SER DE SAN IGNACIO

Ser de San Ignacio no es nada fácil, requiere de soportar una buena dosis de carrilla  –burla, chacota, guasa, broma-  que no siempre, ni todo ignaciano está dispuesto a tolerar. En cuanto el sudcaliforniano promedio, estándar, regular, sabe que eres de San Ignacio, inmediatamente brotan los chistes manidos acerca la ya tradicional flojera de los ignacianos, el del “alcánzame el anticrotálico que me va a picar la víbora”, el del “ya está el simple” cuando el mandatario ofreció a los ignacianos abrir fuentes de trabajo, o aquel de que los perros de San Ignacio van a ladrar a la llantera para no correr detrás de los carros y otros del repertorio popular sudca. Y aunque ya hemos aclarado las cosas y demostrado que, muy al contrario de esa calamitosa fama, los ignacianos en su larga historia misional, se han distinguido por buscar y encontrar fuentes de trabajo, además han sido fundadores de asentamientos productivos a lo largo del Pacífico Norte, la desventurada fama sigue.

Los chistoretes que suelen repetirse machaconamente llegan a molestar a los ignacianos y no han sido pocas las veces que hasta a los golpes han llegado con fuereños que se quieren pasar de listos, pasó una vez con Gilberto Castro Meza, decano  del periodismo de Mulegé que tenía un noticiero en Radio Alegría, radiodifusora de Cd. Obregón que se escuchaba en todo el norte del estado, el célebre “cabeza de víbora” tenía la costumbre –la mala costumbre- de iniciar el noticiario con esta rúbrica: “son las 9 de la mañana, madrugada en San Ignacio”, expresión que retorcía el hígado y entresijos a los ignacianos que se la estaban guardando porque, un día, reporteando para una gira gubernamental, llegó a San Ignacio, entró a un bar de la orilla de la carretera, dos fornidos pescadores autóctonos lo reconocieron, lo abordaron y de mala manera – mala y violenta- hicieron saber a Castro Meza que su “graciosa” entrada del noticiero, no era del agrado de la gran mayoría de ignacianos, la intervención de algunos parroquianos salvó un mayor  deterioro físico del informador. El susto surtió efecto, Don Gilberto Castro Meza, en adelante se limitó a dar los buenos días, a secas.

Conscientes de la malhadada fama, los ignacianos cuidan su reputación, contaba Don Rigoberto Garayzar que solía ir muy temprano de Santa Rosalía a San Ignacio porque su esposa gustaba de la misa dominical en la majestuosa iglesia jesuita, mientras la señora acudía al servicio eclesiástico, Don Rigoberto la esperaba en la plaza, debajo de los gigantescos y  frondosos laureles, sentado –erguido y despabilado-  en una banca de la plazuela, pero la brisa suave, el ambiente, la desmañanada, el silencio, hacían que un sueño soporoso obnubilara la razón y en instantes perdiese la compostura, deslizándose lentamente del asiento, en esas estaba, relajado y a punto del ronquido, cuando un ignaciano celoso de los buenos modales, tocóle el hombro, lo despertó,  le preguntó -¿usted de donde es? De Santa Rosalía-respondió “despiértese, póngase derecho, porque lo ven a usted dormido y luego dicen que somos nosotros los guevones”

Así es la lucha diaria del ignaciano contra la famita y los chistoretes que se cuentan, rara vez los chistosos comprenden que ofenden, se sienten tan simpáticos, tan campechanos en repetir el chascarrillo que hemos escuchado una y otra vez para hacer como que nos ha caído en gracia. Es como automático, el tipo supo que eres de San Ignacio e inmediatamente le aparece el Polo Polo, el Teo González, la India Yuridia que trae adentro, se pone saleroso y arranca a contar, una vez más, el del “si cambia el viento nos hacemos ricos”, a veces sin pisca de gracia.

La carrilla ha sido intensa, alguna vez hasta Raúl Velazco, en aquellos populares programas “México Magia y Encuentro” mencionó la fama a nivel nacional. Un amigo de San Ignacio dice que una vez, en la ciudad de México, un uruguayo le propinó tremenda carrilla, sería que la fama había tomado ya proporciones internacionales.

En un tiempo nos decían “los todavía”,¿quiubo todavía?- me decía el Moncho Cota. El asunto viene de que –dicen los cachanías- cuando a un ignaciano le preguntan, por ejemplo -¿no ha pasado el autobús? o ¿no ha llegado tal?, los ignacianos respondemos –todavía- para no completar toda la oración –todavía no ha llegado- Una vez, a un declamador ignaciano, no lo dejaron terminar su poesía en una olimpiada delegacional cuando estaba iniciando aquel poema que dice: “si tienes una madre, todavía”, la gente prorrumpió en gritos ¡todavía! y risas que el declamador tuvo que abandonar el escenario.

Un conocido –hermano del primo del cuñado de un sobrino- tiene la particularidad de haber nacido en Santa Rosalía pero de muy pequeño -cinco años- fueron a vivir a San Ignacio, en consecuencia refiere sentirse de ambos sitios, ama tanto al viejo pueblo misional como al enclave minero, es indistinto, le da lo mismo. No pocas veces ha aclarado el asunto “bueno, nací en Santa Rosalía pero me crie en San Ignacio”, no falta el ingenioso que exclame –joto y guevón- No hay manera.