VISITA EN LOS 7 PILARES

Que está muy fuerte la precoz canícula, que al Killiki le quieren cerrar el changarro, que la sed aprieta y no hay a cinco cuadras a la redonda, lugar decente donde empinar –pa la sesesita- una bien forjada helada de maltas amargosas –Por donde estaba “Bertha, La Chaparra”, ahí donde mesereaba –con todo y hernia de las verijas- el Juan Nieto, enseguidita están los “Siete Pilares”- dijo un maitro metichón que nadie le preguntó pero que sí pudo columbrar la baba espesa, el tragadero reseco, las comisuras albas y una especie de síndrome de abstinencia que le andaba torciendo las tripas al recién llegado al puerto.

Y así, con esas señas, que va entrando a ese templo de libaciones y mitotes más popular de la bahía. Eran las diez de la madrugada y hallábase solo el ultramarinero copetendo la madre de todas las hieleras y desparramando los avisos oportunos e inoportunos del periodicote local para forjar todo lo forjable. El extraño no se molestó en pedir una ambarina envuelta en la conferencia de prensa de Palemón, el procurador, cuando ya le reverberaba de gélida una bien forjada ballena en la diestra. Nadie dijo una sola palabra porque el sonido que invadió el famoso oratorio de la sabiduría pop fue un estentóreo gorgoteo esofágico que terminó en eructo, primero y en rápida higiene del mostacho, desde el codo hasta el dorso de la siniestra, después.

Apenas el recién llegado descansó la rabadilla en la gastada barra de guérivo para agarrar aire e intentar otra magna deglución, cuando van llegando los primeros clientes que se le quedan viendo como a perico en gallinero. Tocóse la frente, la nariz, la piocha en busca de alguna extraña erupción en el frontispicio cuando el más joven de la runfla le inquiere acerca de su origen –de San Ignacio- contestó parco y medio chiviado ante la expectación provocada –se los dije- dijo el más viejo, chaparro, fachada de indio. Cobró la apuesta que pagaron resignados con seis de las más heladas y bien embaladas de a litro, entre todas, le tocó una al ignaciano confeso.

Ya con más confiancita -¿ahí nació usted en San Ignacio? – preguntó El Bolas con una risita que el natural de San Nacho ya conoce y que suele ser el preámbulo de la carrilla al que es sometido todo ignaciano. –en realidad nací en Santa Rosalía pero me crie en San Ignacio- respondió a sabiendas de lo que venía, pues el que escucha tal confesión suele unir las famas de uno y otro pueblo, la mezcla es explosiva, pero nadie dijo nada al respecto en consonancia con la seriedad del ignaciano- cachaniense. Nadie osó contar ni el chiste del que ve el billete volando y espera que cambie el viento; ni el del que pide el antídoto para la víbora que lo va a picar; ni el del político que llegó a San Ignacio prometiendo fuentes de trabajo y le respondieron –ya está el simple- Algo que el ignaciano cansado de tales carrillas agradeció contándoles su asunto.

– Ando buscando a un amigo que hace mucho no veo, no ha ido pal pueblo, quien sabe que malos modos vio, a lo mejor alguno de ustedes lo conoce…aunque está difícil –dijo mientras daba una buena borraseada al lugar y al personal – porque mi amigo es un literato de altos vuelos, ha ganado premios nacionales y hasta internacionales con su buen decir y mejor escribir – ha de ser Trasviña Taylor – interrumpió uno –no será el Leonardo Varela o el Mundo Lizardi- dijo otro y así empezaron a correr las especulaciones que fueron desde Chucho Castro hasta el Cristofer. – No, no es ninguno de ellos.

-A ver, ¿qué ha escrito? – preguntó, venenoso, el Carambuyo, pues se notó inmediatamente que la pregunta lo puso en un aprietos porque muy su amigo sería, pero poco había leído la obra del de su amigo escritor. Haciendo un tremendo esfuerzo de memoria –lo tenía en la punta de la lengua- –¡ah… “Cien de catorce” ¡ – gritó casi con júbilo el título –esa es un llave mecánica- dijo al que le decían El Parara –o medida de ropa de mujer gorda- dijo El Bolas –eso no es nombre de libro- opinó la Doña. Otra vez el yaqui sacó las castañas del fuego: – creo recordar que fue un homenaje que le hicieron al profesor Néstor Agúndez, ese gran poeta y promotor cultural de Todos Santos, que escribió sonetos, poemas de 14 versos –explicó- alguien recopiló cien poemas del profesor y por eso le titularon “cien de catorce” –Ándale- se animó el ignaciano – mi amigo hizo el libro..

–bueno, tampoco es para tanto porque los poemas eran de otro, tu amigo nomás los recopiló- concluyó el universitario bajándole los humos al ignaciano.

Ya sé quién es- dijo apretando los párpados el viejano –yo también- dijo la doñita y prosiguió – es un barbón que venía de vez en cuando, que se sentaba en aquel rincón –señalando las cajas donde estaba sentado El Parara- que poco hablaba y cuando lo hacía, era muy rementiroso, no crean que no –remató la Doña – muy marro a la hora de la disparada- dijo otro … –que ha explotado, desde entonces –continuó el yaqui- una columnita que ha llamado “Los siete pilares”, en alusión a este antro del saber y que se le ha olvidado regresar con las regalías, por cierto- terminó con una cola de esas que llaman chifleta.

¡El Juan Melgar- dijeron casi a coro la Doñita, El Bolas, el Carambuyo, El Parara y a lo último el Chaman Yaqui –se los dije- y volvió a cobrar otra apuesta ante el atónito ignaciano, mientras se abría paso el Juntabotes, conocido empresario del aluminio prensado que sin saludar informaba con la tablet en mano – ¿ya vieron el último artículo del Melgar? … que detuvieron al Bolas en el retén de Todos Santos – i, ya me andaba- dijo el orgullo del Calandrio…y de la universidá.