Mitos Urbanos

Frente a conocido restaurante que se ubica en Márquez de León y Belisario Domínguez, vivió durante los años sesenta Don Chicho, un hombre malvado que poseía una temible escopeta de doble cañón con la que dejó sin piernas a más de un niño, por haber cometido la osadía de levantar los tamarindos que desde su casa caían al borde de la calle. Nadie lo vio nunca y jamás fueron comprobados sus crímenes, pero por las dudas ninguno de los mocosos que pasábamos diariamente por ahí se atrevió a recoger los tamarindos que en la banqueta padecían una muerte natural y se secaban poco a poco.

Muchos años después, en mi sinuoso peregrinar magisterial, jamás estuve en una escuela que no contara con su fantasma particular; desde la mujer de blanco que por las noches atraviesa los pasillos de un internado, hasta la pata de hule que sigue apareciendo en los baños de la escuela primaria en San Miguel del Cuarenta.

Los personajes tortuosos, y los fantasmas escolares que todos aseguran haber visto aunque nadie pueda comprobarlo, forman parte de la mitología urbana: personajes y sucesos que encarnan un deseo colectivo, un temor, la intuición de que algo así puede ocurrir, o simplemente el morbo que toma forma en una historia que poco a poco se va aderezando cuando todos empezamos a formar parte del entramado.

Los mitos urbanos son muchos y muy diversos, y perdería su tiempo quien intentara rastrear los orígenes de alguno de ellos ya que surgen por diferentes motivos, desde un afán moralizante hasta la justificación de una actitud individual o colectiva. Entre los primeros puede contarse el de un enfermo de SIDA que sostiene relaciones sexuales con una chica que ignora su condición, y a quien después de un cierto tiempo el sujeto le da un regalo: una caja cuyo contenido es una rosa negra con una tarjeta que dice. “Bienvenida al Club del SIDA”. Moraleja: No mantengas relaciones sexuales sin protección. Entre los segundos destaca la clásica del mendigo, quien luego de pasar el día lastimosamente se va a su casa resguardada por altas tapias, donde tiende cobijas en las que deposita su fortuna: miles de monedas entre las que se revuelca loco de felicidad. Moraleja: No des limosna, los mendigos no la necesitan.

Lo cierto es que los mitos urbanos poseen, en muchos casos, elementos tan fantásticos como irracionales que uno no puede imaginarse cómo es posible que la comunidad esté dispuesta a creerlos. O quizá ni los creen y sólo fingen que lo hacen para tratar de imprimirle interés a una vida intoxicada de realidad.

Un breve recuento nos permitiría recordar el mito de que los japoneses hacen huelga trabajando y produciendo de más; el mito de que nos envían mensajes satánicos subliminales en las canciones de artistas populares, y que sólo pueden detectarse si se toca la canción al revés; el mito del chupacabras, el de que Joaquín Pardavé fue enterrado vivo, el de los tacos de perro que te venden en cualquier esquina, y el de que Fox tenía cerebro (aunque, bueno, ese casi nadie se lo cree).

Sin embargo las dos leyendas que motivaron esta nota son:

1. Que a los niños se los roban para vender sus órganos. Como si los robachicos contaran con el instrumental, el personal calificado y las instalaciones para extraer los órganos de los chamacos, los medios adecuados para el traslado de los productos, y la forma de hacerlos llegar a los clientes potenciales. Porque se me hace difícil de creer que en medio de la noche uno de estos secuestradores de infantes reciba la petición de entregar medio kilo de córneas o tres corazones en buen estado para la familia del Sr. Clark que está muy averiada en estados Unidos, y que los malandrines se pongan manos a la obra para cumplir con el pedido.

2. El otro mito es el de que López Obrador es un peligro para México. Este es un mito que ha generado otros, como el de la perversidad del Instituto Electoral y el de que el universo entero conspira para que El Peje no llegue a la presidencia de la república.

La verdad es que no creo que Andrés Manuel sea un peligro para México, creo más bien que es un peligro para sí mismo y para su partido, porque de llegar a la presidencia en el 2018 seguramente no sería mejor ni peor de los que han estado, y al ser uno más y no cumplir con las altas expectativas que sus correligionarios se han fijado con respecto a su persona, la esperanza de un mundo feliz (sostenida con alfileres), se derrumbaría finalmente como cualquier otro mito.