Sopa de papas

El Sr. Jorge Mario Bergoglio Sívori, mejor conocido en el mundo católico como Papa Francisco, ha hecho en los últimos meses declaraciones y expresado opiniones que han provocado sorpresa de los ateos, ceños fruncidos de los conservadores, sonrisas de aceptación entre los miembros más progresistas de la iglesia, y gesticulaciones nerviosas de los jerarcas tipo Onésimo Cepeda o Norberto Rivera.

El nuevo Papa ha declarado que los ateos podemos ir al cielo (uf), que pegarles a los hijos no está mal, que para ser católicos no es necesario reproducirse como conejos, que si alguien es gay quién es él para juzgar, que el infierno es un mito como el de Adán y Eva y como el de la virgen de Guadalupe (recontraufff), que lo único malo del divorcio son las trabas que le pone la iglesia, y etcétera y etcétera…

Yo estoy seguro que algunas de estas declaraciones las ha hecho el hermano Francisco porque de verdad cree en ello, otras a través del buen humor que lo caracteriza, y otras más  movido por el ánimo de que las ovejas ya no sigan escapando del redil para seguir engrosando las filas de la oposición. Lo que pasa es que al parecer no toma en cuenta que en el mundo actual lo que cada vez hay menos es tolerancia y sentido del humor.

Como buena heredera del Imperio romano, la autodenominada Santa Sede siempre ha dado de qué hablar; y como buen sucesor del emperador romano, el Papa en turno siempre ha dado motivos para que el llamado trono de San Pedro se mueva más que si tuviera ruedas, ya que desde tiempos inmemoriales el trono papal se ha visto inmerso en escándalos dignos de las peores realezas del planeta.

Se han conocido Papas de toda índole, como los tamales: de dulce, de chile y de manteca; y no han sido pocos los que han hecho declaraciones que en su momento han cimbrado a las sociedades que son afines a este dogma.

Sin embargo, con la muerte más que sospechosa de Albino Luciani (a) Juan Pablo I, que dio lugar  a novelas y obras de teatro que sostuvieron la teoría de la conspiración para asesinarlo, la institución papal cayó en un descrédito del que pareció salir con la carismática figura de Karol Wojtyla, quien engañó a mucha gente con su sempiterna sonrisa, la cual no le impidió proteger pederastas, golpear movimientos religiosos en favor de los pobres, aliarse con los poderosos para revitalizar el Banco Ambrosiano, y fortalecer la figura de quien a la postre sería su sucesor, Joseph Ratzinger, cuya militancia antigua en las juventudes hitlerianas, y su empecinamiento en seguir protegiendo a curas pederastas, (amenazando a los acusadores con la excomunión, además), dio como resultado su dimisión, y la ascensión al trono del primer Papa latinoamericano de la historia, un Papa que ahora, con sus declaraciones, ha abierto huecos por donde se cuela un aire fresco, de humanidad real que pueden darle vida a una institución monolítica que se ha estado muriendo a causa de su deshumanización, su corrupción, y su alejamiento constante de las personas que forman su grey.

A mí el tipo me cae bien, aunque creo que lo deberían invitar a pasar unos días en esta ciudad. Quizá después de estar un tiempo en un lugar con apagones intermitentes, sin servicio continuo de agua potable, con calles intransitables, con un entramado social muy deteriorado, con despidos masivos de trabajadores, despertando de la XIV pesadilla de Dante Alighieri, con asesinatos diarios, y un calor maldito que te pega la ropa al cuerpo; en un ambiente así, digo, tal vez al hermano Francisco le diera por rectificar un poquito y decir que el infierno no es una metáfora, que sí existe y se llama La Paz.