Viaje a Santa Rosalía

Pasé muy temprano por mi amigo René Farías, Cachanía de abolengo, residente en Milwaukee, a quien la nostalgia lo ingre al puerto minero; tarro de café en ristre, atacamos la Transpeninsular e iniciamos una larga conversación que duraría casi cuatro días. Sin novedad cruzamos a El Valle de Santo Domingo para dirigirnos a las montañas de Lugui, volver al golfo y llegar a desayunar en la primera capital de las Californias. Reanudamos hasta llegar a Bahía de Concepción, obligada parada con el objeto de beber paisaje y para recordar al Dr. Julio César Juárez, El Cuirri, pues. Farías, un viajero irredento, después de fatigar maletas por casi toda Europa, China, Japón y parte de Africa, aún se extasía con el espectáculo de la naturaleza en esa larga bahía donde –en ese momento- los pájaros marinos anunciaban a un grupo de toninas que perseguían un “comerío” de sardinas.

Empezaba a soplar el norte, ya desde Loreto observamos la mar picada, cuando llegamos a Santa Rosalía la marejada era evidente, la temperatura había descendido. Nos esperaban en el Hotel Francés, como siempre, un trato de primera. El crujir de la duela, el chirrido de las puertas, los techos elevados, la madera envejecida, trasladan al huésped hacia los nunca bien ponderados tiempos bolerianos, cuando los franceses –esa casta divina- se divertían, se reunían y dirigían el enclave minero desde Mesa Francia. La vista es inmejorable, las chimeneas, los talleres derruidos, los techos desvencijados, la fundición, las piletas, los vestigios de rieles, el chute que se extingue, el muelle, el mar de fondo. Pasamos por la Dirección –ahora museo- para bajar por los escalones del hospital hasta la explanada de la iglesia de Santa Bárbara. Algo raro había en la perspectiva general del centro cachaniense.

Llegamos al nivel del Hotel Central, pasamos por la calle tres, frente a la tienda de raya –ahora Casa de la Cultura- ya habíamos observado el orden de las calles, las banquetas bien conservadas, la señalización peatonal y vehicular, los estacionamientos, las rampas para discapacitados, y en la medida que avanzábamos por la calle cuatro y cinco constatábamos la notable mejoría de calles de Santa Rosalía. Nos habíamos acostumbrado a ver las banquetas incompletas, destruidas, tanto que en La Paz cuando alguien caminaba imprudente por la calle, no era raro el grito: ¡súbete a la banquera, pareces de Cachanía!- en verdad no se podía caminar a riesgo de torcerte un tobillo, además del pavimento carcomido y casi siempre fugas de aguas negras. El panorama actual es muy diferente. Así, Llegamos a la panadería a sonsacar –sin éxito- al Tiquirí Gastélum, amo y señor del famoso pan boleriano.

Seguimos por la calle cinco, por la no menos famosa Six Street- de ahí, a la Calle Ancha, en el viejo y casi centenario salón de la mutualista preparaban festejos, se colgaban guirnaldas, se guapeaba el lugar. El puesto del “Quiloehuesos” sin función, polvoriento, arrumbado y la nostalgia enfrente del Cine Buenos Aires, lugar de las primeras películas y los primeros romances. Seguíamos avanzando rumbo a Ranchería, frente a las banquetas altas de la calle nueve, sorprendidos observamos que la rehabilitación de la ciudad se extendía a las casas: estaban recién pintadas, los corredores, los portales y hasta los techos, era una Santa Rosalía nunca vista, la mejoría era evidente, algo que constatamos cuando llegamos a la calle once, hasta el parquesito Zaragoza.

De vuelta hacia el centro, no dejaba de sorprendernos el orden, el color, la renovación del viejo mineral, acompañado además por nuevas construcciones que han seguido la línea arquitectónica boleriana, que no desentonan con la perspectiva general, que le agregan armonía al conjunto que le dan esa rara belleza a Santa Rosalía.

El paso de Santillán por la alcaldía mulegina no parecía ser el caos general que se informaba tanto por buena parte de la prensa como por voceros oficiosos del partido en el poder y del gobierno. Es evidente el rescate que ha experimentado Santa Rosalía, que no podría –por el escaso tiempo en el poder- atribuirse al gobierno actual, que han anunciado, pretenden transformar a Santa Rosalía en “Pueblo mágico”. No debería tener problemas para recibir los beneficios de ese programa, pues urge una “manita de gato” profesional para la conservación de los edificios emblemáticos como la Dirección, el Hotel Central, La Biblioteca –el kínder- la presidencia municipal –escuela Benito Juárez- la mutualista Progreso, la fundición y los talleres, las chimeneas, etc. y cuando se hacen estos recuentos uno recuerda edificios bolerianos que fueron derruidos, desaparecidos así nomás, sin ninguna justificación, ¿cómo fue que lo permitimos? ¡como para darse topes en la pared!. Vienen a la mente la Aduana, una bellísma construcción con un corredor circular y planta doble; el cine Trianón y casas de zonas centrales que fueron sustituidas –en nombre de la modernidad- por horribles cajones de cemento, cristal y aluminio.

Es una sensación extraña, una especie de fenómeno de “lo ya visto” pasear como turistas extranjeros por Santa Rosalía. Ignorados por la gran mayoría de transeúntes, tan lejos y tan cerca de los lugares de nuestra niñez, de la casa paterna, de los ancestros, de aquella juventud y sus inquietudes que nos arrojaron lejos de la tierra, sin imaginar nunca más volveríamos pisar que no fuera de turistas, anónimos, sorprendidos, solo reconocidos por aquellos dos, tres amigos que ahí permanecen que nos recuerdan lo más valioso de Santa Rosalía: su gente.