Expresión y experiencia: las mitografías del poeta

 

La primera vez que escuché la palabra mitografía fue en el contexto de un trabajo de análisis en torno al arte rupestre. Su autor, el antropólogo francés André Leroi-Gourhan, se refería a este concepto como una forma especial de signos que preceden a la escritura y, sin embargo, de alguna forma la contienen; o al menos contienen la esencia de lo que impulsa a la escritura: ese extraño acto liberador y necesario que une al gesto con la palabra, el mito con el rito dentro de un signo accesible para los sentidos pero también apto para ser diseccionado por el intelecto. Lo más interesante de haber escuchado esa palabra fuera del estrecho ámbito de la literatura era la posibilidad de establecer un fenómeno significativo que no sólo ocurre dentro de la literatura, mucho menos sólo en el alma de la poesía, sino que se encuentra fuerte (y originalmente) ligado con una necesidad plural, diversa y multiforme de expresar lo inexpresable, mágico o sagrado que se halla inmerso también dentro de la literatura, por supuesto dentro la poesía, pero me atrevo a decir, en todas las artes y en todas las diversas formas del saber.

Después de haber escuchado esta bella y sugerente palabra: mitografía, que parece resumir por una parte las necesidades cognitivas del ser humano a través del lenguaje, y por otro lado, también la urgencia por acceder a la dimensión enigmática del lenguaje en cuanto expresión de lo inefable, me encontré con la obra del psicólogo Jacques Lacan, para quien cada palabra es un “síntoma”; es decir el reflejo de una imposibilidad que se concreta, sea dentro del ámbito de la fantasía, el deseo, o el miedo (o los tres juntos), tratando de capturar algo que al final de cuentas –según este autor– resulta perturbadoramente inexistente: la realidad. Llegamos, pues, a la conclusión de que lo único real en este mundo es el lenguaje, con el cual tratamos de constituir/subvertir la realidad del mundo, sin importar cuan “falsa”, “personal”, “subjetiva”, “sublime” o “socialmente pertinente” pueda parecernos a nosotros o resultarle a los demás. El tema estaba, pues, en esa relación místico-mágico-mistérica (y tal vez incluso histérica) que parecemos tener todos los seres humanos con la “realidad” (es decir, con el mundo tal cual lo percibimos), a través del lenguaje; y por supuesto, la relación especialmente conflictiva y al mismo tiempo gozosa que tenemos o creemos tener los poetas con “la realidad” del mundo (su magia, su misterio y su “verdad” subjetiva), a la cual accedemos estéticamente a través del lenguaje.

Creo que un poeta no debe necesariamente preocuparse por elucidar cuáles son los mecanismos secretos que operan detrás del vértigo que lo empuja a escribir un poema, pero al mismo tiempo, reconozco que es inevitable preguntarse desde la poesía ¿qué?, ¿para qué? y ¿cómo? es que el lenguaje adquiere un valor trascendental a través de un poema, y tal como en su momento se lo preguntaron Blake o Rimbaud, ¿de dónde nos llegan esas misteriosas palabras que parecen dictadas por otro pero en las cuales nos reconocemos –o reconocemos nuestra otredad– y con las cuales somos capaces de fijar precisamente nuestra “otra” experiencia; una experiencia que parece al mismo tiempo ser profundamente personal y suele acceder a lo aparentemente universal? Por otro lado, ya lo dije, además de la poesía en la escritura, había encontrado la poesía en otras zonas insospechadas, como en las mencionadas pinturas rupestres, y en mil y un fenómenos o seres, circunstancias, instantáneas y situaciones que hacían ver la escritura poética como algo menos que un apéndice de la “verdadera” poesía, de su genuina e insólita experiencia. Esto no me desanimó a escribir poesía, sino que me animó a desacralizar la escritura poética (algo de cuya necesidad me hallo convencido desde hace tiempo), para buscar las fuentes de la poesía fuera del lenguaje, convencido de que sólo así seré capaz de producir o re-producir esta “poesía de la vida” dentro del lenguaje, es decir infundirle a las palabras otra “extraña forma de vida”, como reza la letra de algún fado.

