PACIFICO NORTE, FALTA CONTAR

San Ignacio fue el último pueblo misional que en el norte siguió funcionando después de la expulsión de los jesuitas. Una vez amortizados los bienes de la iglesia, la comunidad permaneció estable y se convirtió en el centro de una amplia región que abarca una gran cantidad de rancherías rumbo a la Sierra de San Francisco, la mayoría cultivadores de ganado caprino. Las pequeñas rancherías siempre tuvieron a San Ignacio como centro de abastecimiento y lugar donde vender productos.

El crecimiento, la necesidad de trabajo, de progreso, expulsó a los ignacianos y rancheros que encontraron en el Pacífico Norte una magnífica y dura forma de ganarse la vida, muy diferente a la actividad ranchera tradicional: la pesca de abulón y langosta que se abrió en los años veintes en puntas y bahías del Pacífico. Poco se sabe de sus orígenes, de la evolución, de la organización laboral, de las transformaciones que han sufrido estas comunidades formadas por ignacianos hace cerca de setenta años. No ha habido pluma que escriba esa rica historia y aún queda parte de esa primera generación de pioneros, testigos de aquellos años para procesar, al menos, un bosquejo, un estudio preliminar de la formación de los campos pesqueros del Pacífico Norte.

De Santa Rosalía –por ejemplo- se ha revisado, escrito y documentado su historia, Juan Manuel Romero ha escrito un libro fundamental –“El Pueblo que se negó a morir”-, Blas Ramón Cota Meza ha elaborado lúcidos ensayos y con frecuencia vuelve sobre el asunto en las páginas de Milenio; el profesor Boby García ha escrito –y sigue escribiendo- ficción con el tema de la actividad minera de Santa Rosalía; periodistas, ensayistas como Benito Juárez, Roberto Gastélum, Felipe Ojeda; estudiosos como Miguel Ángel Gómez, Cota Sandoval; el sitio en Facebook Rincón Boleriano registra una crónica gráfica muy meritoria, últimamente Memo Playas ha publicado un rico anecdotario, entre todos, han dotado al cachanía de una muy sólida manera de entender su pasado y sus consecuencias.

Sin embargo, del Pacífico Norte poco se sabe, muy poco se ha documentado de unas poblaciones que vimos –los cincuentones- si no nacer, si crecer y desarrollarse hasta nuestros días. Fue en los sesentas cuando el éxodo de San Ignacio a “la costa” se aceleró. Era más o menos frecuente que en un salón de clase de, digamos, treinta alumnos, al final del curso quedáramos veinte; que cuando el maestro pasaba lista y se mencionaba el nombre de un alumno, antes que el silencio, no faltaba el mitotero que informaba que el tal muchacho y su familia -“se fueron a la costa”. En efecto, veíamos como familias enteras abandonaban sus casas que en unos cuantos meses estaban arrumbadas, en la ruina.

En un principio solo se iban a la costa los hombres. Paraban cabañas y tiendas con el sello de la temporalidad. Así nacieron Punta Abreojos, La Bocana, Bahía Asunción, Bahía Tortugas, Punta Eugenia, Punta Prieta y Laguna de San Ignacio. En San Ignacio se quedaban las mujeres, los niños y los ancianos. Nuestros compañeros de la escuela, apenas cumplían los trece o catorce años, recalaban a la pesca, a ayudar a sus padres. Era pasmoso ver, años después cuando volvíamos al pueblo aun flacos y alargados, desgarbados, granientos por la adolescencia no superada, como esos muchachos –los que se iban a La Costa- que accedieron al trabajo duro, a las graves responsabilidades tempranas, parecían hombres adultos de brazos duros, pecho esponjado, manos callosas, fuertes, bigotazo y lo mejor, con dinero en la bolsa.

Sería bueno saber como salió la idea de constituirse en cooperativas, una excelente manera de trabajar y producir. No hay jefe, no hay dueño, es de todos, todos tienen responsabilidades. Algo que en estos tiempos de capitalismo salvaje y ganón sería impensable. Las utilidades, en sus inicios fueron fabulosas, algunos pescadores -muy pocos- se hicieron de un patrimonio envidiable, otros no cuidaron tan bien el dinero, les quemaba las manos, el recuerdo lo conserva en el departamento de “y lo bailado…” Terminaban las temporadas casi ricos, empezaban la otra en la inopia. Mucha de esa fortuna se fue a Ensenada, sede social de las cooperativas, donde abrían y cerraban los antros a sus órdenes y el mariachi fatigaba una y otra vez “Pescadores de Ensenada” –casi un himno en esas latitudes- y las muchachas agradecían la generosidad de estos rancheros – pescadores, transformados en cooperativistas que venían de arrancar, de los riscos, de las piedras, de las heladas aguas del Pacífico Norte, a punta de escafandra, plomadas, mangueras y aire de compresor, las piezas que habrían de terminar en un plato gourmet de Hollywood, Tokio o Nueva York.

Luego las cosas cambiaron, la explotación del producto llegó a niveles peligrosos de extinción, la siguiente generación de cooperativistas produjo algunos biólogos, estudiosos de la reproducción de la especie, expertos que comprendieron que las vedas tendrían que ser más prolongadas y la explotación limitada; que había que diversificarse e industrializar el producto. Ya no hay ganancias fabulosas, hay trabajo duro y utilidades discretas que han dado para convertir aquellos campos pesqueros que surgieron de la nada, de los médanos ventosos, de los salitrales, de caminos que la  borrasca, la marea borraba, en pueblos vivos, dinámicos, autosuficientes.

Una historia suculenta que hace falta relatar, ordenar, documentar, un trabajo para los especialistas que deseen describir como de un pueblo misional, de San Ignacio, salieron un puñado de esforzados a abrir camino, a trabajar y a edificar, con métodos socialistas, comunidades productivas, utópicas, una historia pertinente de búsqueda de la felicidad.