RUMBO A BUENOS AIRES

Quizás la parte más cara y más tortuosa es salir de la Baja California Sur. La líneas aéreas y las agencias de viajes te piden las perlas de la virgen por ponerte del otro lado del charco de Cortés pero una vez llegando a la noble ciudad de los chilangos, parece que todo el monte es orégano y se abren las opciones y la oportunidades y la mente; hay de todos los sabores y de todos los colores para uno que se le puso que quiere ir a Sudamérica con destino a Buenos Aires.

En este agosto del 2016, no hay manera de ir directo a la ciudad porteña, los viajes a Sudamérica los acaparan los Juegos Olímpicos, de diez, ocho van a Río, los que quedan te llevan a dar un paseo por las nubes de Bogotá y Lima, antes de apuntar a la capital Argentina. Con escalas largas, con fastidiosas esperas y más fastidiosas revisiones de aeropuerto, filas y filas en las oficinas de migración, te queda la gente, en ese enorme trajinar humano que son los aeropuertos: el chileno que vive en Hermosillo que está por cambiar de residencia enamorado de la carne sonorense; la jovencita venezolana que prueba suerte en TV azteca y lucha por abrirse un espacio en la farándula; la chica colombiana que estudia agropecuarias en el norte de Argentina, el japonés que se dedica a la enología en Mendoza. Hay de todo.

Llegamos a Bogotá muy temprano, el cielo está cerrado, el clima frío –cerca de 10 grados- ha llovido toda la noche, las pistas de aterrizajes se ven desde lo alto como si fuera un lago, la luz del aeropuerto se refleja en viborillas inquietas movidas por las gotas de agua porque la lluvia arrecia mientras el avión se aproxima a tomar tierra, el aterrizaje es suave. Tenemos seis horas para ir a Bogotá y regresar al aeropuerto. El tráfico es lento, la lluvia incesante dificulta las maniobras de tránsito, la ciudad es un caos.

Apenas alcanza para probar el café de Juan Valdéz y una galleta de macadamia. Hay que salir a Lima donde estaremos más tiempo antes de llegar a Buenos Aires. A las cinco de la tarde –dos horas más que en La Paz- llegamos a Lima después de un viaje muy cómodo en la línea colombiana, Avianca. Otra vez la interconexión y las revisiones. Estaremos toda la noche para salir al otro día, a las diez de la mañana. Hay que buscar un hotel, sin embargo, nos avisan que de salir del aeropuerto, el estado peruano cobra un impuesto de treinta y un dólares. Otra vez será que exploraremos Lima e iremos en busca del puente, la alameda y Chabuca, con más tiempo.

No queda más que ver las tiendas del aeropuerto Jorge Chávez de Lima y probar ahí en el aeropuerto, las delicias de la comida peruana: el pisco sour, la chía, el ceviche, el choclo, buscar por ahí, a ver si encontramos la respuesta de aquella pregunta que hace un protagonista de “Conversaciones en la catedral”, la gran novela de Mario Vargas Llosa: ”¿en qué momento se jodió el Perú?”, una pregunta que bien pudiera hacerse cada quien en su país.

Las tiendas duty free, los restaurantes, los intercambios de moneda, en eso me acuerdo que traigo conmigo cuarenta soles. Chayo Almada me los regaló, los tenía producto de una correría por Perú no hace mucho tiempo. Ignorante del valor de la moneda peruana, pido una empanada de carne, un vaso de chía, un pedazo de pastel de chocolate y dos cafés. La cuenta es de ochenta y cinco soles, los cuarenta soles solo pagan cerca del 50% de lo consumido. La moneda peruana anda por ahí de 3.20 por dólar, ahí se fueron los cuarenta soles de Chayo. El Jorge Chávez, en honor a un gran aviador peruano es un buen aeropuerto, con muchas salidas y llegadas, sin diferencias entre

el día y la noche, cómodo y limpio. Por la mañana, una manita de gato y a abordar el siguiente avión que nos llevará ahora sí, a Buenos Aires.

Después de una hermosa travesía por los Andes, llegamos a Buenos Aires. Hacía frío, inmediatamente un taxi nos lleva a nuestra reservación, el taxista amable, platicador, más aun cuando sabe que somos mexicanos y no puede dejar de hacer una referencia al Chavo del ocho. Empezamos mal, nosotros relacionamos a los argentinos con el tango, el Che Guevara, Mafalda, con Borges o Cortázar, ellos a nosotros con Chespirito y la música ranchera. Es demasiado.

Mañana será un día nublado, especial para recorrer los lugares, los sitios que hemos visto en películas de Campanella, con Ricardo Darín, con Cecilia Roth, que hemos imaginado en novelas de Onetti, de Tomás Eloy Martínez, de César Aira o en la música de Fito Páez, El Indio Solari o Gustavo Ceratti; la calles de Palermo que recorrió Borges, la casa donde vivió en Maipú; los cafés de Cortázar, a los que acudía Ricardo Piglia; el número tres, cuatro, ocho de la Calle Corrientes, según dice el tango; las estatuas del Negro Olmedo, de Minguito y desde luego, de Gardel, que es cierto, cada vez canta mejor.

En principio somos tan parecidos, nos pasa lo mismo, buena gente, un país enorme con vastos recursos naturales pero unos gobiernos que parece que no nos merecemos ¿o sí?