Fracaso Predecible

En el libro “El predecible fracaso de la reforma educativa”, escrito en 1990, se dice que el autor, Seymour Sarason, tenía conocimiento de más de treinta años de reformas educativas intentadas en muchos países; reformas cuyas pretensiones eran mejorar, democratizar, modernizar u optimizar escuelas y sistemas educativos.

Como el mismo título del libro lo sugiere: todas fracasaron.

El autor se atreve a predecir que todas las reformas seguirán fracasando mientras no consideren la totalidad, o al menos la mayoría, de los elementos (internos y externos) que influyen en el deterioro educativo; mientras no se evalúen pertinentemente los fallos y logros de reformas anteriores; pero sobre todo, mientras no se alteren o modifiquen las relaciones de poder existentes entre los distintos niveles del personal que trabaja en el campo educativo.

Estos aspectos que menciona y desglosa Sarason en su libro yo los veo claramente expresados en los acontecimientos que han tenido lugar en nuestro país durante los últimos tres años, y que se han caldeado en los últimos meses debido a la puesta en marcha de la evaluación del desempeño docente.

Es predecible el fracaso de una reforma educativa que considera sólo dos o tres factores del sistema; que soslaya, por ignorancia  o por soberbia de sus impulsores, la historia de la educación en México; que es impuesta de una manera provocadora, sin debate suficiente en la Cámara, mediante la vieja fórmula del mayoriteo y la chacota; una reforma, en suma, que ha llevado a contingentes de maestros a tomar las calles y que ha provocado enfrentamientos que no auguran nada bueno.

Un gobierno que no sólo se niega a dialogar con sus maestros, sino que además toma la descabellada decisión de enviar contra ellos a un ejército bien armado para proteger la aplicación de una evaluación cuestionada, es un gobierno dictatorial y soberbio, y como ya se sabe la soberbia parece grandeza pero sólo es hinchazón provocada por enfermedad infecciosa.

Aunque las marchas pueden acelerar su caída, lo cierto es que con marchas o sin ellas esta reforma se dirige a un fracaso inminente.

Aun así, se requiere un diálogo entre el gobierno y quienes se oponen a la aplicación de la reforma, urge; pero ese diálogo no debe carecer de autocrítica, porque si  bien los errores del estado ya han sido más que documentados, también es cierto que del lado del magisterio se pasan por alto situaciones que no lo eximen de responsabilidad; como la misma acción de tratar de impedir que los maestros que quieren evaluarse lo hagan; como el de arengar irresponsablemente a grupos de docentes a ir a chocar contra las “fuerzas del orden”, sin más armas que sus cabezas duras aunque poco resistentes a los toletazos.

Digo esto último porque muchas veces quienes instigan marchas o bloqueos que terminan en encuentros trágicos (y hablo de los verdaderos instigadores, no de sus voceros) no van en esas manifestaciones; tal vez porque justo a esa hora están almorzando con su antagonista y mirando juntos el enfrentamiento por la tele, porque en este ajedrez perverso, quienes están detrás del tablero, moviendo sus piezas y ocupando posiciones mejores, son los menos interesados en la educación de los niños y jóvenes, su interés está seguramente en otras cosas.

Es posible, no lo dudes.