqueleto de ballena), la existencia de las pinturas rupestres y el borroso recuerdo de “hombres de enorme talla” venidos del norte, quienes habían protagonizado encarnizadas luchas, que los empujaron hacia la parte austral de la península. Lo anterior permitía responder de manera relativamente convincente una interrogación para la cual seguramente, como hasta hoy en día, faltan piezas cruciales que auxilien en la integración total de su rompecabezas.

No, no sabemos realmente quiénes y cómo eran los proto-cochimíes, guaycuras y pericúes que dejaron testimonio gráfico de su presencia  en más de tres mil puntos de la península, y sin embargo algo indefinido, mezcla de recuerdo atávico y fantasía, magia y pasado común, nos une a ellos estrechamente. ¿Las explicaciones fantasiosas son menos válidas que las científicas ante los ojos del inconsciente colectivo, frente a nuestra “memoria imaginaria”?