PERO NO ERA DIABETICO

Bruno y Domingo Mayoral –padre e hijo-eran propietarios de La Purísima, una tienda de abarrotes que Humberto Mayoral –hijo de Domingo- tuvo que hacerse cargo de manera prematura pues la diabetes que aquejaba a Domingo era de difícil control, de múltiples complicaciones que, a pesar de los muchos cuidados que le prodigaba Nena, su esposa, aun así, no pudieron evitar que menguara su salud y su carácter se tornara amargado, de un humor sumamente oscuro y una nube negra que raramente lo abandonaba; hasta la cosa más nimia le molestaba. Como en la ocasión que supo de los nombres modernos que estaban poniendo a los recién nacidos en San Ignacio como Jamil, luego supo que a otro lo llamaron algo así como Jonathan y a una niña le pusieron Jacqueline, no le gustó y con alguien lo comentó -“al paso que van, cualquier día le llamarán a algún cristiano biuri suplay “- dijo encabronado.

Ese día amaneció especialmente negativo, no se soportaba a sí mismo. Ya se había peleado con la esposa, luego con el Chuy Romero, el fiel ayudante de toda la vida que jamás osaba contradecirlo, después discutió con un cliente porque metió lodo en los zapatos. Había estado escuchando las noticias por la radio que tampoco eran demasiado halagüeñas, en pocas palabras mencionaban la deforestación y las primeras menciones que se hacían al cambio climático; los múltiples problemas que derivaban de la erosión de la tierra; la falta de tierra cultivable y la muy segura escasez de alimentos y agua, algo que desataría otra guerra mundial, la lucha por los recursos no tardará en empezar y los países pobres esteremos en la peor situación, la hambruna y la peste están a la vuelta de la esquina.

Con ganas de comentarlo con alguien para dar rienda suelta a su pesimismo, Domingo mascullaba las recientes y malas noticias que acababa de escuchar. En eso estaba cuando llegó Abel Aguilar, el cartero, habitualmente jovial y optimista, a todo le encontraba el lado jocoso. Domingo enseguida empezó a comentar los negros presagios para la humanidad. Abel, de un humor expansivo, liviano y simple ni siquiera lo dejó continuar –No, Domingo, eso irá a pasar en otras partes, aquí en San Ignacio estamos a salvo, aquí tenemos muchos recursos, mucha agua, carne de chiva en la sierra, tenemos uvas, tenemos dátiles centenarios que nunca van a faltar en San Ignacio, aquí estamos en la gloria, nada de eso va a pasar.

Y aunque Domingo continuaba con sus oscuros presagios, Abel le reviraba con palabras de aliento y positivismo puro. Era tantos y tan lóbregos los pronósticos de Domingo que a Abel se le ocurrió contarle un cuento para ilustrar la situación y convencer a Domingo que lo suyo no eran mas que teorías apocalípticas sin sentido o con el pretexto de inculcar cierta conciencia ejemplarizante del futuro del planeta. –Mira, Domingo-dijo Abel – Hubo en Arabia un rey muy poderoso, con una salud de hierro, entregado al trabajo de velar por su país y por sus súbditos, procreó una gran descendencia. Llegó a tener más de 50 esposas al mismo tiempo, a todas las tenía satisfechas, a ninguna ignoraba, dicen que tuvo algo así como 300 hijos, sanos y lozanos. Podía competir con el mejor de sus soldados en artes marciales y en la guerra era siempre el que dirigía al frente el ejército. Se cuenta que era un hombre muy noble, nunca dejó de escuchar los problemas de sus súbditos y siempre llevó consuelo y justicia a cualquier rincón de su reino donde lo necesitara.

Domingo escuchaba atentamente mientras Abel seguía con la figura del rey árabe … llevó prosperidad y felicidad durante todo su reinado de tal manera que nunca ha habido en la zona rey mas amado – Domingo empezaba a fastidiarse con la historia y replicaba – -¿pero que tiene que ver, Abel?- Era muy querido por todo su pueblo y llevó la paz a los reinos vecinos. Era alto, fornido, musculoso, tenía una dieta que –no me lo vas a creer- era muy simple pero que le daba una gran energía, igualmente la recomendaba a todo el reino y sus hijos crecían saludables y bien desarrollados.

A estas alturas, Domingo ya estaba ávido porque le develara Abel el misterio de la dieta del rey de Arabia. -Bueno pues, que jodidos comía tu rey de Arabia- preguntó Domingo ya exasperado, sin desmontar el oscuro humor que se cargaba. –Leche de cabra y dátiles- contestó Abel.

– Si, pero no era diabético el muy cabrón.