¿Se acabaron los balazos?

Algo pasó, algo que seguramente nunca sabremos pero que coincidió con el cambio de gobierno. A menos de un mes de tomada la posesión de Carlos Mendoza Davis, aquella ola de violencia que duró 13 meses –desde septiembre de 2014 a octubre de 2015- ha cesado de una manera total, dos meses llevamos ya sin los hechos violentos casi cotidianos en los cuales después de ráfagas de armas de fuego de alto poder, seguidos de sonidos inconfundibles de patrullas y ambulancias, anunciaban otra balacera y otra vez, gente muerta y herida. Nadie lo podía parar, nadie sabía que hacer.

Casi un año en el que las autoridades tanto estatales como federales dejaban hacer, dejaban pasar y solo se encargaban de contar los muertos. Lo que en un principio fueron “hechos aislados” para el gobernador Covarrubias, ya luego se vería que no, que resultó una guerra entre, al menos dos facciones que peleaban el negocio de las drogas; la procuraduría local se encargaba de recoger los muertos, llevar la estadística y dar de vez en cuando un golpe de efecto aprehendiendo a capos dizque peligrosos, mientras la procuraduría federal ni sudaba ni se acongojaba, su delegado, un tipo apático y displicente, veía con naturaleza lo que para la población sudca –habitualmente pacífica hasta el aburrimiento- era una visión aterradora.

De los 185 muertos en poco más de un año, el único medio informativo que trató de desenrollar la madeja de los intereses y las disputas fue el periódico “Zeta” que se edita fuera del estado, develó las pandillas en pugna y los antecedentes de varios pistoleros que caían abatidos o que ejecutaban las órdenes según sus jefes. Lo que empezó siendo un asunto de bandas sinaloenses, pronto afectó a individuos locales y con más frecuencia, en la medida que arreciaba la violencia, aparecían apellidos típicos sudcalifornianos entre las víctimas y también entre los victimarios, localizado todo este escenario en un territorio perfectamente delimitado por la geografía política: el municipio de La Paz.

Quizás el mes más violento fue el de septiembre de 2015, que coincidía con el cambio de gobierno, no solo por la cantidad de muertos, también por la impunidad con la que los pistoleros incursionaban de día, a la vista de todo mundo, dejaban sentir su mensaje de muerte ante los ojos atónitos de la población que ya consideraba las balaceras un fenómeno que llegó para quedarse, como ha sucedido en otros estados.

Todo parece indicar que esta manera violenta de hacer negocio con sustancias prohibidas por el estado, ha llegado a su fin, al menos desde que empezaron las balaceras  no había existido un periodo de receso de más de dos meses; todo parece indicar que los sicarios y pistoleros han guardado –por el momento- sus armas, se ha enfriado la disputa o han llegado a un arreglo. Sería bueno saber cuáles mecanismos han obrado para que la violencia que parecía incontenible por las fuerzas represivas del estado, haya cesado de manera súbita, repentina. Por la coyuntura es fácil suponer que algún efecto debió tener el cambio de gobierno en una lucha que parecía cada vez más encarnizada.

Si bien es cierto que el gobernador Mendoza en plena campaña electoral declaró que sabía cómo hacerle para acabar con la violencia del crimen organizado, también es cierto  que las promesas de campaña se toman como lo que son, estratagemas para conseguir votos como objetivo prioritario, el cumplimiento de la promesa es secundario, ya se verá en el curso del  gobierno. En esta ocasión todo parece indicar que, en efecto, sabía cómo hacerle y aquí viene lo delicado del asunto, en donde surgen muchas preguntas de muy difícil respuesta porque habría que explicar la relación del estado con las bandas de delincuentes; la mediación que existe entre emisarios gubernamentales y los capos dirigentes de los grupos violentos y como las instancias estatales pueden llegar a negociar con elementos fuera de la ley y lo peor, que es lo que se negocia, que es lo que se da a cambio en tal negociación, si es que la hubo.

Por lo pronto, el ciudadano paceño parece estar muy contento con la situación: regresó la paz paceña tan añorada, contentos de volver a las calles sin el temor de atravesarse en un fuego cruzado; sin los “tableteos” de armas automáticas que se  hicieron tan populares y cuyo  mensaje de muerte alcanzó 185 muertos en total; de no tener el Jesús en la boca cuando las ambulancias, los despliegues policiacos, de las corporaciones militares y de los servicios forenses de acumulaban para dar cuenta de otra persona acribillada sin piedad. La paz ha vuelto al puerto y nadie sabe cómo sucedió. Todo parece indicar que a la buena noticia –como al caballo regalado- no se le ve el colmillo, ni requiere de respuestas, ni de explicaciones.

El ciudadano tampoco las espera. Es un misterio que preferimos dejarlo como tal. No se requiere mayor información, ni cuestionamientos. Nadie quiere meterse en esas cloacas, tan oscuras, tan lóbregas. Un triunfo resonante que el gobierno sudcaliforniano no querría, no sabría, no podría explicar.