Sirva lo anterior para justificarme: soy un mal lector de ensayos literarios, pues me irrita la glorificación de ciertos autores y sus obras, la superchería o superstición que lleva hacia la “admiración” de ciertos poetas o poemas, y por el contrario, deseo ferviente, furiosamente, entender la poesía, pero sobre todo entenderme dentro de la poesía, en esos estrechísimos límites del lenguaje (que cada día se me revelan más estrechos y al mismo tiempo paradójicamente inabarcables, cuando nos topamos con un gran poeta como el ya mencionado Blake, Baudelaire o Rimbaud, Paz, Borges, etcétera), sin dejar de mirar hacia otros lados, contemplando otras realidades y otras irrealidades, otras expresiones y sobre todo otras experiencias, que son las que en último grado dan sentido y significado a la palabra poesía: llave que abre la puerta hacia el trasmundo.

Como mal lector de ensayos literarios, agradecí que llegara a mis manos el libro más reciente de Raúl Carrillo Arciniega, porque justamente está escrito para quienes no se preocupan por alimentar la vanidad de este o aquel mundillo literario, sino por bucear honesta e inteligentemente dentro de las entrañas del acto poético mismo, incluso si ello implica reconocer que la poesía existe antes de la escritura poética y seguramente subsiste después de ella. La línea discursiva elegida por Raúl para desentrañar la sustancia de lo poético es impecable; sus referentes también, especialmente cuando elige a Borges y Paz como representantes o fundadores de lo que llama Teoría sobre la poesía (conocimiento de este fenómeno en un sentido amplio) para distinguirla de la Poética (análisis de la escritura o significado de un poema). Coincido con su elección y también confieso mi poca cercanía con Tomás Segovia, el tercer referente elegido, al cual me veo obligado a visitar con mayor detenimiento. Pero me queda claro que Raúl ha sido muy lúcido al ligar a Borges y Paz como los más preclaros representantes del pensamiento poético (y no sólo de la escritura poética) en Latinoamérica durante el siglo XX, acudiendo a dos conciencias contemporáneas y posmodernas cuasi proféticas, que se apropiaron de la tradición europea pero también y sobre todo del pensamiento oriental para poder comprender mejor la poesía como un fenómeno que trasciende a la literatura y nos liga con las fuentes mismas de la belleza y de la vida. Budismo, tantra, resurrección, trascendencia…

Dije desacralizar la poesía porque lo que hay que re-sacralizar es al mundo, tal cual pide Robert Graves, para que nuestra vida y también por consecuencia, nuestra poesía tengan algún sentido más allá del “éxito” literario. Este es el camino que en otros siglos emprendieron Dante, Blake, Baudelaire, Rimbaud y muchos otros más; y que Raúl Carrillo de forma muy sucinta pero completa resume o reasume para insertarlo en la tradición latinoamericana, una “tradición de la ruptura”, diría Paz, que se nos muestra como algo más, mucho más importante que un arriesgado juego de palabras: es el azar, los dados o los dedos divinos del Creador acariciándonos. Eso creo que sugiere Raúl; más místico, más mágico, más supersticioso y humilde ante la suprema poesía del Universo de lo que tal vez le gustaría reconocer, porque esto es algo que difícilmente se dice en el racionalista y pedante medio académico.

Por último, baste decir que “La mitografía del poeta: filosofía de la sensación poética” me alumbra y deslumbra, pues no es un libro desconectado de la experiencia lectora, escritora, ni de la reflexión filosófica y sobre todo epistemológica actual, ahora que todos los teóricos hablan -¡vaya novedad!- de la “recursividad” del pensamiento científico, de la “poeticidad” del conocimiento social, afirmando de una u otra forma que el pensamiento –toda clase de pensamiento– es simplemente lenguaje y que el lenguaje en el fondo es siempre y simplemente poiesis: la materia de los sueños, analogía, metáfora, imago mundi. Pero eso, diría Raúl Carrillo, ya lo dijo Octavio Paz desde hace algunas décadas.