Cascarita Callejera

Tiempo completo

El miércoles pasado, cuando su esposa dijo: “creo que el fin de semana tendré que ir a la escuela”, el Señor Equis tomó buena nota de ello y le dio la interpretación que 26 años de experiencia le han dejado: “creo que el fin de semana tendremos que ir a la escuela”.

Y como dijo Juan Gabriel: Así fue.

Resulta que la Señora Equis es maestra de tiempo completo, y no sólo porque labore en una escuela de tiempo completo sino porque es de ese tipo de profes que, además de cumplir con lo que deben hacer, siguen pensando en sus alumnos hasta el insomnio; los reciben cada nuevo ciclo con una puerta del salón adornada para el efecto, tienen en su aula desde un alfiler hasta una máquina para buscar tesoros (no para encontrarlos, se aclara), empeñan tiempo que no tienen en buscar becas y apoyos oficiales , organizan talleres para padres, y se meten a veces en camisas de once varas para defender a niños maltratados aunque tengan que echar viajes rodados a instancias judiciales.

Los maestros de tiempo completo (como la Señora Equis) llegan a casa y atosigan a sus familias con los relatos de lo que pasa en su grupo, ensayan explicaciones para los casos difíciles, y permiten que sus familias sugieran soluciones a ciertos problemas: buscan hasta en sueños maneras diferentes en que los niños entiendan lo inentendible a veces, y sacan del gasto familiar para comprar pintura, fichas de colores y otras cosas que se requieran para mejorar los aprendizajes de los escuincles.

El caso es que el sábado, cuando el sol tenía poco de estar en el cielo, el Señor Equis subió al carro un taladro, dos cubetas, cinco brochas de diferente espesor, una bolsita con fruta, aspiradora, cinta métrica, serrucho, martillo, y dos jóvenes universitarios adormilados para hacer las funciones de chalanes.

Aunque la jornada fue anunciada por la Señora Equis como “es sólo un ratito, lo suficiente para limpiar el salón y acomodar los muebles”, la sesión de trabajo se prolongó hasta las dos de la tarde porque hubo que limpiar, pintar paredes, perforar,  insertar taquetes, atornillar, pegar carteles, despegar chicles del piso, y cien etcéteras que nadie entendería a menos que fuese pareja de un docente de tiempo completo en el ejercicio de sus funciones.

El Señor Equis terminó la jornada exhausto, pero feliz de tener una esposa comprometida con su trabajo, una mujer que a veces pareciera que quiere más a sus alumnos que a sus propios hijos aunque no sea exactamente así, una mujer que siempre está buscando una respuesta para la pregunta de un niño inquieto.

El Señor Equis llega a casa por la tarde, y después de la siesta, con ese sol pudridor y maldito de las tres de la tarde, piensa que sería bueno escribirle una carta al Licenciado Aurelio Nuño para describirle las agotadoras jornadas de la Señora Equis, y preguntarle cómo es posible medir esto en un examen; no todos los maestros lo hacen, claro, pero quienes lo hacen y no presumen, quienes lo hacen y no salen en televisión, quienes lo hacen sólo porque es correcto y no por lo que van a ganar ¿Qué trato van a tener? ¿Hay forma de evaluar esta forma de gratuidad en la educación?

El señor Equis piensa en escribir esa carta, pero después de la segunda ballena, y del gol de Benedetto sobre el Cruz Azul, ya no está seguro de querer escribir nada.

Así cómo, pues.