Muertos y Heridos

De un poco más de un año a la fecha, en La Paz, no se habla de otra cosa que ese fenómeno de la violencia del crimen organizado, el ciudadano promedio amanece preguntándose cuantos muertos hubo el día de ayer y cuantos asesinatos se han acumulado desde julio de 2014 a la fecha. Los medios informativos puntualmente repiten los boletines que emite la Procuraduría Estatal y las cuentas de los homicidios se empiezan a perder ante la acumulación de cadáveres.

Cerca de 180 muertos a balazos, un promedio de 14 impactos de proyectiles en cada uno, una media de edad de aproximadamente 28 años de los cuales solo 6 asesinatos han sido de mujeres. Cerca del 70% son de otros estado –la mayoría de Sinaloa- el 30% restante son sudcalifornianos. La cifra de muertos es impactante, matan un día sí, otro no. La gran mayoría de atentados son ejecutados a la luz del día, en cualquier calle, en cualquier vivienda, en cualquier centro comercial. Otros, son abducidos y aparecen muertos días después, casi siempre torturados con las características de los ejecutados: con tiro de gracia.

¿y los heridos? Todos los heridos van a dar al hospital Salvatierra. Heridas mortales, múltiples, de armas de alto calibre, algunos proyectiles apenas se desvían, apenas se deforman. Los atentados son mucho más que 180 muertos, el fracaso del sicario se convierte en un herido que en el Salvatierra consume una ingente cantidad de recursos económicos, de personal, de tiempo. Hasta el día de hoy, han sido 87 los heridos tratados en esta guerra entre grupos delincuenciales, de los cuales han muerto 11. La gran mayoría ha requerida de cirugías complicadas, en la que se gastan grandes cantidades  de sangre, sondas, oxígenos, anestésicos, medicamentos, gasas, vendas, suturas; personal especializado, horas extras;  equipos de cirugía, de Terapia intensiva, especialistas en ventilación mecánica, en monitoreo estrecho… y muchísimas cuentas por cobrar que nadie va a pagar.

Para el Salvatierra, esta situación se ha convertido en una monserga, el personal tiene muy claro su condición ética: sea quien sea, pecados y culpas aparte, se tienen que atender como cualquier otra persona; sea como sea, el herido que ingresa al hospital es una víctima. Hasta ahora, de los 87 heridos atendidos en esta ola de homicidios con proyectiles de arma de fuego, se han dado de alta 76 personas que fueron atendidas de lesiones sumamente graves, que han permanecido hospitalizados en la Unidad de  Cuidados intensivos hasta 50 días, en camas que cuestan,  3 mil pesos cada día a los que hay que sumarle oxígeno, ventiladores, monitores, alimentación parenteral total, medicamentos carísimos y otros servicios de Cuidados Intensivos.

El internamiento de este tipo de paciente produce también, otro tipo de problemas relacionados con la dinámica de un hospital que se trastorna con la presencia de guardias policiales fuertemente armados, con uniforme de tarea que se apuestan en la habitación que el balaceado comparte con otros pacientes. Los familiares de los enfermos, el propio personal se siente intimidado por la presencia de armas, por el movimiento policiaco, la presencia del presunto delincuente, la posibilidad de ser agredido ante una acción que el paciente o sus secuaces consideren inapropiada. Hay temor en el ambiente, hay rumores de amenazas al personal y el colectivo de enfermeras y enfermeros ha empezado a pedir mayor seguridad, incluso, que tales pacientes sean llevados a hospitales militares, especialmente cuando el internamiento es prolongado.

En sesión clínica tradicional de los miércoles, el servicio de cirugía del Hospital Salvatierra ha analizado la situación, las conclusiones han sido las siguientes: el hospital necesita prepararse, capacitar su personal en el manejo del trauma por heridas de proyectiles por arma de fuego,  al igual que el personal paramédico que provee cuidados prehospitalarios, los cirujanos en cirugía de guerra, igual que el servicio de Cuidados Intensivos y el banco de sangre que no da abasto. Se requieren de mayor presupuesto para evitar la carencia de, al menos, el material básico para atender otros tipos de trauma, como el automovilístico, que eran los casos  más comunes antes de esta ola de homicidios.

Una situación extraordinaria que además del terror y la intranquilidad que causa a la población, produce impactos puntuales como los heridos que han  cargado el trabajo a un hospital que se encuentra en los límites de su capacidad para proveer la atención a otros pacientes, de otros padecimientos, por otras causas, aparte de las heridas por balas de individuos,  que sin juzgarlos, sin ningún prejuicio, se han atendido, como se puede ver, con excelentes resultados.